Capítulo 5 Capítulo 4

Emma

En pocos minutos comenzaba mi vida universitaria. Para ser exactos, en parte, esa vida ya había comenzado, pero hoy iba a realmente sentir lo que se siente estar en una universidad. Me siento contesta por este nuevo mundo al que me adentraré, contenta por poder arrancar con eso que pospuse por uno tiempo por la depresión, pero también bastante nerviosa. Todo era muy nuevo. Pero había una parte pequeña (o grande) que aún se sentía mal por lo que ocurrió la otra noche en Wells.

James fue a atacar a Aiden en el baño para ver si se había puesto celoso al vernos juntos, algo que le dije que no hiciera pero hizo igual, y terminó escuchando palabras afiladas y venenosas por parte de Aiden, pero que James interpretó como un «sí, me dolió lo que vi». No estuve ahí presente oyendo eso, y qué bueno que no porque hubiera perdido mi dignidad llorando, así que no podía creer que esa interpretación de mi amigo fuera cierta, pero esa diminuta partecita mía empezaba a llenarse de esperanzas, las cuales fueron atacadas y apagadas en lo que restaba de esa noche: él no volvió a mirarme ni una sola vez. Sé que James lo amenazó para que dejara de observarme, pero por lo que llegué a conocer de Aiden, él no acataba órdenes de nadie, así que me daba a pensar que mirarme o no le daba iual.

Y vuelvo a sentirme estúpida por pensar en esto, le doy vueltas a algo que se suponía estaba superado, pero es que era muy difícil olvidarme de él después de todo, y el volver a verlo después de que se largara y verlo con otra eran golpes durísimos para mí. Además, mi estabilidad emocional desde que empecé a salir con Aiden no era la mejor de todas. A veces me acuerdo de cómo me comportaba antes de estar con él y echo de menos a esa Emma, siento que estos años sin estudiar pudieron ser muy diferentes si nunca me hubiese puesto en pareja con él. Creo que así todo hubiese sido mejor. Pero no. Me enamoré y caí rendida a sus pies, le entregué mi corazón, y él lo tomó para luego machacarlo sin importar nada.

Me vestí lo más rápido que pude y preparé mi maquillaje y me miré en el espejo. Siempre me dio verguenza usar colores fuertes en los labios o alguna sombra en los ojos, pero hoy esa pena se iba a ir. Hoy quería llegar a la universidad, hacer nuevos amigos, e ir maquillada como se me catara.

—Te queda bien ese labial —la voz de James se oyó a mis espaldas.

Lo miré a través del espejo. Estaba cruzado de brazos, sonriéndome. 

—Gracias. Voy a usar esto para ir a la universidad. Es un rojo mate.

—Lo noto.

—¿Ya estás listo?

—No. 

—¿Qué te falta?

—Las ganas de ir —respondió—. Tengo sueño —finalizó. 

Sonreí. 

—Yo también tengo sueño, pero bueno, no nos queda otra. Este es el horario. 

—Oye, me gusta que te maquilles como te gusta hacerlo. Sin importar cómo te vean los demás. Tal vez verlo la otra noche sirvió para que te empoderaras. 

Tal vez... Solo tal vez...

No contesté nada y esperé a que fuera a peinarse para poder irnos. Guardé mis cosas en mi bolso y tomé mi teléfono al oí una notificación. Era un recordatorio de que hoy tenía cita con el nuevo psicólogo. Estaba ansiosa por ello, necesitaba consejos para superar lo de la otra noche. Noche que, por cierto, fue tan mala que, al llegar, me metí en la cama a llorar. James fue tan amable de quedarse conmigo hasta quedarme dormida, y antes de ello me trajo helado de naranja y llamó a Kendall y Chad para que hablásemos por videollamada y así despejarme. Amaba a ese chico. Este valía la pena de verdad. 

—¡Estoy listo! —me gritó desde la mini cocina que tenía nuestro departamento. 

El primer día en la universidad iba a ser tranquilo, eran clases introductoras, así que esperaba no terminar muy cansada para llegar enérgica a mi cita con el psicólogo. 

James se separó de mí en el estacionamiento, debía entrar por otra puerta más alejada de la que a mí me tocaba, por lo que nos despedimos con beso en la mejilla y nos deseamos suerte. Terminábamos a la misma hora, por lo que el plan era encontrarnos en el estacionamiento a la salida. Esperaba recordar dónde dejamos el auto.

Entré a la universidad y tuve que preguntar dónde se encontraba la sala que me tocaba porque no la encontraba. Cuando me metí en el lugar correcto vi mucha gente en la clase, y muy pocos asientos quedaban disponibles. Me senté al lado de una chica morocha en el lado izquierdo. 

—Hola —dije, intentando romper con la Emma tímida de siempre que se tragaba las palabras. 

Me sonrió amablemente. 

—Hola, soy Ari —me tendió la mano. La estreché. Algo me decía que ella era igual de tímida que yo y que me había sentado en el lugar correcto. Quizá ella y yo llegaríamos a llevarnos bien. 

—Soy Emma. 

—¿Estás tan nerviosa como yo? Soy nueva en la ciudad. 

—Sí, muy nerviosa. También soy nueva, llegué hace unas semanas. 

—Qué bueno que estoy hablando con alguien, suelo ser muy tímida y no me salen las palabras. 

—Soy exactamente igual.

Me sonrió. 

Sí, con ella iba a llevarme bien. 

—Uy —dije, mirando hacia la entrada de la sala. 

—¿Qué? —Aria miró en la misma dirección—. ¿Qué pasa? 

—Nada, es el chico lindo que conocí el otro día en el restaurante —contesté. El camarero caminó al lado de la sección en la que estaba sentada, esperaba que no se sentara en el asiento que estaba a mi lado. 

—Ah, te gusta el chico. Es lindo.

—No, no me gusta, solo es lindo. Es el camarero, no hemos hablado nada, pero sí noté que me observaba.

—Uy, creo que viene hacia aquí —dijo, y sí, parecía que iba a sentarse a mi lado.

De repente me puse nerviosa.

El chico caminaba con la vista en su teléfono. Miró el asiento vacío a mi lado y se sentó, sin darse cuenta de quién era yo. Seguramente no me recordaba. Pero eso no me dejaba sin nervios.

Hoy quería ser más sociable, ser un poco distinta, dejarme de miedos acerca de lo que los demás pensaran. ¿Debía hablarle? ¿Mi sociabilidad también tenía que ser con chicos que me parecieran muy atractivos?

Cuando me di cuenta, él me estaba mirando, no porque quisiera hablarme o algo por el estilo, sino porque yo me le había quedado viendo mientras sopesaba si debía o no hablarle. Qué vergüenza.

—Hola —me dijo.

—Ho-hola —tartamudeé.

—¿Te sientes bien?

—Emm... —pensé—. Sí —sus ojos eran tan penetrantes que quería salir de esa fila para sentarme al final de la sala—. ¿A qué va la pregunta?

—Es que te me has quedado viendo —sonrió. Yo me morí de vergüenza.

Me puse colorada.

—Ah... Tú... Eres el chico del restaurante. El camarero.

—Y tú eres la chica del restaurante. La clienta —dejó de verme.

—Sí... Esa soy yo —respondí, apartando la mirada, nerviosa e incómoda. ¿Podía hacer una excepción a mi regla de no ser tan tímida y largarme hacia otro asiento?

—Me parece a mí o eres pésima coqueteado —dijo mi compañera a mi lado, en voz baja y con su mirada puesta en su libreta.

—No, soy pésima hablando con las personas. No estaba coqueteándole.

—Él debe pensar que sí —respondió.

¿Pensaba eso? No le di señales para hacerlo. O tal vez sí... Me lo había quedado mirando como tonta.

La clase introductoria comenzó y creo que casi me duermo. Esa es una de las cosas que hoy quería cambiar, porque cuando iba al instituto, cuando los profesores hablaban mucho sin parar y me bombardeaban con sus explicaciones e hipótesis, en vez de captar mi atención, captaban mis ganas de dormirme. Eso me molestaba de mí misma, era algo normal y que a muchos les pasaba, pero me molestaba. Me perdía de cosas que podían llegar a ser importantes. Lo intentaba, intentaba prestar un poco de atención a la charla universitaria porque no quería estar completamente perdida después, pero mi concentración pasaba de la charla a las moscas que veía pasar, e incluso idealizaba algo muy patético: una vida con Aiden.

Sentí que alguien me dio un codazo. Pegué un respingo.

—¿Qué? —dije medio alto. Creo que soné molesta.

Miré al chico a mi lado.

—Tenemos que hacer un trabajito juntos.

—¿Qué? —dije confundida.

—Tenemos que hacer un trabajo juntos —repitió, sin mirarme. Tenía la vista puesta en su teléfono.

—¿Y eso en qué momento pasó?

—En el momento en que estabas durmiendo —respondió.

—No estaba durmiendo —me defendí. ¿O sí?

—Si no me crees le puedes preguntar a la chica a tu lado.

Mejor no.

—Y se te caía la baba —añadió.

¡¿Qué?!

—¿Qué dijiste?

—Nada. Hay que descargar una aplicación para el trabajo. Debemos hacer una encuesta. Tú me preguntas a mí y yo a ti. Así de fácil.

Analicé un poco la situación y procedí a asentir. Pregunté el nombre de la aplicación y la intenté instalar. Para mi mala suerte, mi teléfono ya no tenía datos. ¿En qué momento me quedé sin crédito si nunca salía? El departamento tenía wifi, así que no era necesario tener los datos encendidos.

—Mierda —maldije.

—¿Te pasa algo? —preguntó el chico lindo.

—No. Bueno, sí.

—¿Me vas a decir qué es? —me miró.

—Me quedé si crédito.

—Ah, bueno, no pasa nada. Puedo pasarte wifi.

—No quiero ser una molestia —dije. Dios, ese chico era demasiado guapo.

Mi lado vergonzoso deseaba que la encuesta fuese rápida para no tener que hablar con él durante mucho tiempo. Mi intento de mejorar esas cosas estaba siento medio derrumbada por la lindura y la capacidad de ponerme nerviosa con tan solo una mirada de ese chico.

