Capítulo 6 ¿Larson es su novio?

No pudo evitar soltar una pequeña risa: —No. Es mi amigo, y compañero de trabajo. Se podría decir que es mi jefe.

La palabra «jefe» quedó flotando entre los dos con un peso que a Cielo no le gustó.

—¿Solo su amigo?

Ahora sí le pareció extraño, e insistió: —Sí, Christian. Solo mi amigo.

No sabía por qué sentía la necesidad de aclararlo, pero lo hizo de todos modos. Lo dijo más para sí misma que para él.

—Nos conocemos desde hace años. Él trabaja en el hospital y su familia tiene varias clínicas en distintos países. Hace tiempo me ofreció hacer un doctorado en Delhi.

—¿Y aceptó?

—Todavía no.

Christian volvió a quedarse callado; sin embargo, siguió cuestionando: —¿Por qué?

Se encogió de hombros antes de contestarle, extrañada por tantas preguntas.

—Porque tenía trabajo, tenía mi vida aquí y no pensaba irme al otro lado del mundo.

Una sonrisa amarga apareció en sus labios al decirlo, y se le escapó un suspiro.

—Ahora las cosas son un poco diferentes.

No sabía si entendía lo que quería decir, pero tampoco pensaba explicárselo. Christian bajó la mirada hacia la carpeta y pasó una página sin realmente leerla.

—Entonces sabe bastante sobre esa clínica.

—Sé lo suficiente para confiar en ellos.

—¿Y Larson quiere que se vaya con él?

Lo miró con incredulidad.

—¿Por qué le interesa tanto lo que Fabio quiera hacer conmigo?

—Estoy intentando entender todas las opciones, soy extremadamente desconfiado, son dos vidas en juego.

La verdad no sabía qué tuvieran que ver su esposa y su bebé con el tema, pero igual, desconfiado era poco. Cada respuesta suya parecía una pieza que él colocaba en un tablero que solo él veía.

—Pues pregúntele directamente a él. Yo no soy su representante.

Christian levantó la mirada y pareció molesto.

—No necesito hablar con Larson.

—Entonces no entiendo por qué sigue preguntándome por él.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Hasta que finalmente, Christian cerró la carpeta y se recostó contra el respaldo.

—Porque necesito encontrar la mejor opción para mi hijo.

La forma en que lo dijo consiguió que ella dejara de estar a la defensiva. No podía imaginar lo que debía estar sintiendo. Ayer llegó al hospital pensando que iba a perder a su esposa y ahora también tenía que enfrentarse a la posibilidad de perder al hijo que esperaba con ella. Cielo lo estudió un momento: el cansancio le colgaba de los párpados, pero la voz le salía firme. No era el mismo hombre que la había humillado en el estacionamiento.

—Entiendo que quiera hacer todo lo posible por salvar esa posibilidad —dijo con más calma—, pero no debería tomar ninguna decisión apresurada.

—Eso es exactamente lo que estoy intentando evitar.

—Entonces necesita una clínica especializada.

—Y usted conoce una, claro está.

Asintió: —Sí.

Tomó el teléfono que estaba sobre su escritorio y lo dejó nuevamente en su lugar sin marcar ningún número.

—¿Podría ayudarme a conocer el procedimiento?

No esperaba esa petición, pero movió la cabeza en afirmación. Aquello era genial: ella ayudando al hombre que logró su despido y amenazó con manchar su expediente.

—¿Por qué yo?

—Porque usted es especialista en obstetricia y conoce ese tipo de procedimientos. Además, trabajó con mi esposa.

Había algo extraño en escucharlo decirlo de esa manera. Ayer parecía convencido de que ella no sabía hacer su trabajo y ahora estaba sentado frente a ella pidiéndole que lo orientara.

—Puedo explicarle algunas cosas, pero no puedo tomar decisiones por usted.

—No se lo estoy pidiendo.

Asintió y se levantó de la silla; ya creía que era suficiente y no pretendía hacerle más favores. De hecho, no sabía ni por qué había aceptado ayudarlo.

—Entonces eso es todo.

Christian también se puso de pie y aclaró: —Por ahora.

Lo miró esperando que dijera algo más, pero no lo hizo, así que tomó su bolso y caminó hacia la puerta.

—Doctora Campbell —la llamó, y de una extraña forma se le erizó la piel. Se detuvo y giró el rostro.

—¿Sí?

—No le he pedido que acepte ningún trabajo ni que haga nada relacionado con mi familia.

—Ya se había dado cuenta. Para él, esto era un favor.

—Solo quería hablar con alguien de su conocimiento.

—Lo entiendo, y espero que todo se solucione pronto. Aunque con lo que me hizo no debería siquiera haber venido aquí.

—Nadie la obligó, doctora. —Y tenía el descaro de decirlo, era impresionante.

—Vine porque me citó para una propuesta, pensé que me pediría disculpas o me dejaría retomar mi trabajo.

—Yo no me disculpo cuando es evidente que tengo la razón, y le mentí porque de lo contrario no vendría. Y siéndole sincero, sí tenía una propuesta, pero creo que me equivoqué al pensar que usted podría ser la indicada —siseó, admitiendo que había jugado con su integridad porque era evidente cuánto amaba su trabajo. Cielo se preguntó dónde había quedado su conversación ligeramente cordial.

Se le escapó una sonrisa de decepción, y lo recorrió de arriba abajo con desdén: —Me ofendiste ayer, te burlaste en el estacionamiento, luego mentiste para que viniera hasta aquí, y ahora demuestras por cuarta vez lo insolente que eres. No sé qué es peor, que seas un multimillonario engreído o que no pases de un ser infeliz incapaz de ver sus defectos. Siento que te divierte joder a todos a tu alrededor. Tampoco entiendo a qué se refiere con que no soy la indicada, y le diré algo: no me interesa en lo absoluto la aprobación de alguien tan narcisista y maleducado.

Christian entrecerró los ojos, y por un instante Cielo creyó ver algo que no era del todo desprecio. Era como si sus palabras le hubieran tocado una fibra que él no esperaba que nadie tocara.

—No le he pedido que me psicoanalice —bromeó, y le irritó tanto que soltó otra carcajada irónica.

—¿Tienes la palabra «no» programada? ¿No sabes hacer otra cosa que no sea justificarte o negarlo todo?

—Lo que no tengo es tiempo para seguir escuchándote, así que si me permites te acompaño a la puerta.

No podía creerlo, juraba que no podía. Pero caminó hacia él para enfrentarlo. Le dio un par de golpes con su dedo índice en el pecho y soltó entre dientes:

—Casi pero casi sentí lástima por ti, pero ni eso te mereces. Quizá Zoé esté mejor descansando de un hombre como tú, aunque deberías estar en su lugar mientras ella disfruta de su embarazo como cualquier otra futura madre.

Sus ojos azules estaban abiertos como platos e inyectados en sangre. Ella respiraba con furia, y él ni se diga. Se separó de su aura caótica y, luego de abrir y azotar su puerta, se largó de su oficina sintiendo las lágrimas quemarle las mejillas. No miró atrás. No pensaba darle el gusto de verla quebrarse en el pasillo.

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