Capítulo 7 Un juego cruel.
Elena
Estaba justo frente a mis ojos, la brisa suave de la noche golpeaba mi rostro, la luna brillaba con intensidad, indicándome el camino que podía llevarme hacia mi tan anhelada libertad. Frente a mí, una fila de autos de lujo; cualquiera de ellos sería mi escape perfecto. Podría colarme en alguno, salir para jamás regresar… ¿pero por qué, entonces, no lograba borrar de mi mente esa mirada de Emir?
Enterré las uñas con fuerza en la madera. Qué estupidez dudar. Llevo años encerrada y ahora, en el momento definitivo, siento que si me voy, él sufrirá.
—¿Por qué dudas, Elena? —insistió otra vez esa voz—. Tu libertad está justo frente a ti. Te prometo que no diré nada. En breve lograrán a calmar a Selina y los invitados comenzarán a irse. ¿Es que acaso no quieres escapar?
—Sí quiero, de verdad que sí… pero si yo me voy, María pagará las consecuencias. No puedo dejar a mi hermana.
Bajé con cuidado y volví a cerrar la ventana. Mis ojos no se apartaron ni un solo instante de la luna.
—Sin dudas, esta noche es hermosa. Me alegra haberla podido ver —dije con una sonrisa.
Nunca he tenido nada que realmente me pertenezca; soy feliz con las pequeñas cosas, y esta será, sin duda, una de mis favoritas. Al darme la vuelta, aquella mujer ya no estaba. Tal cual ella había dicho, el bullicio disminuyó. La gente empezó a abrigarse junto a la puerta, lista para marcharse; el sonido de los motores acelerando me confirmó que, efectivamente, había desperdiciado mi oportunidad.
Vi llegar a María con una botella de agua y dos sándwiches entre los brazos, con esa sonrisa a la vez preocupada y aliviada.
—¿Qué haces en el pasillo?
—Esperándote.
La abracé por la cintura apoyando el mentón en su hombro mientras regresábamos a la habitación.
—Veo que ya estás mejor, pequeña traviesa… no tienes idea del susto que me diste —me regañó con dulzura, tirando suavemente de un mechón de mi cabello aún húmedo.
—Perdóname, hermana. Nunca más lo volveré a hacer.
—Tu cabello es tan bonito… así, al natural. Me encantan tus rulos salvajes y alborotados. Es una lástima que nos obliguen a mantenernos impecables todo el tiempo. _ resopló frustrada.
—
Son tan hipócritas, nos exigen vernos perfectas, y sin embargo, cuando nos tienen entre sus brazos, mueren por vernos desarregladas.
No supe qué responder. Ese mundo de alcoba y sábanas era ajeno para mí, pero si debía ser honesta conmigo misma, todavía no podía apartar la sensación de sus manos acariciando mi piel… ni la de sus besos, tan salvajes…
—No escuches mis tonterías —dijo de repente—. Es mejor así; no dudo que el joven amo se volvería loco si te viera al natural, tan hermosa.
—Tú eres hermosa.
— le respondí entre sonrisas.
—Tú lo eres más. Me alegra ver que estás más tranquila y relajada. Por favor, prométeme que nunca en tu vida volverás a intentar hacerte daño. Juralo, Elena.
—Te lo juro por mi honor mexicano.
Entrelazamos nuestros dedos meñiques sellando aquel pacto. Sobreviviríamos como fuera, sin importar qué.
Sentadas en la cama, comiendo esos sencillos, pero deliciosos sándwiches, mientras le contaba lo sucedido, buscando en ella una respuesta clara.
—No mames… ¿de verdad se te achicopalo? —Amaba esos momentos en que podíamos expresarnos tal cual éramos.
En este lugar debíamos comportarnos como ellos querían; si alguien nos escuchaba hablar así, podríamos pasar una semana encerradas en el sótano. Gracias a esos castigos, casi todas aquí habíamos olvidado de dónde veníamos y, prácticamente, quiénes éramos antes de llegar.
—Te lo juro, mana. Pensé que yo era la que estaba perdida en esto.
—La verdad es que lo estás
— se burló
—
, pero esto es una clara ventaja, Elena.
—¿De verdad? —pregunté, sinceramente sorprendida.
—Tú sí que eres mensa —su dedo golpeó suavemente mi frente—. Al principio el joven amo te buscaba porque no podía tenerte, pero ahora que eres tú quien lo busca a él, lo has dejado descolocado. No sabe cómo reaccionar y, si sigues así, puede que incluso te desprecie.
Quería creerle con toda mi alma. Ser despreciada parecía el mejor de los destinos… pero estaba segura de que Emir no se detendría hasta tenerme. Quizás solo sintió lástima por mí en ese momento, pero su lástima, al igual que su paciencia, tenían límites muy estrechos.
—No me atrevo a arriesgarlo todo por una corazonada.
—Eso también es verdad. Si nos equivocamos, vas a terminar muy mal. Con esos tipos nunca se sabe.
Me dejé caer, sintiéndome agotada. Era tan desgastante vivir así cada día… Me acurruqué a su lado y cerré los ojos mientras ella acariciaba mi cabello. Algún día… algún día nos iremos de aquí las dos juntas.
La mañana llegó con el sonido nítido de pasos en el pasillo. La reunión había terminado y ahora nos tocaba trabajar a todas. Busqué a María a mi lado, pero su sitio estaba vacío. Sobre la mesita de noche, junto a la imagen de mi querida virgencita, había un vaso de leche aún humeante y dos pastillas para el dolor.
Con el cuerpo helado y la mente clara, el dolor regresó por fin; la adrenalina me había abandonado por completo y ahora debía afrontar las consecuencias de mis actos estúpidos.
Al salir, vi que todas ya estaban en sus tareas. En el comedor solo quedaban Emir y Camilo, conversando con seriedad. Una de las razones por las que nunca logramos escapar era todo lo que veíamos, escuchábamos y sabíamos. Una sola palabra y sus vidas estarían en peligro, así que preferían acabar con las nuestras primero.
—Elena, hoy te toca la habitación del joven amo —dijo una voz a mis espaldas.
Sonó tan fuerte que ambos hombres se giraron a mirarme de inmediato. Emir frunció el ceño; Camilo me sonrió con discreción.
—Ya… ya voy.
Corrí apresurada, sin saber muy bien hacia dónde, llevando todo lo necesario. Odiaba limpiar su habitación, pero ¿cómo negarme después de lo que hice ayer?
Para mi sorpresa, la cama estaba casi intacta, nadie lo había acompañado. Sin botellas vacías, sin desorden, sin rastro de otra mujer. Solo su perfume en las almohadas, su pijama sobre el sillón, su arma sobre la mesa de noche y un vaso de whisky a medio terminar.
Cambiaba las sábanas con cuidado cuando algo rodó por el suelo llamando mi atención. Me incliné para ver qué era y, de pronto, una presencia me envolvió por detrás.
—Tan temprano y ya tentándome así, Elena.
Maldición… casi se me sale el corazón del pecho al escuchar su voz ronca tan cerca. Emir me sujetó con firmeza por la cintura y me hizo girar para mirarlo a los ojos. Tenía la camisa entreabierta, dejando ver su pecho.
Ni siquiera me dio tiempo a responder; me arrinconó contra la cama, acercando su cuerpo al mío hasta que pude sentir el calor que emanaba su piel.
—Señor… —mordí los labios al sentir su tacto en mi cuello, con la mirada fija en los suyos.
¿Por qué mi cuerpo reacciona así de repente? No, Elena… no puedes sentir nada por este monstruo despiadado, no puedes caer en su juego cruel.
