Capítulo 3 Está despedida
Sintió que le caía un balde de agua helada sobre el cuerpo, y solo así fue incapaz de contener las lágrimas. Y sus padres, además, no podrían con la noticia de que tanto sacrificio habría sido en vano. Toda una vida de esfuerzos, de privaciones, de noches en vela, resumida en una carta de despido que ni siquiera llevaba su nombre bien escrito. Ese hombre no sería capaz de hacerle algo así por una simple discusión, por un tonto malentendido ¿o sí?
De haber sabido que era el hijo de Bastian se hubiese metido la lengua en el trasero y habría intentado salir del caso por voluntad propia sin decir una palabra. Se habría inventado una enfermedad crónica hasta que Zoé Walls y su bebé salieran del hospital, si era necesario. Cualquier cosa con tal de no estar en el centro de aquella tormenta. Pero no, ella había tenido que abrir la boca, tenía que haber dejado que el hombre se desahogara y luego, con calma, explicarle lo que nadie quería escuchar.
—Tiene que haber algo que podamos hacer —agregó, aparentando la calma que obviamente no tenía.
—En este momento debe estar con el director exigiendo tu despido, no creo que haya algo más que intentar —refutó Fabio, empeorando todavía más las cosas, en lugar de animarla.
—Por Dios, Fabio, hablas como si no te importara mi despido —le hizo saber con la mano en el pecho, porque no le vio ni pizca de preocupación. De los demás lo entendía, había tenido sus riñas con la mayoría, pero de él no se esperaba esa reacción.
—Sí me importa, y lo sabes —se apresuró en aclarar—, solo veo el lado bueno.
—¿Lado bueno? ¿Dónde está lo bueno en que quieran acabar con mi futuro? —cuestionó, con un nudo en la garganta.
—Hace un año te propuse aquel doctorado en Delhi y dijiste que era muy apresurado, que apenas te estabas encariñando con el Hospital.
Recordó sus palabras aquella vez, ella lo tenía todo, acababa de ser nombrada jefa del equipo de cirugía y sus padres por fin se habían mudado a Nueva Jersey con ella, a pocas cuadras de su casa. No podía irse cuando había conseguido dos de sus mayores sueños en aquel entonces. La propuesta le había parecido una locura, un salto al vacío cuando por fin tenía los pies sobre terreno firme.
—La propuesta sigue en pie —recalcó, recostándose en el respaldo de la silla—. Mi tío continúa dirigiendo la clínica en Delhi y estaría encantado de recibirte. Podrías hacer el doctorado, trabajar allá y comenzar de nuevo.
—¿Comenzar de nuevo? —repitió, sintiendo un vacío en el estómago—. Fabio, mi vida está aquí.
—Lo sé, no te estoy pidiendo que abandones todo lo que has construido, solo...
—Mis padres están aquí.
—También lo sé, de eso no hay dudas. He estado ahí contigo en cada logro que has tenido, sé cuánto esfuerzo pusiste y no quiero sonar entrometido pero podrías al menos por una vez pensar más en ti.
—Siempre pienso en mí —se apresuró en aclarar, nadie tenía que recordarle lo que valía porque su autoestima estaba por las nubes.
—Pero antes de hacer lo que tú quieres siempre piensas en las consecuencias para tus padres.
La observó en silencio unos segundos y, por alguna razón, sintió que quería decirle algo más, pero terminó guardándoselo.
—Solo quiero que tengas opciones, Cielo.
Bajó la mirada hacia sus delgadas manos. Tenía los dedos fríos y apenas pudo pensar con claridad. Delhi. La sola idea le producía un cosquilleo incómodo, una mezcla de alivio y vértigo. Empezar de cero, con una maleta y un título manchado, no era precisamente el plan que había dibujado para sí misma.
—Ni siquiera sé si me van a despedir.
Fabio dejó escapar una pequeña sonrisa cansada, era tan pero tan obvio: —Conociendo a Christian Walls, yo no apostaría demasiado por tu permanencia.
—Qué hombre tan desagradable —murmuró, con una mueca de desagrado.
—Está desesperado, es normal que reaccione así.
—Y yo también lo estoy. La diferencia es que no voy por ahí destruyendo la vida de las personas.
Fabio no respondió, se limitó a mirarla durante unos segundos antes de tomar una carpeta y dejarla sobre el escritorio: —Piénsalo. Delhi no es una mala opción.
Asintió sin muchas ganas, y le sonrió triste: —Lo pensaré.
Un par de golpes en la puerta interrumpieron la conversación y una secretaria asomó la cabeza.
—Doctora Campbell, el director desea verla en su oficina.
Fabio y Cielo se miraron al mismo tiempo, no hizo falta decir nada, los dos supieron para qué la llamaban.
El director del hospital la recibió de pie, con las manos entrelazadas delante del cuerpo y una expresión incómoda que le confirmó lo que se imaginaba. Cerró la puerta detrás de ella y tomó asiento.
—Doctora Campbell —empezó, con su sonrisa fingida detrás de esos dientes perfectos. Combinaban muy bien con su cabello blanco y con la camisa que llevaba debajo del impecable saco—, antes que nada quiero decirle que el hospital valora profundamente su trabajo y el compromiso que siempre ha demostrado con sus pacientes.
¡Qué frase tan elegante para despedir a alguien! Casi tan elegante como las flores en un velorio.
Ella apretó las manos sobre su regazo y suspiró, sin nada que pudiera decir para hacerlo cambiar de opinión.
—Entiendo.
Él bajó la mirada hacia unos documentos.
—Los acontecimientos ocurridos esta mañana durante la reunión médica han generado una situación complicada para la institución.
"Situación complicada", otra forma bonita de decir que un hombre rico está molesto. Así funciona todo aquí, bueno, en todas partes.
—El señor Christian Walls ha presentado una queja formal y la junta administrativa considera que lo mejor es prescindir de sus servicios a partir de hoy.
A partir de hoy, «jmmm», ni siquiera le daban tiempo para despedirse de sus pacientes. Ni para recoger sus cosas del casillero. Ni para devolver la bata que llevaba siete años poniéndose cada mañana.
Tragó con dificultad, intentando mantener la compostura, y le respondió con una pizca de esperanza, porque al menos debía intentarlo: —¿Esta decisión es definitiva?
El director guardó silencio unos segundos, se apoyó de los codos sobre su escritorio y se inclinó hacia adelante para susurrar audiblemente: —Lo lamento mucho, doctora.
Asintió despacio porque no quería llorar delante de él, no quería darle ese gusto a nadie. Se puso de pie y tomó la carta que él extendía hacia ella.
—Gracias por la oportunidad —dijo, aunque sentía que las palabras le sabían amargas.
Salió de la oficina con la cabeza en alto, pero apenas dobló el pasillo sintió que todo se derrumbaba. Fueron tantos años de estudio; guardias interminables, siete cumpleaños perdidos; las terribles madrugadas de invierno y los sacrificios inhumanos que hizo cuando trabajaba a medio tiempo para traer a sus padres con ella. Todo arruinado por una discusión de diez minutos. Diez minutos que ni siquiera fueron culpa suya del todo, porque decir la verdad no debería costarle el título a nadie.
Entró al ascensor y las lágrimas empezaron a caer antes de que las puertas se cerraran. En el espejo del ascensor vio su reflejo: la bata blanca, el uniforme azul oscuro, la carta arrugada entre los dedos. Y por un segundo, solo por un segundo, se permitió odiar a Christian Walls con todas sus fuerzas.
