Capítulo 3 Recuerdos de sangre / El sello de la luna

La claridad de la mañana no suavizó la inquietud que Jezebel sentía en el pecho. Había dormido poco, y cuando lo hizo, los recuerdos la golpearon con la misma crudeza de siempre.

Su madre.

Mara Dávila tenía la costumbre de encender velas cada vez que sospechaba peligro. Aquella noche había tantas que la casa parecía un santuario. Jezebel recordaba el calor de las manos de su madre sobre las suyas y una advertencia murmurada: “No dejes que nadie vea lo que puedes hacer.” Después vino el estrépito de la puerta, voces ásperas, el olor de metal y humo. El recuerdo más claro era la sangre esparcida sobre el suelo y un grito que nunca pudo borrar.

Despertó con lágrimas secas en los pómulos. Se lavó el rostro y salió del cuarto, con el hilo rojo que perteneció a su madre y lo apretó en su bolsillo, donde siempre lo llevaba.

El pasillo la condujo a una sala amplia, más fría que el resto. Estaba llena de mapas, estanterías y trofeos de caza. En el centro, dentro de una vitrina, un medallón de plata vieja mostraba una luna atravesada por tres garras. El corazón de Jezebel se detuvo un segundo: el mismo símbolo aparecía en el dije gastado que llevaba guardado desde niña.

Acercó la frente al cristal. El reflejo le devolvió una mirada ojerosa, pero lo que más le dolió fue la certeza de que su madre había estado vinculada a ese lugar. No era casualidad.

—Curiosa hasta para morir.

La voz quebró el silencio. Jezebel giró. La loba de cabellos oscuros, quien tenía por nombre “Helena”, la observaba desde la puerta con una sonrisa venenosa. Dos lobos más entraron detrás de ella, cerrándole la salida.

—No tengo que explicarte nada —respondió Jezebel, sin retroceder.

—Eso es lo único sensato que has dicho desde que llegaste —contestó Helena antes de empujarla contra la vitrina.

El golpe le abrió la piel sobre la ceja; la sangre le bajó despacio por la sien. El don respondió solo: un calor agudo, un cierre parcial de la herida que la dejó más mareada que antes. Helena lo notó y rió, fascinada con su debilidad.

Antes de que Jezebel pudiera defenderse, la atmósfera se heló. Raiden estaba en la entrada, inmóvil, los ojos encendidos como carbones. Su presencia cortó las risas de inmediato.

—Fuera —escupió, sin levantar la voz.

Los tres obedecieron, aunque Helena se marchó dejando tras de sí una amenaza disfrazada de sonrisa.

Cuando quedaron solos, Raiden se acercó. La herida de Jezebel seguía cerrándose despacio, su piel pálida del desgaste. Él la examinó en silencio, el ceño apenas fruncido.

No fue compasión, fue cálculo. No podía perder a su sanadora.

El contacto ocurrió rápido. La tomó de la muñeca para apartarla del cristal y un calor distinto se encendió bajo la piel. Jezebel ahogó un jadeo. Una marca pálida, en forma de arco lunar atravesado por tres líneas, apareció sobre su piel. Al mismo tiempo, en la clavícula de Raiden brilló una luz tenue antes de desvanecerse.

El aire se espesó. Jezebel lo miró con incredulidad; él, con una mueca de disgusto. No le agradaba nada lo que vio y sintió.

—Esto… ¿Qué significa? —preguntó ella, en un hilo de voz. No entendía que ocurría.

Raiden la soltó como si lo hubiera quemado.

—Un capricho de la luna —soltó con frialdad—. No te ilusiones, no eres especial.

Jezebel apretó los labios.

—No estoy diciendo nada de eso, solo que… ¿por qué apareció en los dos?

Él no respondió. Dio un paso atrás, como si mantener la distancia pudiera borrar lo ocurrido.

Ella acarició la marca que comenzaba a desvanecerse. La sensación era indiscutible: no era un accidente, era un vínculo. Su madre le había hablado una vez de las “elecciones de la luna”, destinos escritos sin pedir permiso.

El alfa interrumpió su pensamiento con un comentario cortante.

—Tus recuerdos te están matando más rápido que mis enemigos. No vuelvas a entrar aquí a ver estas vitrinas.

Jezebel lo sostuvo con la mirada.

—Quizás lo único que me queda son esas respuestas.

Por un instante, el alfa no tuvo réplica. Su mandíbula se tensó. Luego se giró hacia la salida, como si prefería romper paredes a seguir escuchándola.

Cuando la puerta se cerró, Jezebel apoyó la frente contra el vidrio de la vitrina. El medallón la observaba desde dentro, idéntico al de su madre. La marca en su muñeca había desaparecido, pero el recuerdo de su calor seguía latiendo.

El sello de la luna, pensó.

Una condena escrita en piel.

Y aunque quisiera negarlo, sabía que ese sello la había unido al hombre que más temía y que menos quería tener cerca.

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