Capítulo 7 Capítulo 7

Aiden:

—Hola, Aiden —me dijo una voz dulce y que yo muy bien sabía reconocer. Bajé la mirada hacia ella y le regalé una sincera y cálida sonrisa, de esas que Maddie (a diferencia de muchas personas que conocía) me daba. 

—Hola, Maddie —dije con fingida tranquilidad. 

No lo podía negar, me ponía nervioso apenas oía que la nombraban. Ella era de esas chicas que parecen engreídas, pero que, cuando la conoces, te das cuenta de que tienen un enorme corazón, y creo que por eso me gustaba tanto. Era la primera que no me trataba igual que los demás compañeros.

—¿Te gustaría ser mi compañero? 

No hacía falta sopesar una respuesta, la palabra «sí» salió de mi boca y la vi sonreír otra vez, satisfecha y contenta. Yo también me alegraba de ser su compañero en la temática «chico y chica» de la clase de educación física. De todas formas, si ella no venía a pedírmelo, yo iba a ir hacia ella por más nervioso que me pusiera. Maddie me gustaba mucho y, si todo iba a bien, podíamos llegar a ser algo más... 

—Entones... ¿cómo has estado? —preguntó.

Esa era otra cosa que me atraía tanto; casi nadie de mi misma edad me preguntaba cómo era que estaba. Ni siquiera mamá... pero claro, eso era porque a esa mujer yo no le importaba nada. 

—Bien —mentí. 

—¿Qué te pasó en el ojo? 

—No es nada. 

—¿Cómo que no es nada? —replicó. 

Si ella supiera otra vez que el idiota de su exnovio y sus amigos me arrinconaron en la entrada para darme una paliza, me diría que lo mejor sería que no volviésemos a hablar y así ellos dejarían de molestarme, como pasó la otra vez. Por poco pierdo su amistad, no iba a decirle lo que en realidad había pasado porque sabía que su sugerencia volvería a hacer presencia.

Su mirada recelosa me incomodó. 

—Intentaron asaltarme en la mañana y así quedé —señalé mi rostro, esperando que se tragara mi mentira—, pero no pasó nada más. No me robaron nada.

Si le decía la verdad, Maddie no tenía por qué ponerse en el papel de chica protectora, y mucho menos debía alejarme de ella para que no me hicieran daño. Esos chicos no tenían por qué salirse con la suya y su exnovio debía entender de una vez por todas que Madison ya no era nada de él y que podía estar con quien a ella se le diera la gana, pero no me iba a arriesgar.

Su boca me expresó su sorpresa ante la acontecido y le aseguré de que estaba bien. No era nada de lo que no estaba acostumbrado en esa escuela de mierda. 

—¿Seguro vas a estar bien? 

—Sí. 

—Bueno... —seguía recelosa, podía notarlo. 

—No me crees —afirmé—. Lo digo de verdad, Maddie. 

Meditó mi respuesta, parecía querer creerme y a la vez no. 

—Bueno —dijo al final—. ¿Has hecho que te revisaran las heridas?

—Ajá. 

Nos dieron la consigna y nos pusimos en posición para jugar. No era un completo fanático del deporte, pero sí me gustaba, a veces resultaba ser una distracción para mí. 

—¿Qué has hecho el fin de semana? ¿Pudieron arreglar tu celular?

—No, al final no tenía arreglo —mentí, tenso—. Compraré otro cuando pueda.

—Dijiste que se le había roto la pantalla y querías que la cambiaran, que era sólo eso.

—Sí, pero no tuvo arreglo. 

—¿Y eso por qué?

La profesora volvió a hablar y agradecí la interrupción, no se me apetecía seguir mintiéndole en la cara. No presté atención a lo que decía y a los segundos volvimos a hacer lo que estábamos haciendo antes de que nos interrumpieran. Maddie pareció olvidarse de su pregunta y yo lo agradecí. 

—¿Qué te parece salir uno de estos días? —propuso, y no pude evitar sonreír.

—¿Adónde te gustaría ir? —inquirí y le lancé la pelota. 

—¿Me invitarías al cine? —golpeó la bola en un recibimiento perfecto.

La sonrisa se me esfumó, y bajé la mirada un par de segundos, distrayéndome y dejando que la pelota volara hacia detrás de mí. Di la vuelta y corrí en su búsqueda.

Me encantaba la idea, quería sacarla a pasear y disfrutar de un bonito rato junto a la chica que me hacía sonreír cuando la tenía cerca, pero no podía permitirme hacer eso. Salir al cine me costaría bastante dinero, y entre todas las cuentas vencidas, el alquiler, la comida para todos los integrantes de la familia y los gastos generales que mi hermana y madre necesitaban al ser mujeres, una salida al cine sería gastar lo que no tenía, lo que no me sobraba. 

Retomé la postura anterior y ella se preparó pare recibir la pelota.

—¿Qué te parece ir a un parque? Así podremos conocernos mejor —propuse, esperando que le agradara mi opinión. 

Lo pensó, sonrió y luego asintió. 

