Capítulo 3 La sombra del patriarca.
Elena:
La mujer soltó una risa tan sarcástica, tan hueca, que sentí náuseas. Era increíble, se decían familia y entre ellos se despreciaban abiertamente, y sin embargo nos llamaban hienas traicioneras a nosotras.
—¿De verdad vas a actuar así delante de tu padre y de tu hermano mayor? —se burló ella—. ¿Es esta la clase de líder que le presentas al mundo?
—Tu gente lastimó a la mía primero —gruñó Emir, apretando los dientes—. Camilo fue herido por tu hermano. Y aunque seas esposa, no eres familia. ¿Ese es el respeto que le muestras a la familia? Recuerda que no estás en tu territorio; aquí eres solo una invitada.
Sus palabras la hicieron hervir. La mujer parecía un volcán a punto de estallar, el rostro enrojecido hasta límites tóxicos.
—¡Tú maldito…!
—Ya cállate, Selina —ordenó una voz autoritaria desde las sombras. Era Onur Mueller en persona, el patriarca.
Ella calló de inmediato, bajó la cabeza y apretó los puños con fuerza. El hombre de edad avanzada caminó despacio hasta llegar a su lado; detrás de él venía su hijo mayor, Mert, con una mejilla amoratada.
—¿Qué clase de espectáculo estás dando frente a todos? —preguntó con voz grave y profunda—. ¿Así cuidas el nombre de la familia?
—Pa… padre… yo solo protegía el honor de mi esposo —balbuceó ella, sin atreverse a levantar la vista—. Emir nunca debió traer a esa zorra… estoy esperando al primer nieto, mis emociones…
—¿Esa es una justificación? —la cortó él—. ¿Crees que cada vez que una mujer espera un hijo tiene derecho a hacer y decir lo que quiera? Emir es mi segundo hijo. Estás en su casa.
—Lo… lo siento.
Por un instante el aire se aligeró, pero yo no respiraba. Mis piernas temblaban sin control. El anciano pareció notar mi mirada y me devolvió la suya, fija, pesada.
—Elena… has crecido increíblemente. Te pareces mucho a tu madre.
Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.
—Gracias, señor —respondí apenas con voz.
—Y pensar que yo mismo te traje aquí cuando apenas eras una niña. Lloraste todo el maldito camino. Casi te tiro del auto en marcha.
Todos rieron. Yo no. No le encontraba gracia al recuerdo del día que arruinó mi vida. Para él yo debería ser agradecida solo porque me arrastró hasta este infierno. Jamás le agradeceré nada.
—Bueno, ya que el malentendido quedó claro, lo mejor es seguir festejando —propuso Mert, levantando su copa—. Después de todo, vinimos a celebrar los avances de mi pequeño hermano.
Aproveché el alboroto para escapar mientras todos volvían a reunirse a su alrededor. No podía quedarme ahí ni un segundo más. Aprendí a moverme sin hacer ruido, como si caminara sobre cáscaras de huevo.
—Elena… tráeme un té.
Esa voz me detuve en seco, con la mano en el picaporte de la puerta de la cocina. No podía desobedecer al patriarca.
—Ahora mismo, señor.
Estaban locos. Todos locos. En medio del salón yacía el cuerpo sin vida de Laura y celebraban como si nada. Como si eso nunca hubiera pasado.
En la cocina todas me miraban de una manera que me puso nerviosa. Me abrieron paso como si trajera la peste. Mientras preparaba el té, escuché los primeros susurros.
—Así que fue el gran señor quien la trajo en persona…
—Por eso es la única que sigue intacta.
—De seguro sabe atenderlo muy bien… se lo tenía guardado como un tesoro, nos engaño a todas con esa cara de pobrecita.
Apreté la taza con fuerza. Desde antes ya me juzgaban por ser pura y ahora, con este secreto al descubierto, me gané el rencor de las únicas que consideraba familia.
—No las escuches —una voz suave me tocó—. Sé que nada de eso es verdad. Y si quieres, podemos ser amigas.
Levanté la vista. Ahí estaba esa chica dulce cuyo nombre no conocía. La misma que me impedía salir antes.
—Gracias… significa mucho para mí. ¿Cómo te llamas? —pregunté, avergonzada.
—Ja, ja, tranquila. Somos muchas. Me llamo Isme. Llegué hace tres años.
Ahora lo recordaba con claridad, ella llegó una noche de tormenta junto con un cargamento, con el vestido embarrado y las rodillas raspadas. Ni me atreví a imaginar de dónde.
—Muchas gracias, Isme.
Salí con la bandeja con cuidado. Vi a María y a otras dos arrastrando el cuerpo de Laura, dejando un rastro rojo a su paso. Tragué saliva y me acerqué al anciano.
—Aquí tiene, mi señor.
Mis manos temblaban, pero no derramé una gota. Él hizo un gesto para que me sentara a su lado. Me negué de inmediato, recordando la advertencia de María.
—Tengo trabajo… mucho que hacer. Con su permiso.
—Así que esta es la criada de la que hablabas, suegro —dijo Selina en voz alta para que todos la oyeran—. Veo que al menos ella, a pesar de su origen humilde, sabe hablar con modales. No como las demás salvajes.
Mordí mi lengua. Insultar mi forma de hablar era insultar mi tierra, y México no se queda chico ante nadie.
—Ella desde niña fue lista —dijo Onur—. Creció junto a Emir. Solía colarse en sus clases y escuchar desde un rincón, como un ratoncito.
—¡Qué atrevida! —soltó Selina.
Todos reían, menos Emir, quien se mantenía inmóvil en una esquina con sus brazos cruzados sobre su pecho.
—¿Atrevida por qué, cuñada? —preguntó él mirándola directo a los ojos—. Era solo una niña curiosa que quería aprender.
Pero ella no iba a ceder. Se sentía reina por llevar al primer nieto en el vientre.
—¿Aprender qué exactamente? ¿A ser una buena amante? Porque esposa, con su linaje y su sangre sucia, jamás. Las de su clase solo sirven para limpiar y abrir las piernas. De nada les sirve aprender.
Cerré los ojos con fuerza para no dejar escapar una sola lagrima. No eran lágrimas de humillación, eran de rabia, de ganas de tomarla de las greñas y enseñarle modales. Lágrimas de impotencia por no poder defenderme.
—Amante, empleada, lo que sea —la voz de Emir cortó el aire—. Pero callada, sin hacer nada, ha demostrado tener más educación que tú, una mujer supuestamente bien criada, futura madre.
El silencio cayó sobre todos. Los que antes se reían de mí ahora lo hacían de ella, solo que más discretamente, en voz baja. Y aunque esas palabras me protegieron… también me condenaron. Selina no me perdonaría esta humillación. Lo que empezó como un acto de bondad se convirtió en una navaja afilada sobre mi cuello.
Pero no pude enojarme con Emir. Lo miré, distinta, ya sin tanto resentimiento. Él se estaba enfrentando a su propia familia por mí, y sin dudas esto nos traería fuertes consecuencias a los dos por igual.
