Capítulo 7 "El Precio Del Refugio"

El calor de su piel atraviesa mi ropa. Cierro los ojos intentando grabar la presión de sus manos en mi cintura. El despacho parece desaparecer; solo existe la cercanía de su cuerpo y su aliento rozando mi mejilla. Esa proximidad me nubla, me hace dudar de todo. Entonces, el recuerdo me sobresalta: la imagen de su rostro desencajado frente a esa foto invade mi mente. Esa angustia en sus ojos me desarma.

Abro los ojos. Me quedo quieta analizándolo, tratando de descifrar a este hombre que me sujeta con tanta fuerza mientras carga un dolor tan profundo. Sus pupilas me sostienen un segundo más, cargadas de algo que no alcanzo a entender.

Lo empujo con brusquedad, mis manos todavía tiemblan al romper el contacto. Siento que si me quedo, voy a perder la razón.

​—Es hora de dormir —digo. Mi voz suena en un susurro.

​Salgo del despacho, casi huyendo.  Sintiendo el rastro de sus manos en mi piel. Mis pasos torpes suenan en el pasillo, choco con uno que otro mueble pero aun así sigo caminando. Llego a mi habitación, cierro la puerta, me quedo ahí, inmóvil con la espalda pegada a la madera mientras mis manos presionan mi pecho. Respiro entrecortada con la cara ardiendo. Su aroma sigue impregnado en mi, como si su presencia se resistiera a dejarme.

¿Qué estoy haciendo? Me muerdo el labio inferior, intentando borrar el rastro de su tacto.   Él es… Maximiliano Trellis. Un hombre que me hace sentir pequeña con solo estar en la misma habitación. Y yo una simple chica que no tiene nada para ofrecerle, que solo busca un refugio en donde ocultarse.

Dejo escapar un suspiro recordando la distancia que existe entre los dos. Camino hacia el colchón, mis dedos se hunden en el hueco donde escondí el USB. Al sacarlo, el material frio contra mi palma  me vuelve a  recordar que mi realidad aquí es otra. Vuelvo a meterlo. Esto es lo único que tengo para defenderme.

Me quedo sentada en el colchón. No sé a qué hora me quede dormida, pero la alarma de las siete me saca de la cama, con el cuerpo cansado, arrastrando los restos de una noche que no me dejó descansar. Me arreglo con el tiempo encima mientras el reloj avanza sin piedad. Cuando termino me dirijo a la recamara de Mia. Al entrar ella está ahí terminando de peinarse proyectando esa calma que a mí me hace falta.

​—Buenos días, Mía. ¿Quieres desayunar?

​Ni siquiera me mira. Se pone de pie, recoge su mochila dejándomela en las manos al pasar. Camina hacia el pasillo con una tensión que me aprieta el pecho. La sigo de cerca hasta que llegamos al pie de las escaleras, donde la ama de llaves me detiene el paso con su sola presencia.

—  ​Te recuerdo que el tiempo aquí es oro. Se te hizo tarde. Apúrate a llevar a  la niña a la escuela.

​Asiento  y salgo detrás de Mia. Bajo las escaleras con rapidez para alcanzarla justo en el jardín a punto de abordar el coche. Subo después de ella. El trayecto transcurre en silencio, con Mia aferrada a la ventanilla, como si el exterior fuera lo único que le importara. Cuando el coche se detiene frente a la escuela, su cuerpo se encoge contra el asiento, como si quisiera desaparecer, aun así se baja y entra al edificio sin siquiera despedirse.

Vuelvo a la mansión y me pierdo en el trabajo. La mañana se me va en  organizar los zapatos de Mia por colores. Me detengo un segundo a secarme la línea de sudor que baja por mi frente, justo en ese instante  el sonido de la alarma me avisa que ya es hora de regresar a la escuela así que voy en busca del chofer y nos vamos. Al llegar Mia no está en el portón. Enseguida bajo  para buscarla por el patio pero no la veo, sigo caminando hasta encontrarla tras un muro,  sus dedos se cierran con fuerza sobre la tela de su falda, arrugándola hasta que sus nudillos se tensan.

Sigo su mirada para darme cuenta de que está viendo a una niña abrazar a su madre, su pecho sube y baja en un ritmo lento como si estuviera conteniendo la respiración. La tomo de su mano pero se suelta al instante y se va a subir al coche.

​Subo detrás de ella. El trayecto  de regreso es incómodo tanto que me cuesta pasar saliva. Intento romper el silencio ofreciéndole una botella de agua pero ella ni siquiera gira la cabeza. Me quedo sosteniéndola intentando controlar el temblor en mis dedos.

—Estoy segura de que tu madre pronto volverá.

Mi boca habla antes de que pueda frenar esas palabras. Mia voltea  despacio, me mira con una intensidad extraña. De pronto esa mirada se transforma en una mueca de dolor, veo que ella se encoje con una mano hundida en su abdomen, mientras se dobla sobre el asiento.

.

​— ¡Mía! ¿Qué tienes?

Con mi mano libre trato de  apartar su cabello del rostro, pero ella aparta mi mano con un empujón brusco. La desesperación me abruma al  verla asì; golpeo el cristal que nos separa del asiento delantero llamando al chofer con urgencia.

​— ¡Algo le pasa! —grito.

​—Sujétela bien y no la suelte —ordena sin apartar la vista del camino — Vamos al hospital.

​El camino se siente como una eternidad. Al llegar, el chofer la carga y corre hacia adentro. Los médicos aparecen de la nada, manejando la crisis como si fuera parte de la rutina de la familia Trellis. Me quedo sola en el pasillo, apoyada contra la pared. Mis manos siguen temblando mientras busco procesar ¿Qué está pasando allá adentro? Solo estoy aquí esperando con la angustia subiéndome por el pecho.

El tiempo parece detenerse en ese pasillo. El eco de las voces del personal se vuelve mis únicos compañeros. Llevo rato aquí sin saber nada, hasta que unos pasos firmes a mis espaldas me arrancan un quejido cuando Maximiliano me toma con fuerza del brazo.

​— ¿Qué rayos le pasó a Mía? —Su voz retumba, cargada de una rabia contenida —Más te vale tener una explicación coherente. Si no, vas a pagar esto con creces.

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