Capítulo 2 La primera mañana

La primera mañana

El sol apenas había comenzado a filtrarse entre las cortinas grises cuando el lazo me despertó. No fue un despertar suave. Fue un tirón brutal en el pecho, una oleada de placer ajeno que no me pertenecía y que, sin embargo, se instaló dentro de mí como si fuera mía. Abrí los ojos de golpe. La habitación de invitados seguía fría. La cama era demasiado grande para una sola persona. La marca en mi cuello latía con un ritmo irregular, sincronizado con el corazón de Damien… y con el de otra persona.

Sofía.

Cerré los ojos con fuerza y traté de bloquear la conexión. El lazo no me dejó. Sentí el calor de su piel contra la de él. Sentí la forma en que sus dedos se enredaban en el cabello negro de mi hermana. Sentí la risa baja de ella contra su pecho. Cada sensación me atravesaba como una aguja caliente. Me enrosqué sobre mí misma bajo las sábanas y me mordí el labio hasta saborear sangre. No iba a llorar. No otra vez.

Pasaron minutos eternos hasta que la oleada se calmó. Solo entonces me atreví a levantarme. El suelo de madera estaba frío bajo mis pies descalzos. Caminé hasta el baño y me miré en el espejo. La marca era un círculo irregular de dientes, todavía inflamado, de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez de mi piel. Toqué el borde con la yema de los dedos y una descarga de posesión y rechazo me recorrió la espalda. Damien estaba despierto. Podía sentirlo. Y no estaba solo.

Me vestí con la primera ropa que encontré en el armario: un vestido simple de color crema que mi madre había dejado para mí años atrás. Me peiné el cabello hacia un lado para cubrir la marca, aunque sabía que era inútil. Toda la manada sabía lo que había ocurrido la noche anterior. Toda la manada había oído el rechazo.

Bajé las escaleras con el corazón golpeándome las costillas. La casa del Alfa olía a café recién hecho y a pan tostado. Voces murmuraban en el comedor. Reconocí la risa de Sofía incluso antes de cruzar el umbral.

Ella estaba sentada a la derecha de Damien. Llevaba una camisa que no era suya. Era demasiado grande en los hombros y el cuello le quedaba abierto, revelando una marca fresca en la base del cuello. No la marca de pareja. Solo un chupetón oscuro. Damien no levantó la vista cuando entré. Estaba cortando un trozo de pan con movimientos precisos, como si la presencia de su esposa legal no mereciera ni un segundo de atención.

Marcus, el Beta, alzó una ceja al verme. Varios guerreros dejaron de comer. El silencio se extendió por la mesa larga de madera.

—Buenos días, Aria —dijo Marcus con voz neutra—. Siéntate. Hay sitio.

Había sitio, sí. Al final de la mesa, lejos de Damien. Me senté. Mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas bajo la mesa. Sofía me miró por encima del borde de su taza. Su sonrisa era pequeña, casi dulce.

—Qué pálida te ves, hermana —comentó con voz suave—. ¿No dormiste bien?

Damien dejó el cuchillo sobre el plato. El sonido metálico resonó demasiado alto.

—Sofía —advirtió en voz baja.

Ella inclinó la cabeza con falsa sumisión, pero sus ojos seguían fijos en mí. Yo no respondí. Tomé un trozo de pan y fingí comerlo. El sabor se convirtió en ceniza en mi boca. El lazo me transmitía la satisfacción de Damien cada vez que Sofía rozaba su brazo. Cada roce era una traición abierta y nadie en esa mesa se atrevía a nombrarla.

Después del desayuno, Damien se levantó sin mirarme.

—Hay una reunión del consejo en una hora —anunció—. Marcus, asegúrate de que Aria conozca sus nuevas responsabilidades como… esposa del Alfa. Nada de patrullas. Nada de entrenamiento. Que se quede en la casa.

Las últimas palabras las dirigió hacia mí, aunque no me miró. Luego salió del comedor con Sofía caminando a su lado, demasiado cerca. Sus hombros se rozaban. Yo los seguí con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo que conducía a las habitaciones privadas.

Marcus suspiró.

—Ven conmigo, Aria. Hay cosas que debes saber.

Me llevó hasta el estudio del antiguo Alfa, la habitación donde Damien había crecido escuchando las historias de su padre. Las paredes estaban cubiertas de mapas antiguos y de las garras de lobos enemigos. Marcus cerró la puerta y se apoyó contra el escritorio.

—La ley es clara —dijo sin rodeos—. Eres la esposa del Alfa. La marca está hecha. En la próxima luna llena se completará el rito. Hasta entonces, se espera que mantengas las apariencias. No puedes rechazarlo. No puedes huir. Y no puedes hablar de lo que ocurrió anoche con Sofía.

Le levanté la vista.

—¿Todos lo saben?

—Todos lo sospechan. Nadie se atreverá a decirlo en voz alta mientras Damien siga siendo Alfa. La manada prefiere fingir que el lazo es sagrado aunque el Alfa lo arrastre por el barro.

