Capítulo 1 La Sanadora

Jezabel Dávila avanzaba rápido, apretando contra su pecho los libros que había sacado de la biblioteca de la facultad de medicina. Tenía la cabeza llena de fórmulas, exámenes pendientes y la eterna pregunta de por qué, desde niña, había sentido que algo en ella no era normal.

Sus manos. Siempre sus manos.

Con un simple roce podía detener un sangrado, calmar un dolor, cerrar una herida pequeña. Nunca había querido admitirlo en voz alta. Ser diferente era peligroso en un mundo donde los rumores sobre criaturas escondidas —lobos, cazadores, brujas— circulaban en las sombras de la ciudad.

Giró por un callejón estrecho, buscando un atajo hacia la parada del bus nocturno. Entonces se detuvo cuando vio algo, o más bien alguien.

Un hombre enorme yacía contra la pared de ladrillo, con la camisa empapada de sangre oscura. La luna apenas iluminaba su rostro: mandíbula fuerte, pómulos marcados, ojos entrecerrados que destellaban con un brillo sobrenatural. No parecía un simple herido. Había algo salvaje en él, algo que le erizó la piel.

Jezabel tragó saliva, dominando el impulso de salir corriendo.

—¿Señor? —inquirió con voz temblorosa.

El hombre levantó la mirada. En sus ojos, un ámbar profundo ardió como fuego contenido.

—Aléjate… —gruñó con un hilo de voz grave, cargada de amenaza y dolor.

Pero ella dio un paso más cerca. El instinto médico fue más fuerte que el miedo. Se arrodilló frente a él, viendo que tenía un corte brutal en el costado, como si algo lo hubiera desgarrado con garras. Sangraba demasiado.

—Si no hago algo ahora, va a morir.

—No tienes idea… de lo que soy. ―Él rió con un gesto sarcástico que le arrancó un hilo de sangre en los labios. ―Tú, una humana, no puedes a hacer nada para ayudarme.

Jezabel sintió el corazón martillando, pero ya tenía las manos sobre las heridas. Y entonces ocurrió. Una oleada de calor recorrió su cuerpo y se concentró en sus palmas. La sangre dejó de fluir, el tejido empezó a cerrarse como si el tiempo retrocediera. El hombre contuvo un gruñido ronco que retumbó en el callejón, mezcla de dolor y alivio.

Cuando los cortes estuvieron cicatrizados, Jezebel se dejó caer hacia atrás, jadeando, con las manos temblorosas.

—¿Qué demonios…?

El hombre la observaba como si acabara de ver un milagro imposible. Y luego, con un movimiento más rápido de lo que su vista pudo seguir, la tomó de la muñeca. Su agarre era de hierro.

—¿Quién eres?

—N-nadie —balbuceó ella, intentando zafarse.

—Tu olor… —Raiden cerró los ojos, aspirando profundamente—. No eres loba. Tampoco humana común.

El miedo le heló la sangre. ¿Cómo podía saberlo?

—Suéltame —suplicó, forcejeando.

Él la arrastró hacia él, su mirada ardiendo con furia y curiosidad peligrosa.

—Una sanadora… —murmuró, como si acabara de descubrir un secreto olvidado por el mundo.

Antes de que Jezebel pudiera responder, pasos resonaron al fondo del callejón. Hombres armados con cuchillos y ballestas aparecieron de entre las sombras.

—Ahí está —susurró uno, apuntando directamente a Raiden—. Es el momento, el alfa está debilitado.

—Cazadores ―gruñó como un animal acorralado. Sus ojos brillaron en dorado y su voz cambió, más grave, más salvaje.

Jezebel retrocedió, aterrada. ¿Alfa? ¿Cazadores? No entendía nada.

Los hombres avanzaron sin miedo. Raiden intentó ponerse de pie, pero todavía estaba débil pese a la sanación. Uno de los cazadores sonrió al verla.

