Capítulo 4 Capítulo 3
Aiden
—¿Tu hermano tiene turno en el restaurante o hoy no le toca trabajar? —preguntó Maika, posando su mano en mi pierna como todas las veces que íbamos en auto.
—Hoy le tocó temprano, pero ya debe estar por salir. Creo que en una hora sale.
—Tu hermano está muy solo. Debería buscarse una novia, no le haría mal para cambiar sus malas costumbres.
—No quiere nada con nadie, me lo ha dicho —respondí—. Saltará de chica en chica cuando sale de fiesta los fines de semana, pero por lo menos no está metido en cosas como alcohol o drogas —dije, doblando en la esquina. Sentí la mirada de Maika, sabía en lo que estaba pensando, pero no me dijo nada más.
Dejé el auto en el estacionamiento y esperé a que Maika bajara del auto para ir hacia la entrada. La tomé de la mano, besé sus labios efímeramente y la llevé hasta la puerta principal, donde un chico de aspecto cansado nos recibía con una sonrisa también cansada. Me recordaba a mí cuando trabaja en el supermercado. Malos recuerdos.
—¿Tienes reservación?
—Sí —contesté—. Me apellido Roy.
—Mesa catorce. ¿Necesitan que los acompañe?
—No, ya hemos venido antes. Gracias.
Llevé a Maika hasta la mesa indicada tomándola de la mano. Me tomé el atrevimiento de correr su silla para que tomara asiento. Me senté frente a ella viéndola sonreír.
—Tú siempre tan caballeroso.
—Intento enamorarte todo el tiempo para que no te canses de mí y te vayas con alguien más apuesto —acaricié su mano.
Se rio.
—Sabes muy bien que yo no te haría eso.
—No te creo. Algún día te vas a cansar.
—No. Tú te cansarás primero —dijo, mirándome con esos grandes ojos.
—¿Quieres competir?
—Adoro la competencia —respondió.
—Si tú te cansas primero, yo gano, y yo me canso primero, tú ganas. De mi parte será un juego infinito. No me cansaré —aseguré.
Negó.
—No, querido, no te creas. No me gusta perder. Y... ¿te gustaría quedarte esta noche en mi casa? —me observó de manera intensa y juguetona. Puse atención—. Mamá y papá no estarán... ¿Qué te parece? —se mordió el labio de manera seductora.
—No te muerdas el labio de esa forma o...
—¿O qué?
—O te llevaré hasta el estacionamiento, te meteré en el auto y te lo empezaré a hacer —advertí.
—Mhh —gimoteó—. Me encanta que te comportes así.
Maika empezó a hablarme del regreso a la universidad, de cuán asustada estaba por los nuevos desafíos que su carrera le impondría para alcanzar el título, y luego siguió contándome sobre lo que opinaba acerca de los novios de sus amigas. Le presté atención a cada una de sus palabras hasta que algo me hizo mover un poco la cabeza hasta encontrarme con los ojos avellana que tan penetrantes me resultaban. La sonrisa que tenía se borró.
Mi corazón se detuvo, o yo dejé de sentirlo por lo enloquecido que estaba. Mi mente se llenó de analepsis fuertes, por lo que quise levantarme de la mesa, tomar a Maika para largarnos de ahí. Emma me miraba fijamente, pensativa, y quise saber qué era lo que rondaba por su mente. Seguramente me insultaba por el daño que la causé. Seguramente me estaba odiando y deseando miles de cosas malas. Verla traía mi mundo abajo, estaba a tan pocos metros de mí que el Aiden del pasado quería apoderarse del actual y caminar hacia Emma para explicarle todo, pedirle nuevamente perdón y darle un abrazo. Verla significaba ganas: ganas de hacer todo con ella.
Pero también significaba recuerdos del pasado. Y desde antes de tomar la decisión de irme y dejarla, quise olvidar todo lo anterior. Sé que es imposible, que los recuerdos llegan siempre, que no puedo cambiar lo que me pasó y las cosas que hice, pero podía intentarlo.
