Capítulo 3 Capítulo 2
Emma
James me contaba una historia divertida de cuando era pequeño, mientras yo pensaba en el momento en que me di cuenta de que él era un amigo de verdad y que mis prejuicios por cómo se comportaba en el instituto casi fueron una barrera para no llegar a convertirnos en amigos. La noche en parte me hacía sentir nostálgica, tenía una sensación rara en el boca del estómago y de repente sentía esas repentinas ganas de llorar, y a eso mi amigo lo notó, pero fue lo suficientemente atento para mencionar una anécdota para distraerme. Cuando me robó la primera sonrisa, me dije a mí misma que echaría a un lado esos malos sentimientos y me concentraría en la cara cena que James se iba a esforzar en pagar.
—Es una historia media asquerosa, pero me da risa —asentí sonriéndole.
James se me quedó viendo detenidamente y formó una sonrisa. Tenía los ojos brillosos y me asusté cuando vi que una lágrima estaba por caérsele.
—¿Por qué estás por llorar?
—No estoy por llorar, solo quería ver cuánto duraba sin parpadear, pero no he logrado mucho porque inmediatamente mis ojos empezaron a llenarse de agua.
—¿Cuántos años tienes, James? —me reí.
—Lo que pasa es que tú eres una aburrida.
—No soy ninguna aburrida —refuté, mirándolo mal.
—Entonces, ¿jugamos? Quien parpadee primero pierde.
Me reí.
—Pero es que es medio infantil.
—Ya lo sé, pero ¿qué tiene de malo?
—¿Les tomo el pedido? —un chico lindo de unas ojazos avellana se nos acercó. Su presencia me puso un poco nerviosa, la manera en que me miraba me hacía sentir pequeña y, como tonta, le sonreí de una manera rara, demostrando lo que él causaba en mí.
James me dio una patadita debajo de la mesa al darse cuenta de lo boba que me veía.
—¿Necesitan tomarse un momento más? —volvió a hablar el camarero al no obtener respuesta.
—No —dije, y miré a James. Podía notar que el camarero me observaba y me daba cosa volver mirarlo—. Solo pediremos una pizza.
—¿Solo pizza?
—Sí, James, solo pizza. El restaurante es muy caro. No pienso dejar que pagues macarrones con queso, o pasta, o cualquier otro alimento que no sea la pizza, porque el precio es exageradamente caro. Pareciera como si lo hicieran con oro o algo así, es la sensación que te da al ver los precios —di mi explicación, y luego me di cuenta de que el lindo chico medio castaño y de ojos avellana me estaba mirando con una sonrisa—. Sin ofender —me apresuré a decirle.
Me sonrió.
Si sus ojos eran bonitos, ni hablar de su sonrisa.
—No me ofende, me da igual —dio una palmadita a mi espalda—. Yo solo trabajo aquí —se encogió de hombros.
Creo que me puse un poco colorada.
—Entonces, ¿les traigo una pizza?
—Sí, gracias —respondió James.
—¿Qué desean tomar?
Con James nos miramos.
—Cerveza.
—¿Cerveza? —miré a mi amigo con las cejas levantadas—. Sabes que yo no tomo.
—Hoy sí —me guiñó un ojo y volvió su vista al chico—. Dos cervezas.
El chico anotó el pedido en su libreta y se fue.
—Yo no quería cerveza.
—Lástima —se encogió de hombros.
—No me gusta la cerveza.
—Nunca antes la probaste. No puedes decir que no te gusta si no has probado.
—¿Quién dice que no? Sí probé. Y por eso digo que no me gusta.
—¿Hace cuánto la probaste?
—No sé, como a los siete o a los ocho, cuando me equivoqué de vaso y bebí en el de papá.
Rodó los ojos.
—¡Ay, eras una niña entonces! No cuenta —negó con la cabeza—. Voy al baño un momento, ya regreso.
Asentí.