—Y mira qué tenemos aquí… una testigo.

Jezebel sintió un pánico helado recorrerla. Pero antes de que pudiera moverse, Raiden la empujó detrás de él con brutalidad.

—No la toquen.

El líder de los cazadores rió.

—¿Defiendes a una humana, Volkova? Qué patético.

El alfa lanzó un rugido que estremeció el aire y se lanzó contra ellos, todavía tambaleante, pero con la fiereza de un depredador. El sonido de huesos quebrándose y gritos llenó el callejón. Jezebel, paralizada, vio cómo el hombre que había sanado se convirtió en una bestia imparable, con garras que brillaban bajo la luna.

Uno de los cazadores, aprovecho la distracción del alfa y corrió hacia ella.

—¡Ven acá, maldita! —increpó, levantando el cuchillo.

El terror la sacudió, pero en el último segundo, Raiden apareció frente a ella, arrancándole el arma de la mano y lanzándolo contra la pared con una fuerza inhumana.

Cuando el último enemigo huyó, Raiden quedó de pie en medio del callejón, jadeando, con la respiración agitada. Se giró hacia Jezebel.

Ella lo miraba con el rostro empapado en lágrimas, la espalda contra la pared, completamente muerta de miedo.

—Eres… un monstruo.

Raiden la observó fijamente, sus ojos dorados encendidos, su voz ronca cargada de posesión.

—No. Solo soy tu maldición.

Y entonces, antes de que pudiera escapar, la tomó de la cintura y la cargó sobre su hombro, como si no pesara nada. Jezebel golpeó su espalda firme con los puños, desesperada.

—¡Suéltame! ¡Déjame!

Raiden ignoró sus gritos.

—Sanadora o no, ya es demasiado tarde. Me perteneces.

El último recuerdo de Jezebel fue el aire helado golpeándole el rostro mientras pataleaba sobre el hombro de aquel hombre. Lo golpeaba con los puños, gritaba hasta desgarrarse la garganta, pero nada lograba hacer que la soltara. El mareo la fue envolviendo poco a poco: el miedo, el cansancio y la energía drenada tras cerrar una herida complicada, eso la dejo sin fuerzas.

La oscuridad la atrapó antes de ver a dónde la llevaba.

[***]

Despertó sobresaltada, aspirando un aire distinto al de la ciudad. Pesado. Salvaje. El aroma a leña quemada, cuero y tierra húmeda llenaba el cuarto. Lo primero que sintió fue el cuerpo débil, como si hubiera corrido kilómetros sin detenerse. Sus manos ardían y le temblaban, recordándole lo que había usado ese don que aún no comprendía, y por supuesto que todavía no sabía controlar.

El lugar no era un hospital ni un departamento. Era un cuarto rústico: paredes de piedra, un ventanal estrecho que dejaba entrar la luz de la luna, y una cama cubierta por pieles de animales. Todo era demasiado extraño para ella.

Se incorporó con la fuerza que le quedo, la cabeza dándole vueltas. Entonces, la puerta se abrió de golpe.

Raiden Volkova entró. El alfa. El monstruo, como ella lo nombró.

El torso desnudo aún mostraba restos de sangre seca. Sus pasos eran firmes, seguros, como los de alguien que nunca teme a nada. Sus ojos ámbar la fijaron al instante, tan intensos que Jezebel se sintió atrapada en ellos.

—Así que ya despierta —afirmó con voz grave, ronca, casi un gruñido.

Jezebel se estremeció. Retrocedió hasta pegar la espalda contra la pared.

—¿Dónde estoy? ¡Llévame de vuelta a la ciudad!

Raiden rió bajo, sin rastro de humor.

—¿Después de lo que hiciste? —su tono era ácido, casi burlón—. ¿Crees que puedes marcharte tan fácil?

—Yo… solo te ayudé. Estabas muriendo —balbuceó ella con la voz temblorosa.