—Sí, me encantaría. Podremos hablar más sobre las cosas que nos gustan. ¿Cuándo te gustaría? ¿Mañana?

—No lo sé. 

Elevó las cejas. 

—¿Tienes otro plan? 

Sí. 

Trabajar. 

—De hecho, sí... tengo trabajo. 

—Ah —comprendió—. Entonces... ¿cuándo puedes? 

—No sé... en realidad: no depende de mí. Mañana sé que trabajo, pero no sé a qué horario me tocan los próximos días y cuándo es mi día de descanso. 

—Ah, tienes horarios rotativos. 

—Claro. 

—¿Siempre trabajas en la misma sección? Pregunto porque sé que a veces en los supermercados te ordenan que vayas a hacer otras cosas también. 

—No, sólo soy cajero. 

—Eso es bueno —asimiló. 

—De hecho, no tanto, es muy estresante, en especial tener que dar la cara cuando un cliente se enoja por los precios altos o por el hecho de que te demoras un rato cuando hay gente que lleva el carrito de compras hasta el tope. 

—Al menos estás sentado... 

—Estar tanto sentado me hace doler la espalda... —me río y le contagio la sonrisa. 

—Bueno, por lo que veo, no hay nada bueno que sacar. 

—Te dan merienda gratis, eso es algo bueno —repliqué. 

—¿Qué les dan?

—Depende; a veces te dan chocolate, té, tostadas, cereales, frutas... y eso.

—¿Cuántos minutos tienes para la merienda?

—Veinte. 

—¿Y llegas a terminar de comer? —inquirió. Me agradaba mucho su continuidad para hablar, hacía que la palabra «incomodidad» no existiese en el momento. 

Era agradable. 

En la merienda solía comer todo lo que cabía en mi estómago porque, generalmente, en la noche no comía. Lo que compraba se lo daba a mis hermanos y a la irresponsable de nuestra madre, la cual se la pasaba casi todo el día durmiendo, y en los ratos despierta, o me golpeaba por cosas estúpidas o estaba fuera de la casa haciendo Dios sabe qué. 

—Sí, llego. 

—¿Y hace cuánto trabajas? 

—Hace un año y seis meses. La semana que viene se cumplen siete. 

—Es bastante... y eso que dicen que los supermercados te toman tres meses de prueba y luego te echan. 

—Me esforcé mucho para quedarme con el trabajo. 

Y sí que lo había hecho... Me preocupaba mucho por hacer todo al pie de la letra; era puntual, prestaba atención, intentaba aprenderme rápido los códigos, pedía horas extras para que vieran que de verdad tenía ganas de obtener el trabajo; si me enfermaba asistía igual, intentaba ser rápido, y sonreía a las personas sin importar el nudo en mi garganta mientras ignoraba el sentimiento de estar muriéndome por dentro con las cosas que me pasaban. 

Y todavía sigo intentando dar lo mejor de mí...

—Te daré mi número para que me agregues cuando tengas un celular nuevo, ¿te parece?

Asentí, pero por dentro empezaba a invadirme esa sensación de malestar. 

—¡Cambien de parejas! —gritó nuestro profesor y con Maddie nos miramos. 

—¿Hablamos más tarde? —pregunté. 

—Claro.

La vi caminar hacia su grupo de amigas y me quedé pensando. ¿Ahora con quién trabajaría yo, ?

Amigos no tenía; los chicos que ahora eran mis compañeros no me agradaban, con lo que oía en clases me quedaba claro que eran idiotas, exactamente como mis antiguos compañeros del año anterior. Además, tampoco parecía que yo les agradara... 

Miré hacia mis costados y vi a Emma, la chica con la que me había presentado formalmente el viernes anterior, cuando había pasado por mi caja para que le cobrara. Parecía estar incómoda, se notaba que era muy tímida, como yo, y no lo dudé y caminé hacia ella. Me vio y corrió la mirada, se acomodó la remera y sus brazos cayeron a los costados de su cuerpo. 

—Hola. 

—Hola —me miró y sonrió.

—¿No te molestaría si...?

—No —interrumpió—. Podemos ser equipo.

Reí con fingido nerviosismo.

—Yo intentaba referirme a otra cosa —mentí—. Quería saber si no te molestaba si te pedía lo que hicieron en la clase que me ausenté. 

Sus ojos, de una tonalidad avellana como los míos, me miraron con un claro nerviosismo. Hasta los casi imperceptibles movimientos de su cuerpo dejaban al descubierto su incomodidad. 

—Ahhh... No, yo... Sí. Bueno, no —tartamudeó, y le sonreí para que se tranquilizara, pero eso me pareció ponerla peor—. No, no me molestaría pasarte las cosas. 

Reí. Por alguna razón... me resultaba chistoso verla de esa forma, pero no por ser malo. 

—No era verdad.

—¿El qué?

—Lo que te dije; sí venía a preguntarte si querías ser mi compañera.

Sus mejillas se tornaron de un rojo más fuerte. 

—¿Quieres?

—Sí, perdón —se disculpó. 

Asentí y le dije que buscáramos un lugar más cómodo. 

