Capítulo 3 Capítulo 3
La mañana en la mansión Lombardi comenzó con el sonido del cristal chocando contra la porcelana.
Las personas en la mansión corrían de lado a lado agitadas por la llegada de una mujer.
Luciana había bajado temprano, buscando pasar desapercibida, pero se encontró con un ambiente aún más gélido que la de la noche anterior. Había escuchado gritos, disparos y un par de cosas más que no le permitieron dormir.
Antes de que pudiera llegar a la cocina, un aroma a perfume elegante inundó el pasillo.
Entonces la vio. Una mujer elegante caminaba por la estancia como si fuera la dueña de cada partícula de aire que respiraba. Vestía de negro riguroso, con un moño perfecto y joyas que costaban más que la casa de Luciana.
Adriana Lombardi, pasó justo frente a ella, con prepotencia y evidente desagrado.
Al ver a Luciana, Adriana se detuvo. No hubo un saludo, solo sus ojos la observaron con una frialdad que la heló, una frialdad que recorrió a Luciana de los pies a la cabeza, deteniéndose en su rostro con fiereza.
Luciana sintió un escalofrío. Aquella mujer no necesitaba hablar para dejar claro que la presencia de Luciana no era de su agrado.
Enzo llegó hasta ahí luego de que uno de sus empleados le indicó que su madre había llegado.
—Fuera —ordenó Adriana a Luciana con una calma aterradora, señalando el jardín con un gesto de la mano—. Quiero hablar con mi hijo.
Luciana le dio una mirada a los dos y no tardó en reaccionar, salió de allí incluso más rápido de lo que pensaba.
Adriana caminó saliendo de allí, Enzo la siguió y luego de entrar, cerró la puerta detrás de él.
Minutos después, en el despacho de Enzo, el aire era asfixiante. Él estaba de pie frente a la ventana, observando a Luciana a lo lejos, quien caminaba por el césped de la mano de Emily.
—¿Has perdido el juicio, Enzo? —La voz de Adriana cortó el silencio, él esbozó una sonrisa de lado y no respondió—. He visto a esa muchacha. Es joven, es hermosa y tiene esa mirada de yo no fui. Te recuerdo que tu hija no debe ver un desfile de mujeres.
Enzo rodó sus ojos, ella parecía un ogro, estaba hecha una furia.
—¿Qué hace aquí esa mujer?
—Es la niñera, madre —respondió Enzo sin girarse—. La anterior se fue sin previo aviso y tuve un problema con unos hijos de puta que se metieron con mis tierras. Necesitaba a alguien para cuidar a Emily.
Adriana soltó una risa seca, carente de humor.
—Hay miles de mujeres en esta ciudad con experiencia. Pero has elegido a una seguramente por su rostro. Conoces bien cuál es tu mayor debilidad, hijo. Siempre lo han sido.
Enzo tensó los hombros, pero no respondió.
—Las mujeres hermosas nunca han sido una distracción menor para ti —continuó ella, acercándose a él—. Son un problema. Son grietas. Tu padre cayó por una cara bonita, y no permitiré que tú cometas el mismo error. ¿Entiendes?
—No soy como mi padre. Y me ofende que me compares con alguien como él… escúchame bien madre, lo único que me importa de ese hombre es seguir con el negocio, porque si pudiera devolver el tiempo, me aseguraría de no llevar su sangre.
Adriana sonrió con ironía, ellos eran como dos gotas de agua. Por eso ella haría hasta lo imposible por evitar que su hijo cometiera los mismos errores.
—Cuando un par de piernas quieren tener el control de un hombre, creeme que hacen hasta lo imposible por lograrlo. Busca a alguien distinto. Alguien menos... llamativo. Alguien que no represente una tentación constante cada vez que cruces el pasillo por la noche.
Enzo se giró por fin. Su rostro era una máscara de frialdad absoluta, la misma que usaba cuando negociaba, cuando acababa con la vida de alguien.
—Es algo temporal —dijo con seguridad—. No significa nada. Está aquí por la niña y en cuanto encuentre un reemplazo, se irá. Madre, no necesito tu aprobación para el manejo de las cosas que tienen que ver con mi hija.
Enzo no elevó la voz ni mostró molestia, pero su madre notó que sostuvo su mirada por más de un segundo, retandola.
Ella no insistió, ya había dado una orden y sus órdenes se respetaban y si su hijo no quería obedecerla, ella haría todo por cumplir su palabra.
Antes de abandonar la mansión, Adriana se detuvo analizando a la mujer que le hablaba con dulzura a su nieta, usandola.
Luciana, que regresaba con Emily, se detuvo al verla. La madre de Enzo la observó una vez más, esta vez con una atención mayor, como si estuviera midiendo el alcance del daño que aquella joven podría causar a su familia con un mínimo esfuerzo.
Luciana sintió que esa mirada la atravesaba por completo. No comprendía por qué aquella mujer la veía con tanto desprecio cuando ella solo intentaba cuidar de la niña, y hacer un buen trabajo.
Cuando el carro de Adriana desapareció por el camino de grava, Enzo salió. Se quedó allí, observando a Luciana desde lo alto de los escalones de piedra. Sabía que su madre tenía razón. Despedirla en ese mismo instante era lo correcto, lo lógico, lo seguro.
Un hombre en su posición no podía permitirse el lujo de la distracción, y menos de una que le recordara que todavía tenía sangre caliente en las venas.
Luciana levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Por un breve segundo, el muro de frialdad de Enzo flaqueó. Vio la confusión en los ojos de ella y la forma en que Emily se aferraba a su mano.
—¿Señor Lombardi? —preguntó ella, intrigada por su silencio—. ¿Ocurre algo?
Él apretó los puños dentro de los bolsillos de su pantalón. La orden de despido estaba en la punta de su lengua, pero las palabras se negaron a salir. Su hija inconscientemente no se lo permitía.
Él se dio la vuelta y entró en la casa, cerrando la puerta con una firmeza que resonó en todo el lugar Había tomado una decisión, una pequeña decisión, pero sabía, en lo más profundo de su ser, que acababa de cometer el error más peligroso de su vida.