Él se acercó, cada paso cargado de una presión que la hacía encogerse más.

—No me ayudaste. Me expusiste —escupió con dureza—. Una humana que cura a un alfa no debería existir. Eso significa que eres un error. Y los errores… en mi mundo se eliminan.

El corazón de Jezebel dio un vuelco. El miedo le quemó la garganta.

—No soy un error.

Raiden inclinó la cabeza, sus dedos atraparon su mentón con brusquedad. La obligó a mirarlo directo a los ojos, como si quisiera escarbar en lo más profundo de ella.

—Entonces dime qué eres. ¿Bruja? ¿Experimento? ¿Una espía de cazadores?

Ella trató de apartarlo, pero su agarre era de hierro.

—¡Soy una persona! —replicó con un hilo de valentía. —¡Yo solo soy una humana simple!

Su sonrisa fue cruel y torcida.

—Las personas no cierran heridas con las manos, y menos una humana simple.

Jezebel quiso responder, pero su cuerpo volvió a traicionarla: un mareo repentino la obligó a apoyarse contra la pared. Su piel estaba helada, las manos temblorosas. El agotamiento del don todavía la consumía.

Raiden la soltó y la observó con desprecio.

—Mírate. Apenas puedes mantenerte en pie. Sanas… y luego te desplomas como una muñeca rota.

Ella bajó la mirada, humillada.

Un portazo resonó en el pasillo y varias voces empezaron a murmurar. En ese instante, tres figuras aparecieron en la entrada de la habitación: lobos de la manada, dos hombres y una mujer, con ojos que brillaban como brasas en la oscuridad. La observaban con desprecio, como si fuera algo impuro.

—Mírenla —murmuró la loba de cabello oscuro, con una sonrisa envenenada—. ¿Qué hace una humana en la habitación del alfa?

Los otros rieron, susurrando palabras de burla. Jezebel sintió que la piel se le erizaba bajo esas miradas.

—Está aquí porque yo lo dispuse —anunció, con voz cortante. —Esta humana es mía ahora.

El silencio fue inmediato. Sus subordinados agacharon la cabeza y se retiraron, aunque las miradas de odio quedaron clavadas en Jezebel como cuchillos. Cuando la puerta volvió a cerrarse, ella lo miró con rabia contenida.

—¿Por qué dices algo como eso? —Tragó saliva. —No soy tuya.

La fulminó con la mirada, como si acabara de desafiarlo de la peor forma.

—Quieras o no, ya lo eres. Me sanaste, lo que nadie se atrevió nunca a hacer. Tocaste a un alfa. Eso te ata a mí más de lo que imaginas.

Jezebel sintió un nudo en el estómago. Quiso gritarle que no, pero la voz se le quebró.

—No te pedí nada. No te pedí...

Raiden se inclinó, su boca tan cerca de su oído que su aliento la estremeció.

—Nadie pide pertenecerme. Soy yo quien decide lo que toma, y hoy es un día de esos.

El estremecimiento que recorrió su cuerpo fue inevitable. Se odiaba a sí misma por sentir: miedo, repulsión… y algo más, un vértigo inexplicable cada vez que lo tenía tan cerca.

El alfa se enderezó y caminó hacia la puerta.

—Vas a quedarte aquí. Mi manada quiere tu cabeza, pero solo yo decido cuándo caerá.

—¿Qué vas a hacer conmigo? ―levantó la voz, con un coraje que le brotó de lo más profundo.

—Eso dependerá de ti, sanadora ―soltó al girarse hacia ella. Sus labios curvándose en una sonrisa torcida que heló la habitación. ―Demuéstrame que no eres un error… o acabaras siéndolo.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco, y Jezebel cayó de rodillas sobre la cama, exhausta.

La joven comprendió que no estaba prisionera de un hombre… sino de una bestia que se había adueñado de su destino, y tal vez muy pronto de su alma.

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