
La tentación del mafioso
Gio Escritor · En curso · 166.2k Palabras
Introducción
Ella es una mujer dulce, hermosa e inteligente. Que no teme enfrentarse al mismísimo demonio, como suelen llamar a Enzo.
Enzo es un hombre frío, arrogante y peligroso. Nadie puede decirle que no y las traiciones se pagan con sangre.
Para Enzo no hay nada más importante que su hija, ella es su única debilidad, todo hasta que Luciana entra a su vida.
Luciana llega a cambiar la vida de Enzo, sin que ninguno de los dos lo espere.
Ella será su tentación, su debilidad… y él será eso que Luciana no sabía que necesitaba.
Dos polos opuestos, y mucha atracción difícil de contener… ¿Qué podría salir mal?
Capítulo 1
Luciana se sentó en el borde de la calle, las lágrimas estaban a punto de salir rodando por sus mejillas.
Un día más en el que aún no tenía la suerte de encontrar trabajo.
El dinero se iba acabando y las medicinas para su padre se estaban agotando con tanta rapidez que sentía como la desesperación comenzaba a aparecer.
Las opciones se estaban acabando.
Luciana observó su teléfono, Aurora su amiga la llamó con insistencia.
—¿Cómo estás? —Aurora fue la primera en hablar, ella era la única que conocía a la perfección todo lo que Luciana tenía que luchar para poder sacar a su familia adelante—. ¿Pudiste conseguir algo?
—No, nada —respondió Luciana con su voz quebrada—. Y yo… no sé qué hacer la verdad.
—Sabía que eso podía pasar. Llevas varios días. Por eso me adelanté. Mi jefe tiene algunos contactos y hay alguien que necesita una niñera. Tengo entendido que es un empresario.
Luciana se levantó de inmediato con una sonrisa en su rostro.
—Dime por favor que dijiste que sí —habló Luciana en forma de súplica.
Luciana apretó el teléfono contra su oreja, ignorando el ruido del tráfico de la ciudad que estaba atrás.
—Obvio, puede que sea difícil. Pero la paga es tres veces lo que ganabas en la cafetería. Mañana mismo empiezas.
Luciana apretó sus labios con alegría.
—Sin embargo, debes irte, debes vivir en la casa de esa familia. Pero no te preocupes, yo te ayudaré con tu papá.
Luciana dio algunos saltos cargados de emoción.
—Te juro que te pagaré —dijo Luciana con evidente felicidad—. Eres la mejor, te juro Aurora que eres la mejor.
—Lo sé, soy la mejor… Te va a ir bien, amiga. Te lo mereces. Cuídate mucho y llámame en cuanto veas si el jefe es un viejo amargado o un modelo de revista.
Luciana terminó la llamada. Iba a conservar ese trabajo, pagaría las deudas de su familia y compraría los medicamentos de su padre.
Luciana corrió hasta su casa, guardó algo de ropa en una maleta pequeña y salió rumbo a la dirección que su amiga le dio.
Antes de irse, se despidió de su padre. El alzheimer estaba deteriorándolo poco a poco.
Y eran escasas las veces que podía reconocerla.
Aún así, Luciana buscaba la manera de darle lo mejor.
El taxi se detuvo frente a una enorme casa, una mansión gigante.
La seguridad del lugar era bastante exagerada para un empresario.
Ella ingresó al lugar. Era sombrío, demasiado frío.
Luciana observó algunas fotografías que estaban sobre una pequeña mesa.
Entre tanto, Enzo bajó de la camioneta luego de llegar de su fábrica. Estaba completamente estresado, uno de los hombres que trabajaba para él lo había robado.
Su camisa estaba manchada de sangre. Le había hecho pagar hasta el último centavo con cada golpe que le dio. Y ahora su cuerpo serviría para dejarle una advertencia a cualquiera que se atreviera a quererle jugar sucio.
Él caminó con pasos largos directo a su despacho, sin embargo, algo lo detuvo.
La miró de arriba a abajo, una mujer joven, con un vestido corto. Su mirada cayó sobre sus piernas sin un poco de disimulo.
