Capítulo 3
—¿Princesa, vas a salir? —preguntó mi padre mirándome.
—Sí, voy al cumpleaños del novio de Martha —respondo suavemente para que solo él me escuche.
—Hija... —no le gusta la idea en absoluto, pero la queja o la objeción es interrumpida por las palabras de mi cuñada.
—Siento mucho que tu relación con Gareth haya terminado, Laura —me dice y me esfuerzo por sonreír mientras asiento.
—No es nada, Katherine, ya no importa —digo encogiéndome de hombros, tratando de restarle importancia.
—Tienes una hija muy hermosa, señor Mason —dice Smith de la nada, con su voz ronca y seria.
El rubor tiñe mis mejillas ante sus palabras que captan la atención de todos en la habitación, mientras él sonríe simplemente.
—Lo sé, Smith, lo sé —responde mi padre, sacando pecho con orgullo y ternura mientras posa sus ojos en mí—. No vuelvas tan tarde, cariño, sabes que no me gusta que salgas de noche —añade, volviéndose hacia mí.
—Está bien, volveré pronto, papá —respondo con una sonrisa, antes de darle un beso en la mejilla y dirigirme hacia la puerta principal.
Me muerdo los labios con algo de nerviosismo al pasar frente a Smith, él me saluda con una leve inclinación de cabeza y me veo obligada a sonreír amablemente, sintiendo luego el peso de su mirada detrás de mí.
Suelto un suspiro al salir de la casa y el aire frío de la noche golpea mi rostro, congelando mis nervios y agitando las emociones que el señor Smith provoca solo con mirarme de la manera en que lo hace.
Cuando llego, estaciono el coche, tomo mi bolso, las llaves y bajo, en la entrada visualizo a Martha, quien, al hacer contacto conmigo, grita y viene corriendo hacia mí con un hermoso vestido azul de falda fluida.
—¡Mierda! Laura, me dijiste que estarías desde el principio de la fiesta —me mira con ojos acusadores mientras yo sonrío disculpándome—. ¡Oh, por cierto, estás hermosa! —grita, cambiando de tema y haciéndome reír, luego me arrastra adentro—. ¡Hoy vas a follar duro! ¡Claro! —vuelve a gritar haciéndome reír a carcajadas.
—Basta, Martha, me vas a arrancar el brazo —le grito por encima de la música fuerte mientras finalmente llegamos dentro de la casa y nos detenemos frente a la barra improvisada al lado de la sala.
—¡Qué exagerada! —dice mientras toma un vaso y vierte varios tipos de alcohol haciendo una de sus bebidas mágicas—. ¡Vamos, tómalo!
Miro la pantalla de mi teléfono y apenas puedo distinguir la hora; la una y diez de la mañana, llevo en este lugar unas cinco horas, bebiendo todo lo que Martha me ofrece con una sonrisa emocionada para que apruebe sus mezclas.
Estoy borracha, ¿para qué negarlo? Estoy borracha, cansada y hambrienta, el pedazo de pastel de cumpleaños ni siquiera ha llegado a un cuarto de mi estómago.
—Mira, Laura, prueba este —me grita, extendiéndome un vaso rojo con una bebida azul. Sin cuestionar, tomo el vaso y lo termino de un trago antes de señalarla y asentir con una sonrisa.
Río sin poder evitarlo.
—¡Está bueno! —le grito de vuelta y todos en la mesa aplauden a mi amiga y sus creaciones.
Hemos formado un pequeño grupo, y ya estamos todos sentados en los sofás; Diego, el novio de Martha, Raúl y Luka.
Son chicos lindos, divertidos y me hacen sentir bien.
—Vamos, Laura, no seas así, solo quiere bailar contigo —insiste Martha por milésima vez esa noche, a lo que, harta, finalmente cedo.
—¡Ya! —acepto soltando un suspiro y ella se acerca a Luka para informarle que acepté, a lo que el chico me sonríe antes de levantarse y extender su mano—. Solo una canción —le digo sin ser grosera.
—Solo una canción, Laura —dice con una sonrisa y asiente.
Nos dirigimos a la pista de baile improvisada y comenzamos a movernos al ritmo de la canción. Luka coloca sus manos en mi cintura y con el alcohol corriendo por mi cabeza, me dejo llevar libremente.
—Entonces eres la más pequeña del clan Mason —dice, sacando un tema de conversación al aire y riendo al verme algo nerviosa.
—No, en realidad, soy la hija menor de los Mason. El más pequeño de la familia Mason tiene una semana de nacido —respondo divertida.
—¡Oh! Bueno... ¿Tienes novio? —pregunta de nuevo y vuelvo a reír con menos gracia, bajando la mirada al final.
—No —respondo secamente y decido dejar de bailar, así que le sonrío y empiezo a caminar hacia los chicos.
Hasta que me toma del brazo y me giro para encontrarme con él.
—Oye Laura, si mi pregunta te molesta... lo siento, ¿vale? —me mira avergonzado y solo logro sonreírle.
—Tranquilo, solo que no quiero hablar de eso, ¿de acuerdo? —él solo asiente con una sonrisa débil y toma mi mano antes de abrirnos paso entre la gente hasta nuestro lugar.
Eran las tres y media de la mañana y todo lo que podía pensar era en llegar a casa, tirarme en la cama y dormir hasta el almuerzo del día siguiente.
—¡Martha! —le grito para que me escuche, ella se gira para verme—. ¡Me voy, adiós! —digo un poco mareada.
—¿Qué? No, no vas a conducir en ese estado, Laura, estás borracha —dice y llama a Luka—. Oye, ¿podrías llevar a Laura a su casa? Está muy borracha y no puede conducir así.
—Pero, Martha, ¡mi coche!
—Yo lo llevaré a tu casa, ¿de acuerdo?
Asiento a regañadientes.
—Está bien, Laura, ven, te llevaré a casa —me dice Luka, yo solo asiento y dejo que me ponga el brazo alrededor para guiarme, porque realmente siento que en cualquier momento me caeré de bruces contra el suelo.
Nos dirigimos hacia la salida, y una vez afuera nos abrimos paso entre la gente hasta llegar a un Jeep blanco muy bonito, con su ayuda me subo al asiento del pasajero, luego él se sube al asiento del conductor y se dirige a mi casa.
—¿Quieres que te lleve hasta la puerta? —lo miro y río mientras niego.
—No, gracias, puedo sola —respondo y abro la puerta—. Gracias por traerme, Luka —y vuelvo a reír al bajarme de la camioneta lo mejor que puedo, lo escucho reír y le saco el dedo medio, su risa se hace más fuerte, contagiándome con la suya.
—Nos vemos luego, hermosa —lo miro con una ceja levantada y él solo se encoge de hombros, arranca el coche y saluda una vez más.
Me sentía muy mareada y en cualquier momento devolvería lo poco que he comido durante el día.
Mientras caminaba por el jardín, tropecé con una piedra y lo que sabía que pasaría en cualquier momento sucedió; caí de bruces contra el suelo, la pantalla de mi celular se rompió porque al intentar evitar que mi cara golpeara el suelo puse mis manos en medio, olvidando por completo que una de ellas sostenía el celular.
—¡Maldita sea, Laura, acabas de dañar tu celular! —me regañé en un susurro.
—Vaya, la niña de papá dice palabrotas —escuché esa voz que siempre me pone nerviosa, la del señor Smith.
