Capítulo 8 Lo que queda cuando se cierran las puertas

Lo que queda cuando se cierran las puertas

La orden llegó antes del desayuno, transmitida por un guardia que no se atrevió a mirarme a los ojos. Damien había salido al este con un grupo de guerreros. Yo me quedaba en la casa. Sin patrulla. Sin permiso para cruzar los límites del jardín. Sofía, en cambio, no había sido enviada a ninguna parte. La vi bajar las escaleras con una taza entre las manos y el cabello todavía húmedo, como si la noche anterior le hubiera sentado bien.

El comedor olía a café y a tensión. Marcus no estaba. Tampoco Damien. Solo hembras, dos sirvientes y el eco de una conversación que se apagó en cuanto puse un pie dentro. Eso ya era una respuesta. Me serví agua. Me senté. Fingí que el silencio no tenía forma de cuchillo.

Sofía ocupó el asiento de Damien con una naturalidad ofensiva.

—Qué raro verte aquí a esta hora —dijo, girando la taza entre los dedos—. Ayer parecías tan dispuesta a morir en el bosque por un poco de atención.

Una de las guerreras jóvenes, Lira, bajó la mirada a su plato. Otra sonrió sin disimulo. Yo bebí agua y dejé el vaso sobre la madera con cuidado, como si un golpe pudiera convertirme en el espectáculo que ellas querían.

—Me ordenaron quedarme —contesté—. Eso hago.

—Claro. Porque ayer demostraste lo útil que eres. Esconderte entre los helechos mientras él me cubría a mí. Toda la manada ya lo sabe, Aria. Kael lo contó. Bren también. Dicen que el Alfa ni siquiera giró a buscarte.

El lazo, lejos, se movió. Damien estaba en el bosque. Sentí su concentración, el frío de la carrera, el filo de la caza. No sentí culpa. No sentí mi nombre. Solo la distancia. Esa distancia me dejó más expuesta dentro de la casa que fuera de ella.

—Si tienes algo que decirme, dilo sin público —repliqué.

Sofía rio bajito.

—¿Por qué? El público es parte del punto. Tú quisiste ser visible. Ahora lo eres.

Se levantó, pasó detrás de mi silla y se inclinó lo justo para que su perfume —el de Damien mezclado con el suyo— me golpeara la nuca.

—Hoy no va a mirarte. Ni siquiera está aquí. Y cuando vuelva, va a volver a mí. Así que aprovecha la mañana, hermana. Organiza hierbas. Limpia pasillos. Inventa otra prueba de amor. A mí me entretiene.

Se fue hacia el estudio como si la casa le perteneciera. Las otras mujeres tardaron unos segundos en seguir hablando, ahora en voz más baja, ahora con mi nombre en la boca. Yo recogí el vaso, lo llevé a la cocina y me quedé frente al fregadero hasta que el temblor de las manos se me pasó.

Trabajé porque no sabía hacer otra cosa sin romperme. Fui al almacén de hierbas y revisé otra vez frascos que ya estaban en orden. Conté vendas. Cambié etiquetas que no necesitaban cambio. El olor a manzanilla me devolvió, sin pedirlo, una tarde de cuando teníamos catorce años: Damien con fiebre, yo triturado hojas en un cuenco, Sofía sentada a los pies de su cama leyéndole en voz alta para que no se aburriera. Él había sonreído por ella. A mí me había dado las gracias con un murmullo distraído. El recuerdo no servía. Aun así me quedé ahí hasta que el sol subió del todo.

Cerca del mediodía Marcus regresó solo. Traía barro en las botas y el ceño más duro que de costumbre. Me encontró en el corredor del ala este.

—No hay combate todavía —dijo sin que yo preguntara—. El rastro sigue. Damien no va a volver hasta el atardecer.

—¿Y Sofía?

Marcus apartó la mirada un segundo.

—Está hablando con las hembras del círculo interno. Diciendo que el lazo te vuelve imprudente. Que ayer pudiste provocar un error.

—Eso es mentira.

—Lo sé. Eso no impide que corra.

Me quedé quieta. El pasillo olía a cera y a madera vieja. Por una ventana lejana se veía el patio vacío.

—¿Por qué me avisas?

—Porque si te encierras ahora, ganan ellas. Y porque Damien puede ser un idiota, pero la manada no debería escribir tu historia solo con la boca de tu hermana.

Se alejó. Sus palabras no me consolaron. Me dejaron una deuda nueva: no desaparecer. Aunque cada paso dentro de aquella casa me costara aire.

Por la tarde bajé al jardín trasero. El roble viejo seguía allí, con las iniciales raspadas y el banco de piedra cubierto de musgo. Me senté. El viento traía olor a pino y, más lejos, a Damien. El lazo se estiró como una cuerda mojada. Sentí cuando detuvo al grupo. Sentí cuando gruñó. Sentí un destello de dolor ajeno, mínimo, en el hombro. No era grave. Aun así me levanté de golpe, con el corazón desbocado, odiando que mi cuerpo reaccionara antes que mi orgullo.