Me apoyé contra la pared porque las rodillas me fallaban.

—Él la ama —susurré—. Siempre la ha amado.

Marcus no negó nada.

—Eso no cambia la ley. Tú eres su pareja destinada. Si la Diosa te eligió, hay una razón. Aunque ahora mismo no la veamos.

Salí del estudio con esas palabras resonando en la cabeza. Caminé por los pasillos como un fantasma. Cada rincón de la casa me devolvía recuerdos. El rincón donde Damien me había enseñado a afilar un cuchillo cuando teníamos once años. La ventana desde la que habíamos visto juntos la primera nevada. La escalera donde Sofía se había caído a los nueve y Damien la había cargado en brazos durante toda la tarde mientras yo caminaba detrás, invisible.

Encontré a Sofía en el jardín trasero una hora después. Estaba sentada en el banco de piedra bajo el roble viejo, el mismo roble donde Damien y yo habíamos tallado nuestras iniciales a los doce años. Ella las había raspado hace tiempo. Ahora solo quedaban las de ellos dos: D y S entrelazadas.

Se levantó cuando me vio acercarme. Su sonrisa era perfecta.

—¿Viniste a pedirme que te lo devuelva? —preguntó con voz dulce—. Porque no lo haré. Él nunca me ha mirado como me mira ahora. Y tú… tú siempre fuiste la sombra, Aria. La que se quedaba atrás.

El lazo se retorció. Damien estaba cerca. Podía sentirlo escuchando desde alguna ventana.

—Solo quiero que dejes de humillarme delante de toda la manada —contesté con la voz más firme que pude reunir.

Sofía se acercó hasta que el olor de Damien en su piel me golpeó de lleno.

—No es humillación, hermana. Es honestidad. Él te rechazó. Te marcó porque no le quedó más remedio. Y anoche… anoche me demostró que la marca no significa nada cuando el corazón está en otra parte.

Se pasó un dedo por el chupetón de su cuello y sonrió.

—Duerme tranquila en tu habitación de invitados. Yo me encargaré de mantener caliente la cama del Alfa.

Se alejó caminando hacia la casa. Yo me quedé de pie bajo el roble, con las uñas clavadas en las palmas hasta que sangraron. El lazo me envió una oleada de satisfacción masculina. Damien había oído cada palabra. Y no había salido a defenderme.

Esa tarde intenté hablar con él. Lo encontré en la sala de entrenamiento, golpeando un saco de arena con una fuerza que hacía temblar las paredes. El torso desnudo brillaba de sudor. La marca que yo le había dejado la noche anterior en el hombro era apenas un roce superficial comparado con la que él me había dado. Cuando se dio cuenta de mi presencia, se detuvo. Su respiración era pesada. Sus ojos dorados me recorrieron de arriba abajo con una frialdad que me heló la sangre.

—¿Qué quieres?

—Quiero intentarlo —dije. La voz me salió más temblorosa de lo que esperaba—. Sé que no me elegiste. Sé que prefieres a Sofía. Pero el lazo está ahí. Podemos aprender a convivir. Puedo ser una buena esposa. Puedo…

—Cállate.

La palabra fue un latigazo. Se acercó hasta que solo quedaron unos centímetros entre nosotros. El olor a bosque y a poder me envolvió. El lazo cantó, traicionero, esperanzado.

—No voy a aprender a quererte, Aria. No voy a compartirte mi cama. No voy a fingir que esta marca significa algo más que una obligación. Sofía es la mujer que yo habría elegido si la Diosa no se hubiera equivocado. Y mientras la ley me obligue a mantenerte a mi lado, ella seguirá siendo la que duerma donde tú no puedes.

Me miró un segundo más. Luego se dio la vuelta y volvió a golpear el saco con tanta fuerza que la cadena se rompió. El saco cayó al suelo con un ruido sordo. Yo me quedé allí, con las palabras atascadas en la garganta y la esperanza hecha trizas una vez más.

Esa noche, cuando regresé a la habitación de invitados, encontré una nota bajo la puerta. La letra era de Sofía.

“Él me marcó esta tarde. No con el lazo de la Diosa. Con sus dientes. Solo para que sepas quién ocupa realmente su cama.”

Me senté en el borde de la cama y leí la nota tres veces. El lazo confirmó cada palabra. Sentí el placer de Damien. Sentí la forma en que Sofía se arqueaba bajo él. Sentí cómo él murmuraba su nombre en la oscuridad.

Me acosté vestida. Apagué la luz. Y por primera vez desde que el lazo se cerró, dejé que las lágrimas cayeran en silencio.

No porque hubiera perdido la esperanza.

Sino porque todavía la tenía.

Y esa esperanza, terca y estúpida, iba a destruirme mucho más que el rechazo de Damien.

Porque mañana volvería a levantarme. Volvería a mirarlo a los ojos. Y volvería a creer, aunque solo fuera por un segundo, que algún día él podría elegirme a mí.

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