Capítulo 4 Dos caminos, una decisión desesperada.

Elena

Las voces se fueron apagando lentamente. Todos buscaron cualquier excusa para no avivar más el fuego en el pecho de una mujer que tenía el orgullo por las nubes, ni el de un Emir que jamás permitió que nadie le faltara el respeto.

Aunque era el segundo hijo, desde niño mostró un carácter firme, impecable, muy parecido al de su padre. En cambio, Mert, quien era el mayor, solía perderse entre fiestas y mujeres sin medir consecuencia alguna. Incluso ahora permanecía callado, incapaz de hacer que su esposa recuperara el dominio sobre sí misma.

—Bueno, ya basta, todos —la voz de Onur resonó fuerte y clara—. Selina, creo que es hora de que vayas a descansar para que el bebe crezca sano y fuerte. Y tú, Elena… ¿por qué no vienes a mi lado y alegras un poco más la vida de este viejo?

Tragué saliva con dificultad. Todos me observaban, siguiendo cada uno de mis movimientos. Y aun así, no me atreví a volver a mirar a Emir. Caminé a pasos lentos mientras veía a Selina salir furiosa. María ya estaba limpiando el desorden, mientras yo sentía que el corazón me estallaría en cualquier instante al tomar asiento a su lado.

—Es verdaderamente asombroso lo mucho que te pareces a tu madre —murmuró él, posando su mano sobre mi rodilla con una sonrisa desagradable, con esos ojos de depredador—. Los mismos ojos, la nariz pequeña, esos labios carnosos… Ustedes sí que saben repartir su genética. Pero dime ¿mi hijo te trata bien?

Era imposible sonreír y fingir que disfrutaba de esa conversación, pero tampoco podía quedarme en silencio. Y en este momento, lo prefería mil veces a él. A Emir, porque, aunque no lo supiera todo, había aprendido lo necesario para sobrevivir. Y ahora, ese viejo degenerado… con esa pregunta insinuante, daba a entender que si no quería estar aquí, tendría que irme con él.

—El joven amo nos trata como merecemos. Yo estoy más que agradecida de trabajar a su lado y servirlo como se debe.

El hombre se quedó inmóvil de inmediato. Sentí incluso la mirada de Emir sobre mí, profunda, confundida. Pero… ¿qué otra opción tenía además de mentir? Ni loca dejaría que ese viejo me llevara. ¡Antes muerta que caer en sus manos una segunda vez!

—¡Ja, ja, ja! Ya veo… mi muchacho, sin duda, siempre dándome alegrías. Espero verte muy a menudo, mi pequeña Elena. No tienes idea de lo feliz que me hace tu presencia.

Aquello no era, para nada, una propuesta decente. Yo sabía perfectamente cuál era su intención conmigo. Me levanté de golpe, aterrorizada hasta la médula. Sabía que estaba mal, que era un acto que se pagaría con castigo… y aun así, salí corriendo sin poder evitarlo.

No me detuve hasta llegar a mi habitación, olvidándolo todo. Mi cuerpo temblaba violentamente, mientras aquellos recuerdos de la infancia me golpeaban con más fuerza que cualquier látigo.

Antes de darme cuenta, tenía el rostro hundido en el inodoro, devolviendo hasta lo que no tenía en el estómago, ardiendo por dentro sin piedad.

—¿Por qué… por qué me hiciste esto, mamá? —lloré frente al espejo—. ¿Por qué tú, de entre todas las personas, me enviaste al infierno?

—¿Elena? —La voz de María me devolvió a la realidad. Corrí a sus brazos como si todavía fuera aquella niña asustada buscando quien la protegiera.

—Por favor, María, no te vayas —supliqué, desesperada.

—Shh… no me voy a ningún lado. Fue el joven amo quien me pidió venir a verte.

—¿Emir hizo eso?

—Lo hizo —su mano acarició tiernamente mi rostro, secando mis lágrimas—. ¿Qué ocurre, Elena? Tú nunca pierdes la compostura de esta manera, mucho menos delante de alguien tan poderoso como el Don.

Dejé caer mi cuerpo con pesadez, entrelacé mis manos con las suyas. El peso de este secreto me quitaba el aliento; no me dejaba respirar.

—Fue él quien me trajo aquí desde Guadalajara. Le pagó mucho dinero a mi madre… a cambio de mí. _ admiti en voz alta sintiendo la traición a flor de piel.

—Cariño…

—Pero miente, María. Todo lo que dice son mentiras —dije, indignada.

—¿De qué hablas?

—Es cierto que me escondía para ver las clases del joven amo… pero no era para aprender. Era para escapar de ese hombre, de su mirada llena de lujuria, de deseo.

Volví a romper a llorar, con un llanto mucho más profundo, el que nace del fondo de un alma destrozada.

—Ay, mi niña… cuánto lo siento.

—Ese viaje fue la peor tortura de mi vida, María. Y ahora quiere llevarme con él otra vez. Si descubre que sigo siendo pura… eso significa…

—… que ya no tendrás escapatoria —completó ella, con palabras que cayeron como una sentencia—. Elena, te quiero como a mi propia hermana, así que seré sincera contigo. Solo tienes dos caminos: convertirte en la mujer de Emir… o en la de su padre. No hay más. Los dos han esperado demasiado por ti, y encima te has ganado el rechazo de Selina. Yo ya no puedo protegerte.

Nadie podría defenderme. El camino por delante se volvía cada vez más oscuro y siniestro. Pero la verdad es que nunca tuve la oportunidad de elegir. Desde el instante en que mi madre me vendió, mi destino quedó sellado para siempre. Y ahora, ante mis ojos, solo quedaban dos opciones, rendirme… o morir buscando mi libertad.

—Gracias, hermana —le dije con una media sonrisa—. Gracias por estar siempre a mi lado y por tu cariño.

—Elena, no hables así… _ insistió apretando mi mano con fuerza.

—No soy tan fuerte como creen. No quiero este destino.

Me levanté, decidida a poner fin a todo. María intentó detenerme, pero la aparté bruscamente de mi lado. Rompí el cristal que tenía enfrente en mil pedazos. Sabía que, con ese hombre aquí, mi vida había terminado. Y prefería, al menos, tener el control de esta decisión.

—Aunque sea una sola vez… solo una vez, yo decidiré mi destino. Perdóname, hermana. Te quiero.

Tomé el trozo más afilado y lo acerqué a mi garganta. No sentía miedo… solo alivio. Cerré los ojos con fuerza mientras escuchaba su grito desgarrador.

—¡ELENA, NO LO HAGAS!

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