Capítulo 4 Alianza ¿futura prometida?

La tarde cayó. El territorio Volkova estaba inquieto, con un movimiento inusual en los pasillos y el patio central. Jezebel lo notó desde la ventana de la habitación: lobos cargaban cajas, ajustaban uniformes, limpiaban armas que relucían a la luz del fuego. Todo indicaba la llegada de alguien importante.

No tardó en confirmarlo. Una caravana de vehículos negros irrumpió en el camino principal. Las puertas se abrieron y, escoltada por hombres armados, bajó una mujer alta, de porte aristocrático. 

Su cabello rubio platino caía como seda sobre un abrigo de piel blanca, y sus labios, delineados en un rojo impecable, se curvaron en una sonrisa de quien está acostumbrada a ser recibida como reina.

—Katerina Orlov —murmuró una loba cercana, en un tono reverente.

El nombre golpeó a Jezebel con la fuerza de un cuchillo. Orlov. Era la misma palabra que había escuchado susurrada la noche anterior, el apellido que Raiden había esquivado como si fuera veneno.

Los guardias apartaron a cualquiera que se interpusiera mientras la mujer avanzaba con pasos seguros hasta la casa principal. Jezebel, que había salido de la alcoba y ahora se encontraba oculta tras una columna, no pudo apartar la mirada. Katerina no era solo bella: desprendía poder, seguridad, un aire de superioridad que hacía que todos bajaran la cabeza sin necesidad de una orden.

Y allí estaba Raiden, esperándola.

El alfa la recibió en la entrada con su expresión de hierro, pero Katerina no se inmutó. Se inclinó apenas, un gesto de cortesía fría, y sus ojos azules brillaron con un interés que no ocultaba.

—Raiden Volkova —dijo, su voz clara y musical—. Al fin vuelvo a ver al alfa al que llaman “el implacable”.

El murmullo se expandió entre los presentes. Jezebel sintió cómo la atención de toda la manada se enfocaba en esa mujer, como si hubiera traído consigo la promesa de estabilidad, de alianzas que los fortalecerían.

Raiden no respondió de inmediato. La miró en silencio, y esa falta de rechazo fue suficiente para que Jezebel sintiera un peso en el estómago.

Katerina dio un paso más cerca, demasiado cerca.

—He oído que tus hombres han tenido problemas con cazadores. Una alianza entre Volkova y Orlov sería… conveniente.

Los lobos alrededor asintieron, aprobando con susurros. Jezebel sintió que cada palabra era un recordatorio cruel de su lugar: un estorbo, una humana que nadie había pedido, mientras Katerina encajaba como pieza perfecta en ese tablero.

No quiso seguir mirando, pero sus pies la traicionaron. Bajó al patio, sin pensar, como si necesitara comprobar con sus propios ojos que aquello no era una pesadilla.

Las sonrisas desaparecieron de los rostros de los lobos al verla aparecer. Katerina la notó al instante. Sus labios se curvaron en una sonrisa afilada.

—¿Y ella? ¿Es…? —curioseó, sin molestarse en ocultar el desdén—. ¿Entonces es cierto lo que dicen? ¿Qué escondes a una humana en tu territorio?

Raiden giró la cabeza hacia Jezebel. Su mirada fue dura, un recordatorio silencioso de que no debía abrir la boca. Pero Jezebel no retrocedió.

—Me llamo Jezebel Dávila —dijo con voz firme, aunque el corazón le golpeaba con violencia—. Y no, nadie me esta escondiendo.

Un murmullo se extendió. Algunos se rieron; otros la miraron como si hubiera cometido un sacrilegio.

Katerina, en cambio, soltó una carcajada elegante.

—Valiente —señaló, sin apartar los ojos de ella—. Aunque no sé si esa valentía le servirá de algo cuando los lobos decidan que es prescindible.

Jezebel apretó los puños. No respondió.

El alfa dio un paso adelante, interponiéndose entre ambas.

—Ella está bajo mi protección ―su voz fue baja, pero cada palabra resonó como un trueno.

El silencio se hizo absoluto. Katerina arqueó una ceja, sin perder la sonrisa.

—Lo dices como si fuera tuya.

Raiden no negó ni afirmó. Solo sostuvo la mirada de Katerina, y esa falta de respuesta encendió un torbellino en Jezebel: furia, humillación, una punzada de celos que no supo cómo contener.

