Capítulo 1 Entre sombras y cadenas
Elena:
Entre sueño logré sentir cómo una mano áspera y tosca acariciaba mi muslo, deslizándose por debajo de mi blusa hasta llegar a mi vientre. Al principio pensé, tonta de mí, que era esa clase de sueño otra vez. Pero al sentir el peso desigual sobre la cama y un aliento cálido y espeso justo a mi costado, por fin logré reaccionar.
Asustada, intenté incorporarme apresurada, pero la misma mano de antes se apoderó de mi cuello, obligándome a retroceder. Mi cabello se desparramó sobre la almohada y mi respiración se quebró al reconocerlo.
Esa esencia… ese aroma a perfume caro mezclado a la perfección con notas de alcohol y ámbar… ¡Era el señor Mueller!
—Se… señor, por favor —supliqué, con las lágrimas cayendo sin control.
—Elena, esta noche no me rechaces —susurró sobre mis labios antes de comenzar a devorarlos como una fiera.
El pánico pudo más que mis miedos al sentir su lengua introduciéndose en mi boca, de inmediato note su erección rozar con firmeza mis partes íntimas. Casi sin pensarlo, lo aparté con todas mis fuerzas; su cuerpo grande y pesado cayó con un sonido seco contra el piso, yo aproveché el instante para intentar huir.
Pero su mano fue más rápida. Me jaló de los tobillos, arrastrándome por el suelo hasta quedar nuevamente bajo su sombra. Esta vez lo vi con claridad, esos ojos oscuros que me pueblan las pesadillas, que nunca en mi vida me he atrevido a mirar de frente.
—Por favor, no lo haga —le rogué, con la garganta apretada hasta dolerme. La presión de su cuerpo sobre el mío se sentía inamovible.
—Eres mi sirvienta de alcoba. ¿Cómo te atreves a rechazar a tu amo? ¿Acaso buscas la muerte, Elena? —Su voz sonaba tan profunda y grave que juraría que era el rugido de una bestia.
—Señor, yo jamás… —Las lágrimas no dejaban de correr por mis mejillas — Por favor, no estoy lista.
Emir no soportó ver mi llanto desgarrador. Se apartó de un golpe, se puso de pie y me miró lleno de un desprecio que me atravesó el alma.
—No habrá una próxima vez, Elena Santos.
Fue lo último que dijo antes de salir, dejándome hecha un ovillo en la esquina, abrazando mis rodillas e intentando que el corazón no se me saliera del pecho.
¿Por qué sigue viniendo por mí cuando aquí hay más de una docena de mujeres que le entregan todo con gusto? ¿Por qué no puede dejarme vivir en paz?
Cada vez que el señor Emir irrumpía en mi cuarto, me sentía sucia, indigna, como si sus caricias me mancharan la piel para siempre.
—Odio esta vida… solo… solo quiero irme —susurré, con la voz quebrada.
La puerta volvió a abrirse. Me encogí más, haciéndome pequeña, casi invisible, pero la voz dulce de mi hermana me devolvió el aliento al instante.
—Elena, soy yo. ¿Te hizo algo?
Corrí a sus brazos y ella me envolvió como una manta tibia, pegándome a su pecho.
—No me hizo nada… pero cada vez va más lejos. Y esta vez me advirtió que la próxima no escaparé. No quiero acostarme con él, María. _ dije entre hipos abogados por la desesperación.
—Shh… niña tonta —me acarició el cabello—, sabes que eso es imposible. Aquí no somos personas, somos objetos. No tenemos voz ni voto, solo nos queda obedecer.
Sus lágrimas mojaron mi cabeza. María también lloraba. Ella también sangraba por dentro.
—No llores tú también —le pedí, acariciando su mejilla.
—Déjame verte… ¿te lastimó? —Sus dedos rozaron mi cuello, justo donde me había apretado—. Ay, mi niña…
La vida nunca fue fácil, pero aquí era mil veces peor. En la mansión Mueller habitaba un clan de mafiosos despiadados en nada menos que Turquía, sin conciencia ni límites, y nosotras no éramos más que sirvientas de alcoba. Nuestro verdadero trabajo era complacer al jefe y a sus hombres, sin quejarnos, sin pedir nada. No éramos distintas a las mujeres de la calle… solo que ellas al menos pueden elegir cuando abandonar esta vida.
—¿Algún día recuperaremos nuestra libertad? —pregunté, aferrándome a esa chispa que se niega a apagarse.
—Elena, una vez que entras aquí, no sales. Tú lo sabes bien —respondió con firmeza, la voz de quien ya ha perdido todas las batallas.
Pero yo no quería rendirme. No podía. Añoraba mi tierra, mi gente, el sol de Guadalajara, el derecho a elegir con quién compartir mi vida, a poder casarme y ser feliz como cualquier mujer.
—María, no puedo… no me pidas que me rinda.
Suspiró hondo. No éramos hermanas de sangre, pero aquí todas formamos una familia a la fuerza. Y ella era la que más quería, la que me entendía sin palabras. Las dos venimos del mismo lugar de Jalisco, de la misma ciudad, de ese México que llevo clavado en el pecho como una herida que no cierra.
—Elena, ya tienes veinte años. Llegaste aquí con trece y has visto de todo. Muchas empezaron mucho antes que tú. Es un milagro que sigas intacta, pero el jefe te tiene en la mira.
Era verdad. Llegué siendo una niña, y por esas vueltas del destino, en ese entonces Emir también era joven. Lo vi crecer, convertirse en hombre… y él me vio a mí dejar de ser una niña. La diferencia fue que yo, ingenua, no lo veía como el futuro líder que era; lo trataba como a un muchacho normal. Y esa inocencia me protegió… hasta que dejó de hacerlo. Emiliano dejó de verme como una compañera de juegos.
—Aun así… —intenté decir.
—Él te ha salvado la vida más de una vez. Incluso se enfrentó a sus amigos para que nadie te tocara. Pero no fue por cariño, Elena. Te marcó como suya. Y no permitirá que nadie te tenga antes que él. Deja de soñar despierta. Esto no es un cuento de hadas.
—¡Ese maldito cabrón! —grité sin poder contenerme, golpeando la pared con los puños cerrados—. No quiero esta vida.
Maria me abrazó con más fuerza, noté los moretones en sus brazos, las marcas de correas en sus muñecas. Ella acababa de servir a uno de esos monstruos y aun así estaba aquí, consolándome a mí.
—Lo siento, mi vida… de verdad lo siento. Pero no hay escapatoria. Solo déjalo pasar. Te daré algo para que duela menos. La primera vez es terrible, pero luego… te acostumbras. Todos nos acostumbramos.
Apreté los dientes hasta rechinar. En ese momento odié a todos, a mi madre por venderme sin piedad, a mi padre por irse antes de que yo naciera, a Emir y toda su estirpe… y a mí misma por no tener el valor de escapar.
—María, yo…
La puerta sonó fuerte. Del otro lado con una voz cortante.
—¡Llegaron invitados! Se nos requiere a todas. Hay fiesta. ¡Salgan ya!
—¿Es neta, a esta hora? —balbuceó María.
¿Fiesta a esta hora, de la nada? La miré y ella me devolvió la misma inquietud. Se forzó a sonreír, pero yo sentí ese presentimiento helado en el pecho, como agujas que no me dejan respirar. Algo malo se acerca. Lo sé.