Recibí un mensaje de papá preguntándome cómo me encontraba. Le dije que bien, que no se preocupara, y le comenté acerca de la salida que tenía con James. Seguramente papá ahora estaba pensando que la cena con James era en realidad una cita, por lo que me sentí obligada a decirle que no era nada más que una comida amistosa. Papá y mamá se habían vuelto muy sobreprotectores conmigo desde que caí en depresión, y siempre que hablaba con algún chico se asustaban de que algo amoroso sucediera y terminasen rompiéndome el corazón como Aiden había hecho. Pero la preocupación más grande era la de mi padre, porque mamá de apoco comprendía que no podían estar controlando toda la vida con quién hablaba y con quién no, y mucho menos vivir con miedo a que me pasase lo mismo que con Aiden, porque ya demasiado tenía con mi propio miedo.
Además, ambos conocían a James desde hacía varios años, y si bien mi amigo insinuó que yo le parecía linda, solo fue una vez y a esto ellos no lo sabían. James siempre ha sido un caballero conmigo, y nunca se me ha insinuado ni nada por el estilo. Nuestra relación era de pura amistad. Él era mi mejor amigo. Y lo adoraba de esa manera. Mis padres confiaban en James, demostró ser un buen chico en estos años de amistad, pero papá siempre vigilaba a todos con doble mira por si acaso. En ciertos momentos era molesto, pero él lo hacía para cuidarme y eso me encantaba y lo apreciaba.
Un muchacho alto pasó justo al lado de mi mesa junto a una chica, y el aroma de su varonil perfume acaparó mi atención. Con solo mirarlo de atrás se notaba que era un chico apuesto y que esa chica esbelta tenía mucha suerte y viceversa. Iban tomados de la mano, él la guiaba hasta la mesa indicada mientras la muchacha le contaba alguna que otra cosa que parecía ser divertida. Se sentaron del lado izquierdo del restaurante, a dos mesas de la mía. Sonreí un poco cuando el chico corrió la silla de su novia para que ella tomara asiento. Esos detalles eran tan hermosos, y yo quería estar en el lugar de esa muchacha. Envidiaba lo que veía, era lo que yo deseaba tener: alguien tan caballeroso y preocupado en enamorar sanamente a su pareja.
Pero la sonrisa se me borró cuando el chico se sentó frente a la muchacha y vi su rostro. Ese rostro. Lo vi a él... A Aiden.
El dolor se instaló rápidamente en mi pecho, fue una puntada, una patada, y hasta un pellizco en la herida de mi corazón. Pensé que estaba mejor, que lo había superado, o que al menos iba en ese camino y que las cosas para mí iban mejorando. Pero solo verlo acabó con mi estabilidad emocional y las miles de oraciones que cientos y cientos de noches recité en mi mente regresaban a mi mente. Solía decirme que, si lo veía, lo único que sentiría por Aiden sería asco... Asco por haberse marchado así como así. Y que si lo tenía cerca de mí, le haría saber las centenas de malas palabras que ensayé para decírselas en la cara. Mis emociones me daban todas las clases de malas energías, pero no las necesarias para levantarle y reprocharle tantas cosas. O quizá era mi amor propio el que me mantenía sentada en mi lugar y no me permitía ir a rebajarme y a demostrar lo mucho que la herida seguía abierta.
Me dejaba en el suelo verlo enamorado de alguien más. Yo sabía que desde que nos separamos él en algún momento encontraría a otra persona y se enamoraría, pero nunca pensé que volvería a verlo nuevamente, y mucho menos de la mano de otra guapa chica, mientras yo estaba sentada en una mesa cercana mirando como una masoquista. Pero también pensé que si algún día me lo cruzaba, nada me dolería. Pero me equivoqué grandemente en ambas. Dolía de todas las maneras posibles.
Mentiría si dijera que los celos no estaban presentes, porque sí habitaban en mí. Aiden me prometió tantas cosas, me había hecho sentir que sería la única toda la vida, que me amaba a mí, que yo era su ancla, su cable a tierra y que no quería perderme jamás, pero aquí estábamos. Él en una cita y yo mirando desde la otra mesa. Las palabras son solo palabras. Las promesas no dan seguridad, ni siquiera si es de quien tanto amas o te ama. Eso lo corroboraba ahora. Ya lo sabía, pero ahora podía afirmarlo con seguridad.
