Capítulo 5 ¡Solo mía!

Emir

Mi mano agarró la suya con fuerza, impidiendo que se lastimara de verdad. Pero esa ligera línea roja marcada en su piel me dejó más que claro que su intención era rotunda.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —grité furioso. Pero Elena ya estaba inconsciente entre mis brazos.

Si hubiera tardado un segundo más… No. Ella sigue con vida. Todavía está aquí. Y yo nunca la puedo dejar ir. La tomé entre mis brazos, era ligera como una pluma, y la llevé a su cama.

—Quítate del camino y trae vendas para curarla —ordené de inmediato.

—Ella… ella quiso quitarse la vida —murmuró la otra mujer, sin poder creerlo, totalmente en shock.

—¡Hazlo ya!

La vi dar un salto y correr al botiquín, mientras yo la dejaba recostada con cuidado. Me detuve en su rostro, acariciando sus mejillas rosadas hasta llegar a esa herida. Mi ceño se frunció de golpe.

—Cómo te has atrevido, Elena Santos. Acaso a tus ojos yo no soy nada.

Mis puños se apretaron con tanta fuerza que los nudillos palidecieron. Me di media vuelta listo para irme antes de perder la poca paciencia que me quedaba.

—Cuídala. No vuelvas a bajar, quédate a su lado.

—Sí… sí, señor —antes de cerrar la puerta, la oí decir—. Gracias.

Nadie me dice gracias nunca. A lo mucho, suplican piedad, lloran y gritan. Pero nunca nadie me dio las gracias. Menos por salvar una vida.

Al bajar, mi padre seguía impecable, contando sus viejas anécdotas llenas de valentía y egoísmo. Mi hermano a su lado solo sonreía orgulloso de obtener todo lo que alguien más trabajó con sangre y sudor.

—Emir —exclamó emocionado mi padre al verme llegar—. ¿Qué sucede? ¿Por qué te vas de tu propia fiesta?

—Tenía que responder una llamada urgente.

—¿Seguro?

—¿Acaso me atrevería a mentirle al Don?

—¡Ja, ja, ja! Este sí que me salió bien. Sin dudas tiene mi carácter y mi determinación. Estoy seguro de que llegará lejos. Más ahora que hemos concretado una alianza victoriosa para todo el clan.

Mert apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Y aun así, se forzó a sostener esa sonrisa hipócrita. Su territorio era un caos, su esposa desquiciada había dejado la mansión casi vacía por sus celos enfermizos, apenas le quedaban criados y las finanzas… el dinero se le iba como agua entre los dedos. No me sorprendería saber que el escándalo de esta noche fue planeado por él y Selina para crear discordia aquí también.

—Así es, mi hermano menor es un líder nato —dijo Mert—. ¿Pero quién no lo sería con tanta ayuda? He hablado con padre y creo que lo mejor es que nos entregues unos contratos… y también una que otra sirvienta, ya que mi esposa dentro de poco tendrá dificultades para mantener la casa en orden.

Miré a Camilo y él me devolvió la mirada de inmediato. Aquí estaba el engaño detrás de esta farsa. Asentí, y él no dudó en arrojar los documentos sobre la mesa.

—¿Quieres más, Mert? —le pregunté directamente—. En este último año te has llevado suministros valorados en más de cuarenta millones, cerraste a mi espalda dos contactos extranjeros, vaciaste los depósitos y tomaste el puerto bajo tu control. Me pregunto si cuando hablaste con padre de esto, también le informaste que ya me has dejado casi en la ruina… y que yo, para llenar todos los huecos, casi morí en el último enfrentamiento.

Mert no supo qué responder. El color abandonó su rostro mientras mi padre lo miraba lleno de decepción, azotó su puño contra la mesa.

—¡¿Qué es todo esto?!

—Padre, no es lo que parece. Yo solo…

—¡Tú solo has llevado a la quiebra tu territorio, el mío… y ahora vas por el de Emir!

Su mano cayó como un rayo sobre la mejilla de Mert, dejando una silueta roja. Nadie en el lugar se atrevió a decir una palabra en su favor. Aquellos hombres que solían adularlo ahora lo veían como lo que realmente era, un bueno para nada, cegado por la lujuria y el descontrol.

—Padre, yo puedo solucionarlo. Fue un préstamo que tomé de Emir —intentó defenderse con su última carta —. Me casaré con la segunda hija del viejo Tajir. Tenía que preparar su dote. Una vez que la unión se cierre, todo su dominio quedará en mis manos. Llegaremos hasta la frontera… y mucho más.

—¿La segunda hija de Tajir?

—¿Vas a tomar una segunda esposa? —la voz de Selina llegó desde el pie de las escaleras. Supongo que ella tampoco sabía de esta decisión.

—Amor, ¿por qué has bajado…?

—¡VAS A TOMAR UNA SEGUNDA ESPOSA, MERT!

Ella se lanzó como una fiera sobre él, sin darle tiempo a reaccionar, y lo comenzó a golpear salvajemente ante la atenta mirada de todos. Mi padre se llevó la mano al pecho y se dejó caer con pesar sobre el sillón.

—Se suponía que esta era tu fiesta para celebrar tus logros —mencionó Camilo en voz baja—. Y nuevamente tu hermano se queda con toda la atención.

—Al menos ahora todos saben hasta dónde llega su estupidez.

La situación se salió de control. Apenas lograron separar a la pareja, pero entre todo el desorden, sentí esa mirada sobre mí, penetrante, molesta. Al voltear, la vi, una joven de cabello rubio, largo como una cascada dorada que caía hasta por debajo de su cintura. Ojos claros y piel blanca como la leche. Me sonrió tímidamente y levantó su copa hacia mí en forma de saludo.

—Ella es la joven que trajo Selina consigo —susurro Camilo—. Todos suponen que podría ser tu futura esposa o un obsequio. Pero se ve que tiene clase; yo me inclino por la primera opción. ¿Te gusta?

La miré de arriba a abajo. Era hermosa, sí. Pero era otra muñeca más del montón. Y si estaba relacionada con Selina, solo significaba que sería un dolor de cabeza a futuro. Pero también… con ella de mi lado, podría encontrar la forma de romper estas cadenas que me atan a una familia llena de ineptos. Si de verdad viene de un clan poderoso, al fin destronaré a Mert para siempre, dejando de vivir bajo su sombra.

—No se ve mal. Aunque supongo que ahora no hablaremos de ello.

Tenía mil cosas importantes delante de mí. Pero solo un pensamiento persistía en mi cabeza. Más bien, un nombre y un rostro que nunca me abandona. Elena Santos. ¿De verdad estabas dispuesta a morir con tal de dejarme?

—Encárgate de todo aquí —le ordené a Camilo—. Ah, y si ves al desgraciado de Lorenzo, devuélvele el golpe. Es hora de que todos entiendan que en mi casa solo mando yo.

—Como ordenes, Emir —él acarició su herida con determinación—. No te preocupes. Esa rata pronto asomará su cara… y entonces le demostraré que los hombres de verdad no atacan por la espalda.

Dejando el bullicio atrás, me escabullí por los pasillos oscuros hasta llegar nuevamente a la habitación de Elena. Ella seguía con los ojos cerrados, aparentemente inconsciente.

—Vete a traerle algo para tomar —le dije a la mujer que la cuidaba.

—Sí, joven amo.

Al quedar solo, me acerqué hasta poder acariciar su mejilla. La vi fruncir el ceño con disgusto. Así que estaba fingiendo.

—Elena, en vida y en muerte… tú solo me perteneces a mí.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo