Capítulo 37 Ojo por ojo

El piso estaba lo bastante frío como para morderle la piel, presionándole las rodillas y los codos. Cada movimiento tiraba de las heridas abiertas; el dolor era agudo e implacable.

Alexander se había ido del cuarto privado. En sus oídos, las voces de los hombres—cargadas de malicia y burla—se retor...

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