Capítulo 2 Ecos de pólvora y miedo.
Elena:
Luego de cambiarnos apresuradas, ayudé a María a tapar sus moretones y ella me ató el cabello con dedos que no dejaban de temblar. Abajo la música ya retumbaba con fuerza; el salón rebosaba rostros que apenas conocía y otros que jamás en todos estos años había visto. Mujeres que parecían salidas de la televisión, con vestidos que brillaban y sonrisas que no llegaban a los ojos.
—Vete a la cocina, pero de volada, a ayudar en lo que sea —me susurró María bajito, apretándome la mano— No salgas, Elena. Ya sea fregando el piso, lavando trastos o cocinando, invéntate cualquier excusa, pero quédate ahí. ¿Me escuchaste?
—Sí… sí. ¿Pero qué pasará contigo?
—Yo estaré bien.
Nos abrazamos con fuerza, aferrándonos el instante antes de que cada una tomara su camino. Que esta noche, a estas horas, se armara una reunión de la nada era demasiado sospechoso. Solo podía significar que habían derribado a uno de sus enemigos… o algo peor.
—¿Lo escuchaste? El padre del joven amo ha vuelto… y no vino solo —alcancé a oír a dos muchachas que hablaban en un rincón. Me acerqué sin querer, con el corazón en la garganta.
—También vino el hermano mayor, con su esposa y una amiga de ella, preciosa. Dicen que es para presentársela al joven amo.
Eso significa…
—Eso significa que pronto tendremos una señora celosa que nos golpeará cada vez que él nos llame —terminó la otra, con voz temblorosa.
Todas temblaron al unísono, yo incluida. Porque las mujeres suelen ser mucho más crueles que ellos. Son despiadadas cuando se trata de proteger lo que creen suyo.
—¿Qué haces parada sin hacer nada, chamaca del demonio? —bramó Laura, apareciendo a mi lado y jalándome del brazo—. Lava todos estos platos y que queden relucientes. ¡Estamos hasta el tope!
Asentí y me puse a chambear de inmediato. Nunca me gustó meterme con ella y con ese aire de “la más deseada” que se gasta; lo que para ella es un triunfo, para mí no es más que vergüenza pura.
De reojo la vi pintarse los labios de rojo encendido, subirse la falda hasta casi no dejar nada a la imaginación, el escote a punto de reventar. Salió caminando, meneando las caderas como si fuera una de ellas.
—¿Se volvió loca o qué? —susurró la chica a mi lado—. Acaban de decir que le van a traer esposa al jefe y ella actuando así… será la primera en caer.
Me encogí de hombros, sin dejar de frotar una fuente.
—Es su decisión —dije—. Que cargue con las consecuencias.
Y entonces, de golpe, sentí de nuevo el recuerdo de sus manos sobre mi cuello. Me toqué la piel despacio; todavía ardía. Pero ahí estaba la esperanza, pequeña y terca, si Emir se casaba, tal vez… solo tal vez… podría escapar de él. O quizás esa mujer me odiaría tanto que acabaría conmigo antes de que me diera cuenta.
—¿Estás bien? Estás pálida.
—¿Cómo es ella? —pregunté de golpe.
—La vi apenas… es hermosa. Alta, esbelta, cabello largo, sonrisa de quien nunca ha perdido nada.
—Entonces él sí podría enamorarse de ella.
De pronto la música se cortó en seco. Las risas fingidas dieron paso a gritos y ruidos de golpes. La puerta se abrió con un estruendo que nos hizo saltar a todas. Camilo uno de los hombres más cercanos a Emir entró con el rostro desencajado y el brazo empapado en sangre. Pasó justo a nuestro lado, tomó el cuchillo más grande de la encimera y regresó al salón sin decir una palabra.
—¿Pero qué carajos…? —alguien murmuró.
Yo solo podía pensar en María. Antes de darme cuenta, ya corría hacia la puerta.
—Elena, no vayas —me suplicó la chica, agarrándome del brazo.
—Suéltame, necesito saber si está bien.
—¡Te castigarán si te metes!
Ignoré sus ruegos, abrí la puerta de golpe. Lo que vi me heló la sangre. En medio del mármol brillante, Laura yacía en el suelo, rodeada de una decena de personas que no la dejaban levantarse. Su ropa hecha jirones, el rostro desfigurado, un arma apuntándole a la cabeza. Había tocado a la persona equivocada.
—No mires…
Una sombra enorme se interpuso entre yo y la escena. Una muralla impenetrable que me aisló del horror.
—Se… señor.
Sus brazos fuertes me atrajeron contra su pecho. Sus manos cubrieron mis oídos justo antes de que el estruendo sacudiera la casa. Y en ese silencio que él creó para mí, solo escuché su corazón latiendo con fuerza, el calor de su cuerpo envolviéndome por completo. ¿En qué demonio pienso? Me zafé suavemente.
—Ya estoy acostumbrada —dije, con la voz más firme que pude—. ¿Se le olvida quién limpia después?
Emir me miró sorprendido luego soltó una risa suave, y la vez escalofriante, que me dio más miedo que el disparo. A su lado era diminuta; me sacaba casi una cabeza y media, y su cuerpo me cubría por completo. Nadie podría verme detrás de él.
—Eres increíble, Elena —su dedo me alzó el mentón obligándome a mirarlo a los ojos—. ¿De verdad no me tienes miedo?
—Sí le tengo, señor —admití, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. Muchísimo miedo. Pero no puedo hacer nada.
Vi cómo intentó decir algo, luego apretó los labios, su mano bajó despacio por mi cuello, rozando la marca que él mismo había dejado. Entonces una voz cortó el aire, afilada como una navaja.
—¿Es que a estas mugrosas de la calle nadie les enseña modales? —Era la cuñada mayor. Estaba furiosa, con los ojos inyectados en rabia—. ¡Qué forma tan vulgar de hablar y de actuar! ¡Como prostitutas descaradas!
Mis ojos buscaron desesperados a María, pero la mujer no apartaba la vista de Emir.
—Selina, por favor, ya basta —dijo él, dándome la espalda, pero sin dejarme salir de su sombra—. Ya está muerta. ¿Quieres que la revivamos para que sigas desquitándote?
Ella dio dos zancadas y llegó hasta él, clavándole una uña larga en el pecho.
—Cuñado, estás criando una jauría de hienas traicioneras. Esa perra se sentó en las rodillas de mi esposo. Se merecía lo que le pasó.
Apreté el delantal con todas mis fuerzas. Si esa mujer era así de terrible, ¿qué nos esperaba cuando llegara la esposa?
—Cuñada, cálmate. Todos te están viendo —Emir apartó su mano con firmeza.
—¡Que lo vean! Así aprenden de una vez que lugar ocupan todas ellas aquí y quien realmente manda —Sus ojos se posaron en mí de pronto, me jaló del brazo con violencia—. ¿Y esta? ¿Quién eres tú?
Temblé de pies a cabeza, pero sabía que si callaba sería peor.
—Soy… soy…
—Ella es Elena —la voz de Emir cortó el aire, fria rotunda—. Y no tiene nada que ver con todo lo que paso. Recuerda que seas mi cuñada o no, esta es mi casa, mi territorio, mi gente. Y ahora mismo le estás faltando el respeto al líder de esta división. ¿Crees poder soportar las consecuencias?