Aiden la tomó de la mano y acarició su piel con su pulgar. La miraba tan enamorado, con una sonrisa y otra vez la envidia me pinchaba. Deseaba ser ella, estar en su lugar. ¿Qué tenía ella que no tuve yo? ¿La amaba más de lo que me amó a mí? ¿Realmente me amó?
Necesitaba urgentemente una cita con mi psicólogo. Lástima que el señor Hastings estaba en otra ciudad. Una vez más deseé que el especialista que Hastings me recomendó fuera igual de bueno que él. Necesitaba sentirme escuchada, apoyada y que me brindaran soluciones para dejar de sentirme mal. ¿Cómo puede ser que solo verlo me haya hecho sentir tan destrozada? Quizá si lo hubiera visto solo y no con ella esto sería más sencillo. O no...
Tenía un gran nudo en la garganta. Mi autoestima estaba bajando y quise correr del restaurante para no ver más esa escena, pero ni siquiera habíamos cenado y una pequeñísima pero existente parte de mí quería quedarse para continuar viéndolos. Además, esta era la primera vez que veía a Aiden después de dos años, y mis ojos traían ese insaciable deseo de observar esos ojazos avellana que tan loca me volvieron y, al parecer, aún volvían.
—El baño es muy lujoso —dijo James al sentarse frente a mí. En otra ocasión hubiera hecho alguna acotación ante su comentario, pero ahora mi cabeza solo estaba puesta en una sola cosa. Noté de reojo que James me miraba fijamente e intentaba encontrar mi mirada—. Emma —pronunció. Aparté la mirada de Aiden y su novia y la coloqué en mi pantalón. Tampoco quería que James viera lo que ese chico había vuelto a provocar en mí.
—¿Ah, sí? ¿Es lujoso? ¿Qué tiene? —hice preguntas tontas. Mi voz salió algo temblorosa.
—Todo lo que un baño tiene pero muy bien arreglado —contestó, dudoso y desconfiado. Me estaba mirando y notaba que algo me pasaba. Además, la manera en que mi cabeza estaba agachada podía dar a entender que algo andaba mal.
Me daba vergüenza querer volver a llorar por algo que pensé que había superado.
—Ah, qué bien —respondí, poniendo de todo mi esfuerzo para no llorar.
—Emma —pronunció mi nombre con firmeza y autoridad.
—¿Qué?
—Mírame —ordenó, pero no le hice caso—. Emma, mírame.
Pero también desobedecí.
Y él se inclinó hacia adelante, tomó mi mentón y me obligó a mirarlo.
—¿Qué tienes? —preguntó serio y preocupado.
Allí la primera lágrima calló.
—Tiene a otra —logré decir.
—¿Quién?
—Aiden —decir su nombre en voz alta fue doloroso. Hace mucho tiempo no lo pronunciaba, solo lo pensaba.
Pensó mi respuesta y pensó su siguiente pregunta.
—¿Viste alguna foto suya? ¿Cómo lo sabes?
—No, él está aquí.
—Mierda, ¿dónde? —miró las mesas de detrás mío con disimulo.
—Por allí —señalé la mesa con mi ojos—. Pero no te des vuelta.
—Bueno. ¿Cómo sabes que es su novia?
—Llegaron tomados de las manos y él la acaricia y le sonríe como estúpido.
—Los amigos también hacen eso, no significa nada —explicó, pero yo sabía lo que intentaba hacer.
—Yo sé lo que estoy viendo, James, ellos tienen algo —se me quebró la voz y las lágrimas empezaron a caer con más seguimiento.
—Oye —llevó su mano a mi rostro y, con su pulgar, empezó a limpiar mis lágrimas—. Aiden demostró hace mucho que no vale la pena. Él no te merece, Emma.
Aparté suavemente la mano de James.
Qué fácil es decirlo y pensarlo, pero qué difícil es comprenderlo. Tal vez Aiden no me merecía, pero eso no me hacía sentir mejor. No era un consuelo escucharlo. Dolía mucho, y no entendía por qué tenía que ser así. Yo estaba bien, ya no lloraba, había vuelto a reír y a sentirme yo misma otra vez, pero él apareció en el mismo restaurante que yo, con una camisa negra, jeans negros, el pelo hacia arriba, una sonrisa encantadora y con esos ojos que me atraparon una vez.
