Capítulo 3 El peso de la marca
El peso de la marca
Pasaron tres días desde la noche en que Damien me marcó frente a toda la manada. Tres días en los que el lazo se convirtió en mi peor tortura. Cada madrugada me despertaba con el eco de su placer atravesándome el pecho como si fuera mío. Cada tarde lo sentía besar a Sofía en alguna habitación de la casa. Cada noche, cuando la oscuridad cubría los pasillos, el lazo me obligaba a vivir cada gemido, cada roce, cada vez que él murmuraba el nombre de mi hermana contra su piel.
Yo seguía durmiendo en la habitación de invitados. La cama seguía demasiado grande. La marca en mi cuello seguía doliendo cada vez que él se acercaba a ella.
Esa mañana decidí que no podía seguir escondiéndome. Si la Diosa nos había unido, tenía que haber una razón. Si el lazo existía, tenía que significar algo más que dolor. Me levanté antes del amanecer, me vestí con un vestido sencillo de color azul oscuro y bajé a la cocina. Nadie estaba despierto todavía. Encendí el fuego y preparé el desayuno que Damien prefería desde que éramos niños: huevos revueltos con hierbas del bosque, pan recién tostado y café negro sin azúcar. El mismo que su madre le preparaba los domingos.
Cuando él entró en el comedor, vestido solo con unos pantalones negros y el torso desnudo, se detuvo al verme. Sus ojos dorados se posaron un segundo en la mesa puesta. Después en mí. No hubo sorpresa. Solo una frialdad que me heló la sangre.
—¿Qué haces? —preguntó con voz ronca.
—Preparé el desayuno —contesté, intentando que la voz no me temblara—. Sé que te gusta así.
Damien se acercó a la mesa, tomó la taza de café y dio un sorbo. No dijo gracias. No sonrió. Solo dejó la taza sobre la madera y me miró como si yo fuera una extraña en su casa.
—No necesito que cocines para mí, Aria. Hay sirvientes para eso. Y no necesito que finjas que esto es un matrimonio real.
El lazo se retorció. Sofía bajaba las escaleras en ese preciso momento. Llevaba otra de sus camisas, esta vez abierta hasta la mitad del pecho. La marca que él le había dejado en el cuello era más oscura, más profunda. Damien giró la cabeza hacia ella y su expresión cambió. El frío desapareció. Quedó algo más suave, casi cálido.
—Buenos días —le dijo en voz baja.
Sofía se acercó, se puso de puntillas y lo besó en la comisura de los labios delante de mí. Yo apreté los dedos alrededor del borde de la mesa hasta que los nudillos se pusieron blancos. Damien no la rechazó. Le pasó un brazo por la cintura y la atrajo un segundo contra su cuerpo antes de soltarla.
—Voy a la reunión del consejo —anunció sin mirarme—. Que nadie entre en mi estudio hasta que regrese.
Se fue. Sofía se quedó unos segundos más, mirándome por encima del hombro con esa sonrisa pequeña que yo conocía demasiado bien.
—Sigue intentándolo si quieres —dijo con voz dulce—. A él le divierte verte rogar.
Se alejó hacia la cocina dejando el olor de Damien impregnado en el aire. Yo me senté frente al desayuno que nadie iba a comer y me obligué a tragar un trozo de pan. Sabía a arena.
Más tarde, Marcus me encontró en el jardín. Estaba podando las rosas que mi madre había plantado años atrás. Las mismas que Damien y yo regábamos juntos cuando teníamos diez años. Marcus se detuvo a mi lado y observó mis manos llenas de espinas.
—El consejo ha decidido que asistas a la patrulla de frontera esta tarde —dijo sin rodeos—. Damien no está de acuerdo, pero la ley exige que la esposa del Alfa conozca los límites del territorio. Iré contigo. Él también.
Le levanté la vista. El corazón me dio un vuelco traicionero.
—¿Él vendrá?
—Sí. Y Sofía también. Pidió acompañarlo.
Por supuesto. Sofía siempre pedía. Y Damien siempre le concedía lo que quería.
La patrulla salió al atardecer. Éramos seis: Damien, Marcus, dos guerreros, Sofía y yo. Caminamos en silencio por el bosque oscuro. El olor a pino y a tierra húmeda me envolvió como un recuerdo antiguo. Damien iba delante, con Sofía a su lado. Sus hombros se rozaban cada pocos pasos. Yo caminaba detrás, sintiendo cada roce a través del lazo como si me lo estuvieran clavando en la piel.
