Capítulo 5 El peso del odio

La ausencia de Raiden se sintió como un vacío peligroso. Había salido con sus hombres a inspeccionar un sector fronterizo y el cual le demoro por tres días, no volvería hasta la noche. Apenas se había marchado y ya estaban los demás integrantes de la manada, asechando a Jezebel.

La noticia corrió rápido por la manada, como si todos entendieran que ese día era un permiso tácito para descargar sobre ella lo que venían acumulando.

Fue Helena la primera en acercarse, con un gesto de sonrisa torcida.

—La humana sigue aquí, no deberíamos permitirlo más —advirtió en voz alta, atrayendo a varios lobos al patio—. ¿Y al menos no debería estar barriendo?

Jezebel intentó ignorarla y continuar su camino, pero un brazo se interpuso. El joven con la cicatriz en la ceja la empujó contra la pared de piedra.

—Tienes suerte de que el alfa se encapriche con cosas rotas —escupió—. Si fuera por nosotros, ya estarías fuera del territorio.

Las risas se mezclaron con los murmullos de aprobación. Jezebel se zafó, pero Helena regresó con un balde repleto de agua oscura y maloliente. Sin darle tiempo de reaccionar, se lo vació encima.

El líquido apestoso la empapó de pies a cabeza, pegándole la ropa a la piel y soltando un hedor insoportable que se esparció de inmediato.

—Mira, ahora sí pareces lo que eres: basura humana —escupió Helena con deleite.

Los lobos alrededor se apartaron con gestos de asco, tapándose la nariz, mientras las carcajadas estallaban con más fuerza.

—Apesta como una rata de cloaca.

—¿Esto es lo que distrae al alfa? ¡Qué vergüenza!

—Ni los cazadores aceptarían una cosa así.

Cada insulto era un golpe directo, cada risa un clavo hundiéndose en su orgullo. Jezebel, temblando, intentó limpiarse el rostro con las manos, pero el agua podrida seguía chorreando por su cabello rojizo, dejando un rastro pestilente que la convertía en el centro de todas las burlas.

Katerina apareció entonces, impecable como siempre.

—Oh, qué espectáculo tan pintoresco —comentó, su tono cargado de diversión cruel—. La pequeña humana intentando sobrevivir en un territorio al que no pertenece. Lástima es lo único que da.

Se detuvo frente a ella y chasqueó la lengua, fingiendo decepción.

—¿Sabes cuál es tu problema? Ni siquiera encajas como sirvienta. Ni como adorno. Mínimo deberías tener vergüenza.

Jezebel apretó los puños, pero Katerina le dio una palmada en la mejilla, suave, como quien acaricia a un perro. El gesto la hizo arder de rabia.

—¿Qué esperan? —preguntó la loba Orlov, girándose hacia los demás—. Saquen a esta cosa de aquí. Raiden no tiene por qué enterarse de que limpiamos la manada por él.

Dos lobos la sujetaron de los brazos, tirando de ella hacia la salida del territorio. Jezebel luchó, pero el cansancio aún estaba en su cuerpo; sus manos ardieron con la amenaza de usar el don, aunque sabía que no aguantaría mucho.

—¡Suéltenme! —gritó con voz quebrada mientras luchaba contra ellos para soltarse.

Uno de ellos le apretó el brazo con fuerza suficiente para dejarle moretones.

—Si gritas más, te dejamos en el bosque para los cazadores —susurró con un placer oscuro.

Los demás reían, alentando la escena. Helena caminaba detrás, disfrutando cada segundo.

Jezebel tropezó, cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. El golpe le arrancó un jadeo.

Katerina se inclinó, su perfume dulce y venenoso inundándole los sentidos.

—Mira bien este suelo, humana. Porque será lo único que continuaras viendo cuando estés arrastrándote fuera de aquí.

Jezebel levantó la cabeza, con lágrimas nublándole la vista, pero sin ceder en la mirada.

—Tú no tienes derecho…

La bofetada llegó seca, como un latigazo en el rostro. Katerina ni siquiera perdió la sonrisa.

—El derecho lo otorga la sangre. Y yo soy Orlov. Tú, en cambio, eres nada.

La multitud rugió de aprobación. Jezebel se sintió pequeña, arrinconada, sola en un mar de hostilidad. Un segundo más y la habrían sacado a rastras.

Fue entonces cuando el aire cambió. Un aullido resonó a lo lejos, uno que la manada reconoció al instante. El alfa estaba de regreso.

Los lobos soltaron a Jezebel de inmediato, como si el fuego los hubiese quemado. Katerina enderezó la espalda y alzó la barbilla, recuperando su máscara de perfección.

—Recuerda esto, humana —susurró cerca de su oído antes de apartarse—: él puede protegerte mientras esté aquí, pero yo soy la que manda cuando no lo está.

La dejaron sola en el suelo, temblando, con el rostro ardiendo por el golpe y la garganta cerrada de rabia.

Mientras la manada corría a recibir a Raiden, Jezebel se quedó atrás, con el corazón deshecho y un pensamiento helado clavado en la mente: si quería sobrevivir, debía resistir más de lo que Katerina y los Volkova podían imaginar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo