Capítulo 6 ¿Salvación o condena?
Elena:
Mi cuerpo tembló al escuchar aquella declaración. ¿De verdad nunca conseguiré escapar de esta vida? Apreté los ojos con más fuerza aún, pero era inútil.. Emir había visto a través de mi mentira desde el instante en que
cruzó la puerta. Me incorporé con dificultad.
—Porque… porque no me dejó morir — pregunté
al fin.
—Porque eres mía, Elena. Siempre lo fuiste y siempre lo serás. Hasta que yo mismo sea quien se canse de ti, no te dejaré ir.
Su franqueza fue más dura de lo que esperaba; y aun así, aquí estaba, al lado mío, velando por mi seguridad.
— Sabe que eso es mentira. Con una sola palabra de su padre…
—No lo permitiré. Tú no saldrás de esta casa, sin importar lo que digan los de afuera. Aunque sea mi propio padre, no dejaré que te alejen de mi lado.
Mis ojos se abrieron como platos. Era imposible. Seguro estaba escuchando mal. ¿Y si realmente
morí?
—Además, tú y yo tenemos un asunto pendiente. Ahora dos. ¿Cómo deseas ser castigada por la osadía de atentar contra una pertenencia
de tu amo?
Ja. Sin dudas estaba viva. Y aquel hombre frente a mí seguía siendo el mismo de siempre. En vida y en muerte, de verdad que no lograría escapar de este lugar. Al menos no intacta.
—Entonces tómeme —le dije con firmeza en la voz—. Hágame suya aquí y ahora. Acabemos con esto de una vez por todas.
Ahora era Emir quien parecía no comprender nada. Hasta su mandíbula cayó; sus ojos,
desorbitados , buscaban los míos, intentando hallar la trampa.
—Déjate de decir estupideces —me reclamó, enfurecido.
Comencé a desabrochar cada uno de los botones de mi camisa lentamente, hasta dejarle ver mi ropa interior.
—Me exigió elegir un castigo. Hágame
suya.
—¡ELENA, TÚ…!
Ni siquiera terminó la frase; sus manos se apoderaron de mis mejillas, profundizando un beso apasionado que me hizo estremecer hasta los huesos. María tenía razón, tenía que elegir entre aquel hombre confundido frente a mí, o uno aún peor… su padre.
Dejé que mi cuerpo se relajara bajo sus manos
traviesas, que no perdieron tiempo en
introducirse bajo las delgadas telas, mientras dejaba que mi mente volara lejos… tan lejos como mi imaginación o los recuerdos de aquella vida distinta que una vez tuve la dicha de vivir. Mi hermoso Guanajuato, su sol caliente quemando mi piel…
—¡No, así no! _ dijo de repente arrancandome de mis pensamientos.
De pronto, Emir me empujó lejos mientras se ponía de pie y se alejaba de mi lado. Podía notar, a través de su pantalón, que su cuerpo no decía lo mismo que su boca. Me dejé caer de rodillas sobre el frío piso; mis manos subieron por sus piernas hasta llegar a su cinturón.
—¿Por qué no, señor? Esto es lo que ha pedido por años. Ahora estoy a sus pies, suplicando que me haga su mujer.
Mi lengua pasó suavemente por encima de la tela de su pantalón, provocando en él un gruñido animal. Pero sus manos firmes me sostuvieron por los hombros con una determinación que no esperaba en absoluto. Estaba haciendo exactamente lo que María me enseñó… ¿Acaso no le gustaba? ¿Era tan mala mi actuación?
—¿Qué estás haciendo, Elena? — preguntó, furioso, con los ojos inyectados en sangre—. ¿Quién te enseñó a hacer esto?
—Yo… yo…
—¿Crees que soy un animal? ¿Que te tomaría sabiendo que acabas de lastimarte? ¿Esa clase de hombre soy a tus ojos?
No lo podía creer. Simplemente no podía hacerlo, aquel pinche cabrón frente a mí llevaba años
sometiéndome, acosándome sin descanso… y ahora que por fin estaba dispuesta a entregarle lo más sagrado que tenía, parecía aún más dolido y herido que yo misma.
—Pero señor Emir…
—Quédate aquí y no salgas hasta que
recapacites sobre tus actos.
Sin decir una sola palabra más, dio media vuelta, azotando la puerta tras de sí, dejándome sola y confundida. Me dejé caer sin entender nada. Emir, sin dudas, es un hombre con muchos problemas mentales… o mis habilidades de seducción son realmente terribles. Lo mejor será pedirle más consejos a mi hermana cuando regrese. Si ya no tengo escapatoria, al menos iré con la persona que más confianza me da.
Caminé despacio hasta el tocador. Sobre mi garganta seguía firme aquella venda tan bien colocada; apenas había logrado hacerme un rasguño diminuto, nada grave en absoluto. Pero estaba tan asustada que preferí fingir desmayarme antes que enfrentar la furia del joven amo. Sin embargo, ni en mis pensamientos más locos imaginé un escenario así, ser yo la rechazada, y mi mentira descubierta tan pronto.
Me desvestí lentamente mientras veía cómo la tina se llenaba de agua caliente. Mis mejillas ardían de vergüenza por haber sido tan descarada, por entregarme en bandeja de plata al mismísimo lobo. Tras bañarme, bajé con pasos cautelosos. Afuera todo era un caos, gritos, platos rompiéndose contra el suelo. Vi cómo Camilo sostenía del cuello al hermano de Selina y le destrozaba el rostro de un puñetazo
que lo hizo tambalear; la sangre manchaba el mármol… y lo único en lo que podía pensar era en que sería yo quien tendría que limpiar todo aquel desastre.
—¿Qué haces aquí, Elena?
Al voltear, vi a la única señora mayor del lugar, la señora Margarita.
—Vine a seguir trabajando, señora. _ le informé de inmediato haciendo una leve reverencia.
—¡Estás loca!. El joven ya dio orden de que no tienes permitido salir de tu habitación.
¿Emir le había encargado a la jefa de servicio que no me dejara salir?
—Vete… vete, niña, antes de que te vea y te metas
en problemas otra vez.
Sus manos firmes me empujaron de regreso a mi
cuarto. Pero la curiosidad pudo más. Volví a asomarme tras escuchar que sus pasos se alejaron lo suficiente, sería la oportunidad perfecta para escapar aprovechando el alboroto de la sala.
Me pegué a la pared, deslizándome en busca de una ventana abierta. Toda la atención estaba puesta en el centro de la estancia, Selina parecía fuera de sí, sosteniendo un florero, lista para estamparlo en la cabeza de su amado esposo; otras dos personas intentaban detenerla, sin éxito alguno. Sonreí, divertida, mientras corría con cuidado la cortina.
—Así que tú eres Elena.
Aquella voz dulce me dejó helada, inmóvil. Ni siquiera me atrevía a voltear. Nuevamente me habían atrapado, y sin dudas esta vez no contaría con la misma suerte.
—Si te atreves, vete —insistió la voz a mi espalda—. Salta esa pared y corre. Yo no diré nada.
¿De verdad aquella persona era mi salvación…? O mi condena definitiva.
