Capítulo 7 ¡Ese tema está muerto!
El agua caliente había lavado la inmundicia del balde, pero no el peso de las miradas ni el eco de los insultos. Un silencio tenso y cargado se instaló entre Jezebel y Raiden. Él permanecía de pie junto a la ventana de su habitación, su espalda ancha una barrera contra el mundo exterior, la tensión visible en el rígido conjunto de sus hombros. Ella se secaba el cabello con una toalla áspera que olía a él, a bosque y tormenta.
—No vuelvas a hacerlo —gruñó él sin volverse, rompiendo el silencio como quien parte un hueso.
Jezebel se detuvo. ¿Se refería a haberse defendido? ¿A haberlo humillado frente a su manada?
—¿A qué? ¿A no dejarme patear como un saco sin quejarme?
Raiden se giró lentamente. Su expresión era una máscara de piedra, pero en sus ojos ardía ese fuego ámbar que parecía ver más allá de la carne.
—A interferir para en cubrirlos. —Su voz era áspera, como si la idea le resultara personalmente ofensiva. —La próxima vez, señálalos. Señálalos y yo me encargaré de que no vuelvan a respirar.
Era una oferta brutal, sangrienta. La justicia de un lobo, de un Alfa. Jezebel sintió un escalofrío. Era lo que ella había deseado en su momento de mayor rabia. Pero ahora…
—¿Matarlos? ¿Y luego qué pasaría? —preguntó, su voz más calmada de lo que se sentía. —¿Te encargarás de todos? ¿De tu manada? ¿De ella? —No necesitaba decir el nombre de Katerina. Flotaba en el aire entre ellos, un veneno elegante. —Matarías a media manada y la otra mitad me culparía a mí por ello. ¿Eso resolvería algo? Solo empeoraría todo. Tu "protección" es una sentencia de muerte para mí, Alfa.
Una mueca de desprecio torció sus labios.
—No estás aquí para que las cosas mejoren, humana. Estás aquí porque yo lo decidí. Y tu única función es sobrevivir lo suficiente para que yo decida qué hacer contigo. Nada más.
La crudeza de sus palabras la golpearon con más fuerza que cualquier empujón. Jezebel respiró hondo, sintiendo la extraña sensación en su interior, ese calor que se agitaba cada vez que él estaba cerca. Era ahora o nunca.
—¿Y qué decide un Alfa sobre una humana que calma a su lobo? —preguntó, desafiante, clavando la mirada en él. —¿Por qué yo? ¿Qué es… esto? —Ella levantó la muñeca, donde el sello se había manifestado. —Conoces este mundo. Conoces los dones, la luna, las marcas. ¡Sabes lo que esto significa, aunque lo niegues! ¿Por qué apareció? ¿Por qué a nosotros?
La temperatura en la habitación pareció descender diez grados. Raiden cerró la distancia entre ellos de un solo paso. Su mano se alzó y agarró su brazo. No con brutalidad, pero sí con una firmeza que la inmovilizó. El contacto fue un shock. Para ambos.
Esa corriente subterránea, el vínculo que Jezebel solo sentía como un calor interno, estalló en un torrente de sensaciones. Para Raiden fue un choque más visceral: la furia constante de su lobo se aquietó de golpe, remplazada por una calma profunda y adictiva, al mismo tiempo que cada uno de sus sentidos se agudizaba para percibirla solo a ella. El aroma de su piel, el ritmo de su corazón acelerado, el suave temblor de su brazo bajo su mano. Era una paradoja: paz y tormenta a la vez.
Su respiración se cortó. Sus ojos ámbar, por un instante, perdieron su dureza glaciar, desvelando una lucha interna tan feroz como cualquier batalla. Miró sus dedos rodeando su brazo, como si no reconociera su propia acción.
Luego, con un gesto brusco, casi de repulsión, la soltó. Como si su piel le hubiera quemado.
—Ese tema —cortó, su voz un susurro áspero, forzadamente neutral— está muerto. Es una maldición. Un error de la luna. No es un misterio para que resuelvas. —Dio un paso atrás, poniendo una distancia física que sentía como una necesidad vital. —Es una cadena. No le des más vueltas.
—¡Pero mi madre! —insistió ella, la voz quebrada por la desesperación. —¡Ese símbolo, el medallón! ¡Ella tenía uno igual! ¿Sabes algo? ¡Dímelo!
Por un instante, algo crujió en la armadura de hielo de Raiden. Un destello de algo antiguo y sombrío en sus ojos. Pero se apagó al instante, sofocado.
—Tu madre fue una humana. Punto. —Su tono era definitivo, un portazo verbal. —Insistir en esto solo te traerá dolor. Olvídalo.
Se giró hacia la puerta, negándole su rostro, negándole que la discusión llegara a mas allá.
—Quédate aquí. Acomoda tus pensamientos. Y deja de cavar en agujeros que solo te llevarán a tu propia tumba.
Salió sin mirarla atrás, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el alma de Jezebel. No hubo llave. Pero la orden era una prisión en sí misma.
Ella se quedó sola, temblando, no de frío, sino de rabia impotente y una frustración abrasadora. Él sabía. Lo sabía y lo negaba. La verdad sobre su madre, sobre lo que ella era, finalmente estaba ahí, a su alcance, y él la encerraba en el silencio para proteger… ¿qué? ¿Su frágil orden? ¿Su orgullo?
Afuera, los sonidos del territorio comenzaron a cambiar. Horas más tarde, la voz de Raiden, amplificada por su poder de Alfa, retumbó en cada rincón, atravesando incluso las paredes.
—¡Esta noche hay fiesta! —anunció, y en su tono había una forzada jovialidad que sonaba falsa y peligrosa. —¡Carne fresca, hidromiel y fuego! ¡Que la manada recuerde lo que significa ser Volkova!
Un rugido de aprobación respondió desde fuera. Jezebel se acercó a la ventana, viendo cómo se encendían antorchas y una enorme fogata en el patio central.
Abajo, Katerina Orlov, al escuchar el anuncio, sonrió con una satisfacción profunda y calculadora. Sus ojos azules brillaron con ambición pura. Esta era la oportunidad que había esperado. Una fiesta significaba hidromiel y un Alfa que, claramente, buscaba ahogar sus frustraciones.
Su plan se cristalizó al instante: lo emborracharía, lo llevaría al borde de la inconsciencia y entonces, por fin, se aseguraría de amarrarlo a ella de la manera más irrevocable. Esa noche, su cama sería el campo de batalla donde ganaría la guerra.
Raiden permaneció de pie en medio del caos organizado, observando cómo su manada se preparaba para la juerga. En su mente, la fiesta no era una celebración, sino una distracción necesaria.
El alcohol, el ruido, el desenfreno… todo serviría para ahogar el zumbido constante que esa mujer provocaba en sus sentidos, para apagar la irritante necesidad de su lobo de sentirla cerca.
Tal vez, entre el humo y el bullicio, podría pensar con claridad, encontrar una solución a este problema que había llegado a su vida con manos sanadoras y ojos llenos de acusaciones.
Una parte de él, la parte táctica de un Alfa, sabía la verdad cruda: retenerla era un riesgo insostenible. Era una debilidad expuesta, un blanco perfecto para sus enemigos y para la ambición de Katerina. Podría llevarlos a todos a la ruina.
La lógica dictaba que debía deshacerse de ella, devolverla a su mundo y asumir la maldición de un lobo perpetuamente al borde del abismo.
Pero otra parte, más profunda, más oscura e irracional, se rebelaba. Esa parte, que olía su aroma en cada sueño y encontraba una paz en su presencia que nunca había conocido, se aferraba con garras y dientes. Mía, gruñía la bestia en su interior. No te vayas.
Y esa guerra interna era un infierno mucho más profundo que cualquier batalla contra cazadores. Por eso necesitaba la fiesta. Necesitaba olvidar, aunque fuera por una noche, que la única persona que podía calmar su tormenta era también la que podía incendiar todo su mundo.