—No lo eres. Además, tenemos un trabajo que hacer y necesitas tener la aplicación en tu teléfono. Son ciento veinte preguntas.

—¿Cómo dices? —fruncí las cejas—. ¿Ciento veinte? —mi lado vergonzoso se sentía ofendido.

—Sí. Estaremos un rato. Es para conocernos mejor. Es el punto de la encuesta.

—Genial —dije bajito, pero por cómo me miró supe que me había oído.

—La dinámica es hacer la encuesta con quien tienes al lado, pero si te molesta hacerla conmigo, pues...

—No, no, claro que no. No me molesta hacerla contigo.

—Dile eso a tu cara.

Se me hacía más simpático en el restaurante.

—No me molesta, en serio —quise convencerlo.

No respondió a eso, pero me dio la clave de su wifi para que instalara la bendita aplicación que contenía ciento veinte benditas preguntas. Para colmo, se me tildó el teléfono.

—¿Ya está instalada? —preguntó al mismo tiempo en que yo maldecía en mi mente.

—No. Se me acaba de tildar el teléfono.

—Reinícialo.

—Eso haré —asentí.

Mi teléfono hoy no estaba siendo bueno conmigo.

Esperé a que mi teléfono realizara todo su proceso de encendido y me pidiera la clave. Sentía la mirada del chico sobre mí, pero puse de mi esfuerzo para no prestarle atención.

—Te ves linda en esa foto —me dijo. No pude evitar mirarlo. Se refería a mi fondo de pantalla. Era una en la que estaba abrazada a James y sonriendo. Ese día habíamos estado en una fiesta en Brasil. Fue un viaje maravilloso en el que no pensé casi nada en Aiden. Hasta que volví a Nueva York.

—Gracias —le sonreí. Él también.

Dios mío. Sonrisa hipnotizante. Kendall se iba a poner loca cuando le dijera.

Al fin pude instalar la aplicación. Puse mi correo, mi nombre y apellido, y ya estaba lista para comenzar con la encuesta. Mientras él respondía un mensaje, eché una rápida mirada al grande salón en el que estaba. Todos los estudiantes estaban centrados en la tarea pedida, el ruido era fuerte y un poco molesto.

—Empecemos —dijo—. Comienzo yo. Vamos haciendo una y una. ¿Te parece?

Asentí.

—¿Cómo te llamas? —preguntó—. Nombre y apellido.

—Emma Campbell. ¿Tú como te llamas?

—Ashton Blake —respondió. Lo anoté en el teléfono.

Ashton... conque así se llamaba el camarero lindo.

—¿Edad?

—Diecinueve. ¿Tú? —lo observé.

—Veintiuno —dijo Ashton—. ¿Te has tomado un tiempo antes de comenzar la carrera? Tienes que responder por qué en caso de haber sido así.

—Bueno... no sabía muy bien qué carrera elegir y no me estuve sintiendo bien durante un tiempo como para querer empezar la universidad —contesté. Sentí un efímero nudo en la garganta. El solo mencionarlo me dolía—. Hasta ahí dejaré la respuesta. La universidad no tiene que saber sobre mis problemas personales. ¿Y tú? ¿Te tomaste un tiempo antes de comenzar la carrera?

—Sí. Estuve un tiempo en la cárcel —respondió. Me lo quedé viendo. ¿Qué hizo para que lo encerraran? Rio levemente—. Bueno, no te esfuerces en ocultar tu sorpresa —sonrió—. No, es broma. Me pasó igual que a ti. No me metieron a la cárcel.

Sentí incomodidad ante su broma pero fue efímero. Seguimos con la encuesta. Algunas eran preguntas rápidas y otras para profundizar.

—¿Hace cuánto estás en pareja? —preguntó.

¿Esa era una pregunta de universidad? Miré la encuesta.

No.

—Oye, eso no está en la encuesta.

—Ups —se encogió de hombros. Me puse coloradísima pero sonreí. Él también—. ¿Por qué elegiste la carrera?

—Tengo una familia de empresarios. No sabía qué estudiar, y me llamó la atención el seguir con la rama familiar.

—Seguir con la rama familiar a veces suele ser pesado. ¿Estás segura de que esta es la carrera que quieres?

—Es la que más ha llamado mi atención —me encogí de hombros. Él se quedó pensando en ello pero no dijo nada más al respecto—. ¿Tú?

—Me llamó más la atención que todas las otras. Me imagino teniendo mi propia empresa en unos años. Suena genial —respondió. Lo anoté—. ¿Te gustaría algún día salir?

—Lo hiciste otra vez.

—Ups otra vez —volvió a encogerse de hombros. Nos reímos.

No lo conocía, no sabía nada de él, y obviamente tendría mucho cuidado con el tema de salir con chicos dada la inseguridad que hay, pero podía darme el gusto de salir con Ashton. Me parecía un chico lindo y con una mitad agradable. Tal vez no aceptaría salir hoy mismo con él, pero dentro de una semana o dos, ¿por qué no?

—¿Entonces...?

Asentí.

—Sí, claro que sí.

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