Capítulo 6 Cicatrices que arden
El regreso de Raiden fue una tormenta que todos sintieron antes de verlo. El aire se espesó, cargado con la furia primaria de un Alfa cuya propiedad había sido violada. No hizo falta que nadie le contara lo sucedido; el olor a agua estancada, a humillación y a miedo agrio se entrelazaba con el aroma único de Jezebel, gritando la verdad más cruda.
Él irrumpió en el patio central con la violencia de un huracán. Su ropa estaba manchada de barro del camino, sus ojos brillaban con un ámbar incandescente, casi blanco de la rabia. Su mirada, un hacha afilada, cortó a través de la manada que se había congregado para recibirlo con falsa normalidad. No vio a los guerreros, ni a los ancianos. Vio a Katerina, impecable y serena, y luego encontró a Jezebel.
Ella aún estaba en el suelo, intentando limpiarse el vestido empapado con manos que no dejaban de temblar. El lado izquierdo de su rostro estaba enrojecido, marcado por el golpe de Katerina, y el hedor a podredumbre la envolvía como un sudario. Pero eran sus ojos lo que le detuvo el paso por una fracción de segundo. Ya no había lágrimas. Solo una rabia fría y silenciosa, un espejo oscuro de la suya propia.
El silencio se volvió absoluto, pesado como una lápida.
Raiden cruzó la distancia que los separaba. Los lobos se apartaron como olas ante el casco de un barco. Se detuvo frente a ella, su sombra cubriéndola por completo. No la tocó. No le preguntó si estaba bien. Su atención se desvió hacia la manada, y su voz, cuando habló, fue un rugido bajo que vibró en los huesos de todos los presentes.
—¿Quién lo hizo?
Tres palabras simples, pero brutales, colgaron en el aire. Nadie respondió. Helena bajó la mirada, pretendiendo tener interés en el suelo. El joven de la cicatriz en la ceja palideció visiblemente.
Fue Katerina quien rompió el tenso silencio, con una calma que era un insulto en sí misma.
—Raiden, querido, fue solo un… incidente. La chica tropezó con un balde. Estas humanas son tan torpes, ya sabes. —Su sonrisa era un filo envuelto en seda.
Raiden giró la cabeza hacia ella lentamente. El fuego en sus ojos no se apagó; se concentró.
—No me mientas —gruñó, y el tono hizo que hasta Katerina perdiera por un segundo su máscara de seguridad. —Pregunté quién.
Jezebel vio la oportunidad. Vio el miedo en los ojos de sus agresores, la arrogancia de Katerina resquebrajándose bajo la furia del Alfa. Una parte de ella, la parte herida y humillada, anhelaba señalar, gritar sus nombres, ver cómo Raiden los destrozaba.
Pero la otra parte, la nueva, la que había germinado en el barro y la desesperación, vio algo más: la dependencia era otra forma de esclavitud. Que él la defendiera ahora no cambiaría nada mañana. Él siempre se iría, y Katerina siempre estaría allí.
Antes de que alguien más pudiera hablar, Jezebel se levantó. Lo hizo con dificultad, con cada músculo dolorido, pero lo hizo sola. Se irguió frente a Raiden, enfrentando su ira de frente.
—Fui yo —afirmó, su voz no mucho más que un susurro, pero claro y cortante en el silencio.
Raiden la miró fijamente, una arruga de confusión surcando su ceño furioso. Katerina emitió un sonido entre risa y carraspera.
—¿Ves? Hasta ella lo admite. Torpeza pura.
—Me tropecé —continuó Jezebel, sosteniendo la mirada de ámbar ardiente de Raiden—. Con la hostilidad de tu manada. Con la basura que tu prometida ordena que arrojen a mi paso. Me tropecé con tu ausencia.
Cada palabra era una gota de veneno, precisa y calculada. No estaba defendiéndolos. Los estaba acusando a todos, incluido él. Le estaba diciendo, sin decirlo, que su "protección" era una farsa inservible.
La expresión de Raiden cambió. La furia animal se matizó con algo más complexa: incredulidad, un golpe de respeto y una ira mucho más profunda y peligrosa porque ahora estaba dirigida hacia adentro. Ella no le estaba pidiendo justicia. Le estaba echando en cara su fracaso.
Él cerró la distancia restante entre ellos. Su mano, grande y callosa, se elevó. Jezebel contuvo el aliento, esperando otra forma de violencia. Pero sus dedos solo se cerraron alrededor de su muñeca, donde la marca lunar se había manifestado. Su tacto era áspero, pero no brutal. Un contacto que afirmaba posesión, pero también, de un modo retorcido, reconocimiento.
—Tú —murmuró, su voz un eco grave sólo para ella—. Siempre provocando tormentas.
Luego, se volvió hacia la manada. Su voz retumbó, llena de una autoridad final y sangrienta.
—La próxima mano que se levante contra ella, el próximo insulto que se le arroje, será la última cosa que haga ese lobo. No importa quién sea. —Su mirada se posó en Katerina por un instante largo y elocuente, desafiándola a protestar. Ella mantuvo su sonrisa, pero era tensa, sin llegar a sus ojos azules, ahora glaciares.
Sin esperar una respuesta, Raiden tiró de Jezebel, arrastrándola consigo hacia el interior de la casa. No la llevó a su habitación. La llevó a la suya.
La empujó adentro y cerró la puerta de golpe. La habitación era espartana, parecida a la otra, solo que esta era más grande, olía a cuero, a hierro y a él. Se giró hacia ella, su furia ahora contenida, pero palpable.
—¿Qué demonios pretendías probar ahí fuera? —le espetó.
—Que no soy débil como todos señalan que lo soy —replicó ella, aun temblando, pero con la voz firme. —Necesito que no me dejes ahogar en primer lugar.
Raiden la observó, y por primera vez, Jezebel vio algo de furia o posesión en su mirada: una curiosidad intensa y predatoria.
—Crees que eres fuerte —alegó, no como un halago, sino como un diagnóstico.
—Sé que puedo sobrevivir en tu mundo —lo corrigió ella.
Él se acercó, y esta vez, Jezebel no retrocedió. Él alargó la mano y, con una torpeza que rayaba en lo extraña, tocó el enrojecimiento de su mejilla. Un shock de calor recorrió a Jezebel, pero no fue el calor de su don. Era algo más primitivo, más peligroso.
—Te golpearon —declaró, su voz un susurro ronco.
—Y me levante —respondió ella, desafiante.
Algo se quebró en la tensión entre ellos. Raiden exhaló un gruñido áspero y se apartó, como si el contacto le hubiera quemado.
—Límpiate —ordenó, señalando bruscamente hacia una puerta que presumiblemente conducía a un baño. —Hueles a su miedo. Y me enfurece.
Era lo más cercano a una muestra de preocupación que podría dar.
Mientras el agua caliente corría por su cuerpo, lavando la suciedad física, Jezebel supo que algo había cambiado. La humillación aún ardía, pero ahora estaba mezclada con una chispa de poder. Le había plantado cara. Y había sobrevivido.
Raiden no la había protegido por lástima. Lo había hecho porque ella, con su silencioso desafío, se había hecho invaluable de una nueva manera. No solo como una sanadora o un sedante para su lobo. Sino como un reto. Un desafío que su naturaleza predatoria no podía ignorar.
La partida había cambiado. Y Jezebel, por primera vez, estaba aprendiendo sus reglas de su naturaleza.