Quería apartar los ojos de ella, centrarme en mi actual novia y no en mi primer amor, pero no lo conseguía. Más de dos años sin verla y seguía causándome lo mismo. Era como si la voz de mi novia dejara de sonar, e incluso el de todo el restaurante, era como si todo se quedase en silencio y sin movimiento, y como si el mundo girase únicamente alrededor de Emma y yo.
Vi en sus ojos el rencor, y me dolió el desprecio de su mirada, era punzante y atravesaba impetuosamente, pero era consciente de que me lo merecía. Yo mismo había provocado el odio de la persona que esperé que jamás me dejara, y por las noches durante mucho tiempo lloré antes de quedarme dormido por el dolor que sabía que le causaba. Pero ella no sabía de muchas cosas que estaban pasando en ese entonces, cosas que me daban mucha vergüenza de mí mismo y que abrían cagado peor la relación si decidía seguir junto a ella. Necesitaba irme de allí, necesitaba cambiar de aire y conocer a esa familia que tenía que, gracias a mi madre, antes no llegué nunca a conocer.
Fui egoísta, lo sé, pero la estaba protegiendo, y aunque me dolió tener que apartarme, supe que así era mejor. Estaba rompiendo la relación que a la larga sus padres querrían cortar.
Un chico alto pasó por mi lado y se sentó frente a Emma. Allí mi corazón dio un vuelco. ¿Quién era él?
Emma seguía viéndome, lo que me demostraba que estaba tan sorprendida como yo. Quise ignorar al chico con el que estaba, pero la pregunta sobre quién era (más bien qué era de ella) rondaba insistentemente en mi cabeza. Emma bajó la cabeza, y el corazón volvió a darme un vuelco: ya no tenía sus perfectos ojos sobre los míos.
—Amor, ¿estás bien? —Maika tocó mi brazo. Me aparté de su contacto sin darme cuenta, y eso pareció molestarle un poco—. ¿Me estás escuchando?
—Sí, claro que sí —fingí una sonrisa y volví a tocarle la mano. Eso pareció hacerla sentir mejor.
—Estás bien, ¿verdad?
—Sí, amor, ¿por qué no lo estaría? —volví a sonreír. No me gustaba mentirle, pero no podía decirle que Emma estaba allí. Maika conocía ese pasado, y conocía el amor que llegué a tenerle, y la marca que Emma siempre tendría en mi corazón.
Maika asintió y continuó contándome sus puntos de vista. La sensación de culpabilidad me invadía, pero las relaciones de sus amigas no eran lo más importante para mí en este momento. Volví mi vista a Emma, y los celos me consumieron al ver la manera en la que él la tomaba de la mano, del mentón y ambos se observaban y hablaban. ¿Emma estaba enamorada de él? ¿Lo amaba? ¿Lo amaba más de lo que me amó a mí? Y... ¿seguía sintiendo lo mismo que yo a pesar de los años? Porque a pesar de estar con Maika y amarla, nunca me olvidé de Emma. Se me hacía imposible. Seguía queriéndola como si aún estuviésemos juntos.
No tenía nada que reclamar, pero en mis pensamientos gritaba que odiaba lo que veía, y era consciente de que apartar los ojos de ellos sería lo más sano, pero esta noche me convertía en un masoquista. Es algo natural del ser humano, sabes que te va a doler, y que es mejor apartar la vista y centrarse en distracciones, pero te metes en la boca del lobo y observas la situación por más que te rompa el corazón. Quizá es para ser testigos. Testigos de que eso del pasado se ha acabado por completo. Así estaba yo esta noche. Y quería culparla y odiar a ese chico por hacerme sentir como me sentía. Pero no podía, porque el culpable número uno era yo. Me busqué esta situación solito, y sería egoísta desear que Emma no estuviese con nadie, cuando yo tenía frente a mí a mi pareja. Aunque, de todas formas, nunca esperé volverla a ver, y mucho menos con otro. Sabía que encontraría a alguien más, que sería feliz, que amaría a otra persona pero, repito, no esperaba que la vida me la pusiera delante de mí y me hiciera testigo de la hermosa mujer que me perdí.
Emma me observó un segundo, y fue desilusionante cuando dejó de verme. El siguiente acto me rompió el corazón: el chico besó a Emma en los labios. Fue un beso corto, pero lo suficientemente largo y tortuoso para mis ojos. Eso sí había dolido y mucho.
Y una vez más, no tenía nada que reclamar. Pero quería. Y quería ser egoísta.
Me miró efímeramente, luego intercambió unas palabras con él, y finalmente le sonrió.
—Voy al baño —le dije a Maika, interrumpiendo sus palabras. Vi su desconcierto ante mi abrupta interrupción.
—Bueno —me dijo, pero yo ya estaba de pie y caminando hacia el baño.
Abrí la puerta y me metí. Me paré frente al espejo y me observé en él: mis ojos estaban lagrimosos y algo colorados, y mis hombros subían y bajaban irregularmente. Estaba tan enojado que sentía el impulso de golpear con ímpetu el espejo y ver cómo se hacía mierda. Necesitaba romper algo, lo que fuera, pero era mejor si se trataba del rostro de quien se atrevió a besarla.
—Eres un egoísta de mierda —me dije a mí mismo, dándome cuenta de mis pensamientos, pero la escena de ambos besándose volvía a llenarme de rabia pura.
¿Hace cuánto estaban juntos? ¿Cómo se conocieron? ¿Fue poco después de mí? ¿Él ya le hizo el amor?
Apreté fuertemente los puños y la mandíbula, mientras esas imágenes seguían y seguían atormentándome una y otra vez. Contuve una lágrima, y fui fuerte para alejar el nudo en mi garganta. Intenté convencerme de que estaba confundiéndome, de que yo no amaba a Emma, de que Maika era la única en mi vida y que no me importaba una mierda lo que Emma hiciera con otro chico. Emma era parte de mi pasado y ahí siempre se quedaría. No me importaba en lo absoluto. No me importaba. No me importaba. No me importaba.
No sabía ni siquiera por qué estaba aquí en California, pero era seguro que este encuentro no volvería a darse alguna otra vez en la vida. No iba a ponerme mal por mi ex sabiendo que yo estaba enamorado de otra. Habían cosas más importantes en mi vida. Emma se quedaba en el pasado.
Pasado.
Pasado.
Pasado.
—Aiden, qué sorpresa verte —dijeron a mis espaldas.
Por el reflejo del espejo vi a James recargado sobre la puerta del baño. Me miraba con una pequeña sonrisa.
—James —dije, y recobré mi postura estable. Abrí el grifo para lavarme las manos. Era él. Era James quien besó a mi novia. Digo... a Emma.
—Te ves bien —comentó.
No dije nada. Ni siquiera lo miré.
—Vengo a agradecerte.
—¿Agradecerme? —me di la vuelta para mirarlo. Caminé hasta el calefactor para secar mis manos.
James estaba mucho más grandote y musculoso. Ahora sí tenía más pinta de hombre.
—Agradecerte que te largaras y me dejaras a Emma para mí. Creo que siempre notaste que me gustaba.
Imbécil.
Respiré profundo. Era eso o romperle la cara.
—De nada —dije sin más.
—Sé que has estado mirándonos hace un momento.
Control.
—¿Y?
—Ya te diste cuenta de lo que te perdiste, ¿verdad? —se cruzó de brazos—. Te diste cuenta de que fuiste muy idiota para dejar a Emma sola y largarte.
Control.
Estaba más que enojado. Pensar en otro tipo tocando a Emma me sacaba de mis cabales, pero pensar a James, era peor. Se la daba de solo un amigo y la deseaba.
—¿A qué mierda vienes? —me paré frente a él—. ¿Intentas que esto me duela? Porque no me molesta ni un poco.
—Deja de mirarla —advirtió.
Control.
—¿O qué? —desafié, dando un paso hacia adelante.
Control.
—Romperé tu maldita cara —se puso muy serio.
Control.
Sonreí.
—Ya quisieras —asentí con la cabeza—. Emma es toda tuya. No me interesa ni un poco. Me olvidé de ella desde antes de dejarla —contesté con veneno. Nada de esto era verdad, pero la rabia estaba consumiéndome.
Pasé por su lado y regresé con Maika. En lo que restó de la noche, no volví a mirar a Emma, no porque no quisiera o porque el estúpido de James me amenazó, sino porque las cosas eran mejor así. Ella feliz por su lado, yo feliz por el mío.