La tensión se mantuvo hasta que Katerina, con una gracia estudiada, se giró hacia los lobos reunidos.

—He venido a fortalecer la manada Volkova. A traerles lo que necesitan. —Alzó la barbilla, radiante—. El futuro no se construye con debilidades.

Los aplausos y vítores estallaron. Jezebel sintió que el aire se le acababa. No esperó más: se dio la vuelta y subió las escaleras hacia el interior, con la garganta ardiendo.

Raiden la siguió con la mirada, el brillo ámbar en sus ojos revelando que su lobo estaba inquieto. Pero no la detuvo.

[***]

El día siguiente amaneció distinto: más guardias en las puertas, más movimiento en el patio, más voces murmurando el nombre Orlov como si fuera un conjuro. Jezebel lo notó de inmediato. Esa mujer no había llegado como visita. Había llegado para quedarse.

El rumor se confirmó cuando Katerina apareció en el patio principal acompañada por dos de sus hombres. Su abrigo blanco ondeaba como un estandarte, y sus ojos azules revisaban cada rincón con la tranquilidad de quien ya se siente dueña de todo lo que toca.

—A partir de hoy me quedaré entre ustedes —anunció, con una sonrisa impecable—. Es lo correcto, dado que pronto la alianza será sellada.

Un coro de aprobación recorrió a la manada. Jezebel, que había salido al patio para buscar agua, quedó helada. No necesitó que nadie se lo explicara: allí estaba la prometida del alfa, la futura luna de los Volkova. Lo que todos mencionaban.

Katerina no tardó en fijarse en ella. Caminó despacio hasta detenerse a pocos pasos. La examinó de arriba abajo con el mismo interés con el que se observa un insecto raro.

—Así que tú eres la humana —dijo con voz clara, asegurándose de que todos escucharan—. Ahora entiendo por qué algunos susurraban que el alfa estaba distraído.

Los murmullos crecieron. Jezebel sintió decenas de ojos clavados en su espalda.

Katerina chasqueó los dedos. Uno de sus guardias le entregó una jarra de metal. La mujer se la tendió a Jezebel con fingida delicadeza.

—Tráeme agua fresca. No confío en lo que beben aquí.

El rubor de la humillación le subió a las mejillas, pero Jezebel no se movió. La loba inclinó la cabeza, su sonrisa transformándose en filo.

—¿No oíste? He dicho que traigas agua.

Algunas risas sonaron alrededor. Los lobos observaban expectantes, disfrutando del espectáculo. Jezebel apretó los dientes y tomó la jarra, no por obedecer, sino porque sabía que cualquier negativa sería usada contra ella.

Cuando regresó y extendió el recipiente, Katerina la ignoró y la dejó con los brazos extendidos, como si Jezebel no existiera.

—Es increíble lo rápido que aprenden las criaturas cuando saben cuál es su lugar —comentó, provocando carcajadas.

El corazón de Jezebel latía con rabia, pero permaneció inmóvil. Sabía que Raiden no estaba cerca. Lo había escuchado salir temprano con varios de sus hombres; la sala principal estaba bajo control de Katerina. Nadie acudiría en su defensa.

—Escúchame bien, Jezebel Dávila —dijo entonces Katerina, usando su nombre como quien ensucia la lengua—. No eres más que una intrusa aquí, una debilidad que el alfa tolera hasta que decida que hacer contigo. Yo soy la prometida de Raiden. Muy pronto seré la luna de esta manada. Tú, en cambio, apenas sirves para limpiar las sobras.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia. Jezebel sintió que la vergüenza le ardía en cada vena, que el suelo bajo sus pies temblaba.

Katerina dio un paso más cerca, lo suficiente para que solo Jezebel la oyera.

—Y cuando eso ocurra, me aseguraré de que no quede rastro de ti. Ni siquiera en su memoria.

Se apartó con una gracia calculada, recibiendo la ovación de los lobos reunidos como si fuera ya su reina. Jezebel se quedó sola, con la jarra aún en las manos y la evidencia brutal de que Raiden no estaba allí para detener nada.

Ese día entendió que la guerra no era solo contra cazadores ni contra el rechazo de la manada. La verdadera amenaza tenía nombre, apellido y una sonrisa de hielo: Katerina Orlov. No le temía, pero se iba a mantener precavida de esa serpiente.

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