Él lamió sus labios, no solía llevar mujeres hasta su casa a menos de que fuera a pasar la noche. Solo las usaba para pasar el rato, las mujeres eran una maldición en su familia, provocaban perdición y eso él lo tenía muy claro.
—¿Quién eres tú? —Luciana pegó un salto cuando escuchó esa voz ronca detrás de ella.
—Yo… yo soy la niñera, Luciana Rossi —respondió ella mirándolo a los ojos.
Aunque la mirada de él, no precisamente estaba en los ojos de ella.
Enzo la miró de nuevo de arriba abajo, el cuerpo delgado, sus ojos azules y aparentemente inocentes.
—¿La niñera? —él soltó con una risa burlona—. Pedí a alguien experimentado, no voy a poner a Emily en manos de alguien así. Puedes regresar por donde viniste. No te necesito.
Luciana abrió sus ojos, no podía perder el trabajo sin ni siquiera haberlo intentado.
—Pero… señor le aseguro que no tiene argumentos para decir que no soy apta para poder encargarme de su hija. Por algo estoy aquí.
—Si puedo decir que no es apta. Solo mírate. ¿Crees que esa es la forma de vestir?... Tu vestimenta es una falta de respeto a los valores que quiero para mi hija —él hizo una pausa—. ¿Dime algo, viniste para tu primer día de trabajo o hacerme un show personal? Conozco muy bien a las mujeres de tu clase.
Luciana abrió sus ojos, estaba ofendida.
No obstante, en esos momentos esta era la mejor opción.
—¿Por un vestido? —Luciana sintió que el calor le subía a las mejillas, no de vergüenza, sino de indignación—. He viajado dos horas, he rechazado otras ofertas porque ustedes tenían urgencia —mintió—. Le juro señor que mis valores son los mejores. Y no pienso irme de aquí hasta demostrarlo.
Enzo subió una de sus cejas. Dio media vuelta para ir directo a su despacho.
—No me interesan tus excusas. Sal ahora mismo antes de que haga que te saquen, a mi nadie me contradice.
Enzo le dio la espalda, decidido a borrar su presencia de su casa. Luciana, con los ojos empañados por la rabia, agarró su maleta, había gastado el poco dinero que tenía para poder llegar hasta ahí y ahora… no sabía que hacer.
Ella dio media vuelta, dispuesta a salir de aquel lugar.
Enzo miró su teléfono antes de atravesar la puerta del despacho. Su expresión, ya de por sí dura, se transformó en una máscara de furia y odio.
—¿Qué? —cuestionó con voz fría—. ¿Cuántos son?
Hubo un silencio tenso mientras él escuchaba al otro lado de la línea. El aire en la habitación pareció cargarse de incomodidad. Luciana no pudo evitar escuchar.
—No me importa quiénes sean. Si han pisado mis tierras, no saldrán caminando. Voy para allá. Preparen a los hombres… Y quiero que los tengan allí, veremos si son capaces de verme la cara teniendome al frente.
Enzo colgó y soltó una maldición entre dientes. Miró hacia arriba, hacia la planta superior, donde su hija de tres años, Emily, dormía la siesta.
No tenía idea con quien dejar a su hija en esos momentos… no confiaba en nadie.
—¡Espera! —él llamó su atención.
Ella se giró lentamente, con la barbilla en alto. Enzo se acercó a ella con pasos rápidos y decididos.
—Tendrás una oportunidad… solo una.
—Pero pensé que yo no "encajaba" —dijo ella intentando mostrarse enojada.
—Las circunstancias han cambiado —la interrumpió, tomándola del brazo para atraerla de nuevo hacia el centro del vestíbulo—. Tengo una emergencia. Debo salir de inmediato y no puedo dejar a mi hija sola con el personal de seguridad, no tienen idea como cuidar a una niña. ¿Aceptas?
—Está bien, le demostraré que sé hacer bien mi trabajo y no se arrepentirá.
—Eso espero, porque si algo sale mal, si cuidas mal a mi hija, me pagarás con tu vida.
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