Capítulo 10 Unidad de teatro

Unidad de teatro

Eron no esperó a que Damien se diera el lujo de ignorarlo. Al día siguiente, antes de que el sol terminara de subir, el consejo se instaló en el salón de piedra como si la casa fuera suya. No era una reunión improvisada. Había ancianos, guerreros de rango y ese silencio ceremonial que siempre anunciaba una sentencia disfrazada de acuerdo.

Me hicieron bajar. No me lo pidió Damien. Me lo pidió Marcus, con esa cara de quien ya sabe que la mañana va a salir mal.

Damien ocupaba el asiento central. Sofía no estaba sentada a su lado, no esta vez; se había colocado entre las hembras del círculo, lo bastante visible para que nadie olvidara su existencia y lo bastante recatada para parecer inocente. Yo me quedé de pie, a la derecha del Alfa, donde Eron señaló con la mano. El lazo se puso rígido en cuanto nuestros hombros compartieron el mismo aire. Damien no me miró. Su cuerpo, sí. Una tensión baja, contenida, como si todavía recordara el estudio y odiara recordarlo.

—La manada habla —empezó Eron—. Habla del este. Habla de la esposa encerrada. Habla de otra mujer caminando donde debería caminar la marcada. En tiempos de rastros extraños, eso no es un asunto privado, Alfa. Es una grieta.

Damien apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—La grieta está en quienes no saben callar.

—La grieta —repitió Eron— está en que tu pareja destinada no ocupa su lugar. Exigimos una prueba de unidad. Pública. Visible. Antes de la próxima luna.

Sofía bajó los ojos. El gesto era perfecto. Humilde. Falso.

—¿Qué clase de prueba? —preguntó Damien.

—Una ronda conjunta por el perímetro cercano. Tú y ella. Frente a testigos. Sin enviar a la esposa al flanco. Sin sustituirla. Si el lazo existe, que la manada lo vea. Si no pueden sostener ni eso, el consejo revisará las consecuencias de un Alfa que desafía la forma de la ley aunque obedezca la letra.

Un murmullo recorrió la sala. Yo sentí cómo se me enfriaban los dedos. No era una oportunidad. Era un escenario. Damien lo entendió al mismo tiempo. El lazo me trajo su rabia primero, después algo más estrecho, más peligroso: recelo. Recelo de tener que caminar a mi lado sin Sofía de por medio.

—Una ronda —aceptó al fin, con la voz cortada—. Esta tarde. Perímetro oeste. Marcus y dos guerreros. Nadie más.

—Nadie más —confirmó Eron—. Incluida Sofía Voss.

El nombre quedó flotando. Sofía alzó apenas la mirada. No protestó. No hacía falta. Ya estaba calculando el daño.

Cuando el consejo se disolvió, Damien se levantó tan rápido que la silla rozó la piedra. Pasó junto a mí y dijo, sin detenerse:

—No hables. No te adelantes. No me toques. Caminas. Y cuando termine, desapareces.

Sofía me alcanzó en el pasillo, sonriendo como quien felicita a una rival por un premio envenenado.

—Qué emoción. Una cita obligada. Vas a tenerlo solo un rato, Aria. Intenta no temblar. El lazo se te nota en la cara cuando él se acerca.

—No estás invitada —dije.

—No necesito estar invitada para estar presente. La manada va a mirarlos a los dos y después va a venir a contármelo. Yo solo tendré que abrir la puerta.

Se alejó hacia el ala privada con esa ligereza cruel que usaba cuando el tablero se movía a su favor aunque la echaran de la casilla.

A media tarde el cielo estaba cubierto. El perímetro oeste olía a resina y a lluvia próxima. Damien llegó primero. Vestía de negro, el corte de la ceja ya seco, la expresión cerrada. Marcus y los guerreros se colocaron a distancia respetuosa, lo bastante cerca para ver, lo bastante lejos para no oír. Yo me puse a su izquierda. El lazo dio un tirón inmediato, caliente, desordenado. Damien inhaló por la nariz y apartó el rostro, como si mi olor le hubiera golpeado la boca del estómago.

Empezamos a caminar.

Los primeros minutos fueron solo pasos y silencio. Las botas sobre la tierra. El viento entre los pinos. Su hombro a un palmo del mío. Cada vez que el camino se estreñaba y nos obligaba a acercarnos, el lazo se encendía con una fuerza que me mareaba. No era ternura. Era hambre y rechazo revueltos, una corriente que no sabía si empujar o morder.

—No huelas así —dijo de pronto, sin mirarme.

—No elijo cómo huelo.

—Pues conténlo.

Solté una risa incrédula, baja.

—¿Quieres que deje de existir mientras camino?

—Quiero que dejes de hacer esto más difícil.

—¿Esto qué? ¿Cumplir la orden del consejo o recordarte que estoy viva?

Damien se detuvo. Los guerreros también, más atrás. El bosque pareció inclinarse hacia nosotros. Él se giró lo justo para clavar en mí esos ojos dorados.

—No me recuerdes nada. No uses esta ronda para repetir lo del estudio. No hay grieta. No hay duda. Hay una ley y un teatro. Tú eres la parte del teatro que me tocó soportar.

La frase estaba pensada para cerrar. El lazo la desmintió. Lo sentí. Un pulso involuntario, una atracción que le subió por el pecho y él aplastó con tanta violencia que se le tensó el cuello. Por un segundo sus dedos se cerraron, como si buscaran algo que no iba a permitirse tomar.

Seguimos.

Cerca del arroyo viejo el terreno bajaba. Yo resbalé. Fue mínimo. Un pie en el barro, el cuerpo inclinándose. Damien me agarró la muñeca antes de que yo misma entendiera que caía. El contacto fue breve y brutal. Piel con piel. El lazo estalló. Un calor blanco me recorrió el brazo hasta la marca del cuello. Damien soltó un sonido bajo, entre gruñido y maldición, y me soltó como si la muñeca le quemara.

Marcus tosió a lo lejos, fingiendo mirar el dosel.

—No me toques —dijo Damien, ya sin aliento del todo.

—Tú me tocaste.

—Fue reflejo.

—Los reflejos también hablan.

Me miró con una furia tan personal que por un instante olvidé a los testigos. En esa furia había deseo. Lo reconocí porque el lazo me lo tradujo sin piedad. Damien también lo reconoció. Retrocedió medio paso, respirando hondo, reconstruyendo al Alfa encima del hombre.

—Si vuelves a hablar del lazo en voz alta, juro que esta ronda termina conmigo arrastrándote de vuelta y cerrándote la puerta.

—Entonces no me agarres.

Caminamos el resto del perímetro como dos extraños atados por una cuerda invisible. Cada roce evitado pesaba más que un beso. Cada silencio era una pelea. Cuando el camino nos devolvió a los muros de la casa, la lluvia empezaba a caer, fina, fría. Damien se adelantó. No esperó. No dijo que lo había hecho bien. No dijo nada. Entró primero. Yo me quedé un segundo bajo la llovizna, con la muñeca todavía caliente y la certeza de que los guerreros habían visto demasiado.

Dentro, Sofía ya esperaba en el recibidor. Seca. Arreglada. Sonriente.

—Qué rápido —dijo—. ¿Tan insoportable fue?

Damien le pasó al lado y subió. Ni siquiera le contestó. Ese detalle mínimo debería haberme dado algo. No lo hizo. Porque Sofía giró hacia mí con los ojos brillantes, leyendo el desorden en mi cara mejor que nadie.

—Te tocó —susurró—. Se te nota. La marca te late. Pobre Aria. Un reflejo y ya estás temblando como si hubiera sido un juramento.

—Apártate.

—Esta noche se lo voy a preguntar. Si tu piel le quemó. Si odió gustarle. Si necesita que yo se lo borre.

Subió detrás de él. Yo me quedé en el recibidor empapada, con Marcus cerrando la puerta a mis espaldas.

—El consejo quedó satisfecho por ahora —dijo el Beta—. Eso no significa que ella se vaya a quedar quieta.

—Lo sé.

—Tampoco significa que él vaya a tratarte mejor mañana.

—También lo sé.

Subí a la habitación de invitados y me quité la ropa mojada con dedos torpes. En el espejo, la marca estaba más oscura, como si el contacto de su mano le hubiera recordado para qué existía. Me senté en la cama. Esperé. El lazo no tardó. Primero llegó su agitación, esa pelea interna que Damien disfrazaba de enfado. Después, más tarde, la presencia de Sofía. No inmediata. No fácil. Como si él hubiera tardado en ir a buscarla. Como si hubiera necesitado convencerse.

Cuando por fin el calor ajeno se instaló en mi pecho, no fue solo traición. Fue una respuesta. Una forma de apagar lo que había ocurrido en el arroyo. Damien no iba a Sofía únicamente porque la deseara. Iba para tapar el reflejo. Para demostrar que una muñeca en el barro no podía más que una elección antigua.

Me recosté y miré el techo.

La unidad de teatro había terminado.

La grieta, no.

Y ahora no solo la sentía yo. La habían visto Marcus, dos guerreros y, pronto, toda la casa, filtrada por la boca de Sofía. Mañana el cuento sería que yo lo había provocado. Que había resbalado a propósito. Que el Alfa había tenido que soltarme con asco.

Podían contarlo así.

Yo iba a recordar la verdad más estrecha: que su mano había llegado antes que su orgullo.

Y que, por primera vez, Damien Blackwood había tardado en ir a la cama donde yo no existía.

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