Sofía apareció entre los setos como si hubiera estado esperando exactamente ese instante.

—Lo sentiste, ¿verdad? —preguntó—. Un rasguño. Nada. Y tú ya estás pálida. Qué patético se ve el lazo cuando solo funciona en una dirección.

—No estás aquí por él —dije—. Estás aquí para verme caer.

—Estoy aquí porque esta casa es mía en la práctica. Tú solo tienes un título que le duele pronunciar.

Se sentó en el otro extremo del banco, demasiado cerca para ser casual.

—¿Quieres que te cuente lo que me pidió anoche, después de la patrulla? No el cuerpo. Eso ya lo sentiste. Te hablo de las palabras. Dijo que tu olor lo distrae. Que cuando estás cerca su lobo se confunde y él odia confundirse. Dijo que si los ancianos vuelven a meterte en una ronda, va a desobedecerlos. Prefiere una discusión con el consejo antes que tenerte a diez pasos cuando hay sangre.

Cada frase buscaba un hueso. Algunas eran mentira. Otras, probablemente, no. El problema del lazo era ese: no distinguía con claridad entre veneno y verdad. Solo traía eco.

—Si Damien quisiera que desapareciera —contesté—, me lo diría él.

Sofía ladeó la cabeza, divertida.

—¿Y qué crees que hizo esta mañana? Te encerró. Te sacó del bosque. Te dejó conmigo. Eso es un mensaje, Aria. Aprende a leerlo.

Se levantó, alisó la falda y se detuvo a mis espaldas.

—Cuando vuelva, no salgas corriendo a preguntarle si está bien. Quedas ridícula. Queda desesperada. Queda exactamente como él te describió frente a mí.

Esperó un segundo, por si yo respondía. No lo hice. Entonces se fue hacia la casa, ligera, dueña del terreno.

El atardecer pintó de cobre los tejados cuando el grupo regresó. Los oí antes de verlos. Botas. Voces. El peso de Damien cruzando el patio. El lazo se encendió de golpe, tan fuerte que tuve que apoyar una mano en el marco de la ventana. Estaba sucio. Cansado. Herido apenas. Vivo. Mi cuerpo lo recibió con un alivio que me dio asco.

Bajé porque no quedarme habría sido otra forma de esconderme. Damien estaba en el recibidor, quitándose los guantes. Tenía un corte fino en la ceja y barro hasta las rodillas. Sofía ya había llegado a él. Le limpiaba la sien con un paño como si nadie más existiera. Los guerreros pasaban a su alrededor fingiendo no mirar.

Damien alzó los ojos y me encontró de pie en el último escalón.

—Te dije que te quedaras dentro.

—Estoy dentro.

—Entonces vuelve arriba.

Sofía no apartó el paño.

—Déjala, Damien. Pobre. Ha estado todo el día oliéndote desde las ventanas.

Kael soltó una exhalación que no llegó a risa. Damien cerró los ojos un instante, como quien junta paciencia, y cuando los abrió ya no había grieta. Solo cansancio y rechazo.

—Arriba, Aria. Ahora.

Subí. Cada peldaño fue una humillación medida. Detrás de mí, Sofía murmuró algo que no necesité oír para entender. El lazo me lo tradujo igual: alivio en Damien. No alivio de verme a salvo. Alivio de que yo desapareciera del recibidor.

En la habitación de invitados me quité las botas y me senté al borde de la cama. El corte de su ceja me latía en la frente. El cansancio de su cuerpo se me metió en los hombros. Odié esa intimidad sin permiso. Odié que mi primera reacción hubiera sido bajar. Odié que Sofía lo hubiera previsto.

Pasaron minutos. Después horas. La casa cambió de ruido. Primero el consejo breve en el piso de abajo. Después pasos hacia el ala privada. Después esa calidez lenta, conocida, que el lazo me empujó al pecho como un recordatorio. Sofía había ganado la noche otra vez. No con un grito. Con una costumbre.

Me acosté sin apagar del todo la lámpara. Miré la marca en el espejo del tocador, esa media luna irregular que él me había clavado por obligación. Pensé en las palabras de Marcus. En las de Sofía. En la orden de Damien. Tres versiones de la misma jaula.

No lloré. No porque fuera fuerte. Porque el llanto ya se había vuelto demasiado fácil y Sofía sabía usarlo.

Antes de dormir, una certeza amarga se acomodó junto a la esperanza terca que todavía no se moría: si Damien pensaba que encerrarme iba a apagarme, se equivocaba. Encerrada también se escucha. Encerrada también se ve. Encerrada también se recuerda quién habla de ti cuando no estás.

Mañana no iba a pedirle que me llevara al este.

Mañana iba a pedirle algo peor.

Que me mirara a la cara y dijera, sin Sofía de por medio, si de verdad su lobo se confundía… o si solo tenía miedo de que el lazo, algún día, dejara de ser una cadena y se convirtiera en una verdad.

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