En un claro cercano al río, Damien se detuvo de golpe. Levantó una mano. Todos nos quedamos quietos. El viento trajo un olor extraño: lobo desconocido, sangre fresca, miedo. Damien gruñó bajo. Sus ojos se volvieron completamente dorados.
—Hay intrusos —dijo en voz baja—. Marcus, lleva a las mujeres de vuelta. Yo me encargo.
Sofía se aferró a su brazo.
—No me dejes aquí. Puedo pelear.
Damien la miró. Por un segundo vi la duda en su rostro. Luego negó con la cabeza.
—No. Vuelve con Marcus. Ahora.
Sofía frunció los labios, pero obedeció. Marcus me tomó del codo y empezó a guiarme de regreso. Yo miré hacia atrás. Damien ya se estaba transformando. Sus huesos crujieron. El pelaje negro surgió de su piel. El lobo enorme y poderoso que era se lanzó entre los árboles sin mirarme ni una sola vez.
El lazo se tensó de golpe. Sentí su furia. Sentí el olor de la sangre cuando alcanzó al primer intruso. Sentí el placer salvaje de la caza. Y en medio de todo eso, sentí algo más: una preocupación afilada dirigida solo hacia Sofía. No hacia mí. Nunca hacia mí.
Cuando regresamos a la casa, Sofía se encerró en la habitación de Damien. Yo me quedé en el pasillo, con las manos temblando y el corazón latiendo demasiado rápido. Marcus me miró con algo parecido a la lástima.
—Ve a tu habitación, Aria. No hay nada que puedas hacer aquí.
No le obedecí. Me senté en el escalón más bajo de la escalera y esperé. Las horas pasaron. El lazo me contó cada segundo. Damien regresó herido. Una garrasada profunda le cruzaba el costado. Sofía bajó corriendo las escaleras y se lanzó a sus brazos. Él la sostuvo. Enterró la cara en su cabello. Dejó que ella lo guiara hacia su habitación mientras murmuraba palabras suaves que yo no podía oír pero que el lazo me transmitía igual.
Nadie me miró. Nadie me ofreció ayuda. Nadie me pidió que limpiara sus heridas.
Me levanté del escalón y subí a la habitación de invitados. Cerré la puerta. Me senté en el suelo con la espalda contra la madera y dejé que el lazo me mostrara todo. Sofía limpiando la sangre de su torso. Damien sujetándole la muñeca cuando ella intentaba alejarse. La forma en que la atrajo hacia la cama. El sonido de la tela rasgándose. El momento en que sus colmillos se hundieron otra vez en el cuello de ella, no para marcarla como pareja, sino para reclamarla de una forma que la ley no podía prohibir.
Yo cerré los ojos y me mordí el puño para no gritar. El lazo no me dio tregua. Cada embestida, cada gemido, cada vez que Damien decía su nombre me atravesaba como si yo estuviera debajo de él. Cuando por fin terminó, el silencio que siguió fue peor. Porque entonces sentí cómo él la abrazaba. Cómo le acariciaba el cabello. Cómo le susurraba que ella era la única que importaba.
Me quedé en el suelo hasta que el sol volvió a asomar entre las cortinas. La marca en mi cuello ardía. El corazón me latía con un ritmo roto. Y en medio del dolor, esa esperanza estúpida y terca volvió a levantar la cabeza.
Mañana lo intentaría otra vez. Mañana le llevaría otro desayuno. Mañana le pediría que me mirara aunque fuera un segundo. Porque el lazo seguía ahí. Porque la Diosa nos había unido. Porque yo todavía creía, contra toda evidencia, que algún día Damien Blackwood podría dejar de amar a mi hermana y empezar a mirarme a mí.
No sabía que esa misma tarde el consejo anunciaría que la luna llena estaba más cerca de lo esperado. Y que el rito completo, el que sellaría el lazo para siempre, tendría que realizarse en menos de una semana.
Tampoco sabía que Sofía ya había empezado a tejer un plan para asegurarse de que, cuando llegara ese día, yo no fuera más que una sombra más en la historia de Damien.
Pero esa madrugada, sentada en el suelo de la habitación de invitados, con el eco de sus gemidos todavía resonando en mi pecho, solo sabía una cosa: que el amor que yo sentía por él iba a destruirme mucho antes de que el lazo terminara de cerrarse.