Y que hoy me volvían a atrapar.
Lo miré una vez más, y como si mis ojos lo llamaran y como si mis pensamientos le gritaran, su mirada se conectó con la mía y la sonrisa que tenía fue borrándosele de a poco. Mi corazón se detuvo por un momento, y mi nerviosismo estaba a flor de piel. Quería correr pero a la vez quería que nos quedásemos viendo por horas. Mis manos temblaban, y esperé que las dos mesas de diferencia me cubrieran. Mi entrecejo se frunció notoriamente por recordarme tirada en la cama durante días, llorando y sin ganas de avanzar. Todo por él. Todo siempre fue por él. Desde que supe del dolor que aguantaba todos los días, ahí estuve yo, apoyándolo, cuidándolo a pesar de que se empeñaba en apartarme: estuve cuando necesitó dónde llorar, qué comer, ropa, casa, amor, lealtad, respeto, cuando ocurrió lo de su madre, contribuí para que lo sacaran de la cárcel y me quedé sosteniendo su mano por meses durante su recuperación. Y a él no le importó y se fue. Se fue después de ilusionarme diciéndome que todo estaría bien, que nos mantendríamos juntos. Se fue de la ciudad. De mi vida. Solo se fue. Y dejó una herida grande, porque yo de verdad que lo amaba, y no era un capricho de adolescente. A esto lo sentí con el corazón. No pretendía que él me pagara con dinero, regalos, ni nada material. Solo quería su amor. Pero ni eso pudo darme. Entonces llegué a la conclusión que nunca me amó lo suficiente. Dijo que se apartaría porque me merecía algo mejor, que quería cuidarme. Qué irónico... así me lastimó más.
Su mirada seguía sobre la mía, y pensé en apartarla, pero ya había visto que lo miraba, así que no tenía caso. Y tampoco quería dejar que pensara que yo me sentía incómoda ante sus ojos.
James tomó mi mano con ambas manos, y luego agarró mi mentón y mi mejilla y la acarició como si fuéramos más que amigos. Aiden notó estas acciones, y observó a James para luego volver a verme a mí.
—¿Qué haces? —le pregunté a James, mirándolo a los ojos.
—¿Está mirándote?
—Sí —le dije.
—Pongámoslo celoso.
—¿Qué?
—Pongámoslo celoso. Que vea lo que se perdió —repitió—. Voy a besarte.
—¿Qué? —agrandé los ojos, y él se inclinó sobre la mesa y me besó. No fue un beso con lengua, ni mucho menos uno duradero, solo fue un pico. James volvió a sentarse y yo me lo quedé viendo, sopesando lo que acababa de suceder. Me puse nerviosa y colorada, y por un par de segundos quise alejarme de Aiden y James.
No me enojaba con James por besarme, ni siquiera me molestaba, pero eso fue incómodo y preferiría que no volviera a repetirse
—¿Y? ¿Está mirando?
Miré hacia Aiden. Seguía viéndome fijamente y su entrecejo estaba fruncido.
—Sí —respondí y aparté la mirada.
—Bien —sonrió con malicia—. Seguro algo sintió.
James volvió a acariciar mi mejilla. Notó mi mirada de extrañeza.
—Tranquilízate, no me gustas, solo colaboro con hacerle sentir mal. No puedo dejar pasar el hecho de que te hizo sufrir mucho. Es ponerlo celoso o ir hasta su mesa y gritarle un par de cosas.
Eso no me dejaba más tranquila.
—Sonríeme —pidió.
—¿Sonreír cómo?
—Como si estuvieras enamorada de mí.
—Eso será difícil —dije.
—El gen de actriz tiene que estar dentro de ti, así que sácalo y haz lo que te digo —ordenó con expresión seria pero voz amistosa.
Le sonreí a James y disimuladamente miré a Aiden, quien seguía centrado en mí. Le dijo algo a su novia y se levantó de la mesa para irse a donde suponía era el baño para hombres. Una llama se encendió dentro de mí, y no sabía si era una estupidez o no, pero tenía esperanzas de que el plan de James hubiese funcionado.
