Capítulo 2 Miradas de desprecio

La luz del amanecer apenas alcanzaba las montañas cuando Jezebel salió del cuarto donde había pasado la noche. No había dormido realmente; cada vez que cerraba los ojos, revivía el rugido de Raiden, la sangre en sus manos, la forma en que él la había llevado contra su voluntad hasta aquel lugar.

El aire afuera era frío, cargado del aroma de pinos y tierra húmeda. Un amplio patio de entrenamiento se abría frente a la casa principal de piedra, y allí se encontraban varios hombres y mujeres, todos ellos con la misma intensidad en la mirada: lobos.

Las conversaciones cesaron en cuanto la vieron. Sus rostros se tensaron, y lo que Jezebel recibió no fueron saludos, sino miradas de odio.

—¿Ella aquí? —murmuró una voz femenina.

—Es un peligro —respondió otro, sin molestarse en bajar el tono.

—Una humana no puede vivir entre lobos.

Jezebel apretó los puños, el corazón golpeándole fuerte en el pecho. No sabía cómo defenderse, no sabía qué hacer más que seguir caminando, ignorando los cuchicheos que se volvían cuchillas.

Raiden estaba de pie en medio del patio, con el torso desnudo, el cuerpo aún cubierto de vendajes donde las heridas no terminaban de cerrar del todo, alguien más lo había limpiado y vendado. Su presencia lo dominaba todo: alto, imponente, cada músculo tensado, como si en cualquier momento pudiera atacar a cualquiera. 

Pero lo que realmente la estremeció fueron sus ojos cuando se encontraron con los suyos.

Estaban cambiando, de ese ámbar profundo, a un brillo dorado más salvaje, como si su lobo interior estuviera arañando por salir. Y, sin embargo, cuando su mirada se posó en ella, Jezebel sintió algo intenso. El cambio fue instantáneo. Las pupilas del alfa se relajaron, el brillo animal se suavizó, y por primera vez Raiden pareció… humano.

Su lobo se calmaba con ella cerca.

Por supuesto, él lo notó. Se pasó la lengua por los dientes, con una mezcla de irritación y aceptación.

—Maldita sea —murmuró para sí mismo, aunque Jezebel lo alcanzó a oír.

Los demás también lo notaron. Un silencio cargado cayó sobre el grupo, y las miradas de odio se tornaron aún más peligrosas.

—¿Viste eso? —dijo uno de los guerreros—. El alfa se tranquiliza solo con esa humana.

Las murmuraciones se encendieron como fuego. Jezebel dio un paso atrás, nerviosa. Antes de que pudiera alejarse, un grito de dolor cortó el aire.

Un lobo joven, con apenas dieciocho años, se desplomó en medio del patio. Tenía una herida abierta en el abdomen, sangrando profusamente. Dos hombres lo cargaron, colocándolo sobre una mesa improvisada de madera.

—Fue en la cacería de anoche —explicó uno, con la voz grave—. Lo alcanzaron con acero.

El chico jadeaba, sus ojos brillando con desesperación. Jezebel sintió el impulso en las palmas: ese calor que siempre aparecía cuando alguien estaba al borde de la muerte.

Dio un paso hacia adelante.

—Déjenme ayudarlo.

Las risas estallaron de inmediato.

—¿Ayudarlo? —se burló una loba, la misma que se había burlado de ella el día anterior—. No eres más que una humana inútil.

—¡Cállate! —Jezebel replicó, sorprendida de escucharse tan firme.

El alfa la observaba con frialdad, los brazos cruzados sobre el pecho, como si estuviera probándola.

—Hazlo —ordenó de pronto.

Todos se giraron hacia él.

—¡Alfa! —protestó uno de los ancianos—. No podemos confiar en ella.

—Dije que lo haga —repitió Raiden, con esa voz cortante que no admitía réplica.

El silencio cayó como una losa. Jezebel tragó saliva y se arrodilló junto al lobo herido. Sus manos temblaban, pero cuando tocó la herida, el calor la invadió. La sangre empezó a detenerse, el tejido a cerrarse, lo mismo que paso cuando curo al alfa. El chico gritó de dolor, pero su respiración se volvió más estable.

El murmullo de la manada era ensordecedor. Unos con horror, otros con desdén, nadie con gratitud.

Pero ella no los escuchaba. Cada segundo que pasaba sanando, el calor le drenaba la vida, dejándola más débil, más mareada. El mundo empezó a tambalearse a su alrededor. Cuando la herida cerró por completo, se derrumbó de rodillas, sudando frío, con la vista nublada.

La risa venenosa de la loba estalló.

—Echen un vistazo. Apenas puede sostenerse. ¿Y eso es lo que se supone que nos salvará?

Los demás la siguieron, carcajadas que le taladraban los oídos. Jezebel quiso levantarse, pero sus piernas no respondían. Sintió la humillación quemándole más que el cansancio.

Raiden dio un paso al frente. Sus ojos ardieron de furia.

—¡Silencio! —rugió, y el sonido fue tan devastador que hasta el viento pareció detenerse.

La manada calló de inmediato, algunos bajando la cabeza, otros apretando los labios con rabia.

Se inclinó y levantó a Jezebel del suelo con un solo brazo, con tanta facilidad como lo hizo en el callejón. Ella trató de apartarlo, con el orgullo herido.

—Puedo sola…

—No discutas contra mí —le susurró al oído con voz grave y peligrosa—. No vuelvas a mostrarte débil frente a ellos.

—Que termine en este estado, no depende de mí. ―Apretó los dientes, sintiendo la humillación en cada palabra. ―Aparte no soy débil.

—Entonces aprende a controlar tu don ―le echó una mirada a la manada, ―antes de que te maten, o lo haga yo.

El silencio entre los lobos se mantuvo, tenso. Raiden sostuvo a Jezebel contra su pecho, pero sus palabras no fueron un consuelo, sino un recordatorio brutal de lo que estaba en juego si no aprendía a controlar su don.

—Escuchen bien —gruñó él, su voz atronando como un trueno—. Esta humana está bajo mi protección. Si alguien se atreve a tocarla, aunque sea con una mirada equivocada… perderá la vida.

Los murmullos se apagaron. El mensaje era claro. No era aceptación, era una sentencia. Jezebel no era parte de ellos. Era la posesión del alfa.

La cargó hacia el interior, ignorando sus débiles protestas. Jezebel sintió la vergüenza quemarle el alma: acababa de salvar una vida, y lo único que había recibido eran burlas y desprecio.

Lo peor fue la certeza que se instaló en su pecho mientras Raiden la llevaba:

Su don era real. Pero cada vez que lo usaba, pagaba un precio tan alto que dudaba poder soportarlo mucho tiempo.

Y lo más lamentable para Jezabel, era lo que él sabia ahora, que su lobo solo se calmaba con ella. Y eso la condenaba tanto como lo condenaba a él.

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