—Soy pésima, tengo que admitirlo. Bueno, creo que ya lo has visto.

—No te apenes, yo te puedo enseñar con más paciencia de la que tienen los profes —ofrecí. Parecía darle vergüenza ser mala jugando, y no me agradó que una chica que parecía tan tímida se sintiera apenada por no poder jugar bien. No tenía nada de malo fallar en el juego, pero para Emma parecía muy incómodo.

—Los profes sí tienen paciencia, sólo que conmigo la pierden. 

—Yo no —la miré a los ojos y después subí la mirada hacia su cicatriz de la frente. Era una línea pequeña, pero era una que se notaba en ciertos gestos. 

Sin esperarme su presencia, Maddie apareció a un lado de mí con una sonrisa, a la cual yo respondí con la misma calidez. 

—Te doy mi número ahora porque sé que después me voy a olvidar —Maddie me tendió un pedazo de papel doblado y lo agarré con una sonrisa. Era la primera chica que me hacía sentir cosas en la panza, la primera que de verdad me gustaba. 

—Gracias, Maddie. 

Sabía que Madison me daba el papel como excusa para hablarme, y me hacía sentir halagado que de verdad se viera interesada en alguien como yo. Porque una chica como ella... debía estar con un millonario y no con alguien que cuenta las monedas para ver si le alcanza para medio kilo de pan. 

Un sentimiento de malestar apareció cuando pensé en que le mentía, pero opté por quitarme eso de la mente y centrar mi vista y mi cabeza en la persona que tenía delante de mí.

—Gracias de nuevo, Maddie —repetí.

Maddie observó a Emma con toda la amabilidad, y en un abrir y cerrar de ojos los labios de la chica que me gustaba alcanzaron mi mejilla, dejándome entre sorprendido y excitado. El revoloteo de mi estómago avivó un fuego nunca antes sentido y sopesé lo que acababa de pasar. 

Madison acababa de besarme en la mejilla y no podía sentirme más contento en ese momento. 

—¿Nos ponemos en posición? —formuló mi boca automáticamente, pero mis ojos y mi concentración estaba puesta en la manera coqueta que Maddie tenía al caminar. Se colocó al lado de su compañero y sentí un atisbo de celos que decidí ignorar. 

—Sí.

Me posicioné para lanzar. 

—¿Estás lista? —no paraba de pensar en ella. 

—Sí. 

Lancé la pelota y, desgraciadamente, golpeé a la pobre chica en la cara. Me sentí muy mal al instante en que la vi caer al suelo sentada y me acerqué a ella para ver cómo se encontraba. 

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Oye de veras lo siento un montón —me agaché y le ayudé a levantarse. Los profesores se acercaron y Emma se sobó la parte afectada. No parecía haberle hecho mucho daño, pero sí que el golpe le habría dolido; lancé la bola con fuerza. 

A pedido de los profesores, la acompañé a la enfermería, pero, de todas formas, si no me lo pedían me iba a ofrecer: era lo menos que podía hacer para que Emma se sintiese mejor después de que casi le dejara la pelota marcada en el rostro. En mi defensa, ella había dicho que estaba lista pero al final no era así, estaba distraída con alguna cosa que no sabía y por eso no captó cuando la pelota fue directo a su cara. Pero también era mi responsabilidad... había sido yo quien le había golpeado. 

Nos sentamos en las sillas a esperar que la enfermera se desocupara. 

Saqué de mi bolsillo el papel que Maddie me había dado; lo desdoblé  y observé el número anotado. Joder... hasta sus números eran bonitos. Ese sentimiento de malestar volvió a inundarme cuando pensé en que no podría mandarle ningún mensaje porque no tenía crédito... ni tampoco celular, y el que tenía estaba todo roto y terminó por perderse de mi vista la vez en que salí a hacer la última entrega aquella madrugada. No sabía cuándo podría comprar uno nuevo, porque eran demasiado caros y los que vendían usados también. 

Esa excusa de que no tenía más el celular era verdad, pero lo que no le había dicho a Maddie era que había dejado de ser de mi pertenencia desde hacía ya casi tres semanas, y que no podría comprarme uno hasta que consiguiera un trabajo en el que me pagaran más. 

—Aiden... —dijeron a mi costado, con voz fuerte y clara.

Giré mi cabeza para verla. 

—Perdona, ¿qué?

—Si te pasa algo —me dijo. Ni cuenta me había dado de que me preguntó eso antes de repetírmelo. 

—Ah... —me tardé en responder, pero aclaré mi cabeza y negué—. Sí —me contradije—. Bueno, no, sólo... sólo pensaba algo.

—Ah...

Quité esos pensamientos de mi cabeza para ahorrarme malos sentimientos, y entonces pensé en la pregunta de Emma; había sido muy atenta en preguntar, aunque no sabía bien por qué le importaba. No mucha gente me preguntaba aquello.

—¿Por qué preguntas? 

—Parecías pensativo. 

Eso era algo observador, y vi en sus ojos que parecía interesarle cómo me sentía. O tal vez no lo hacía y sólo intentaba cortar el silencio que se había formado entre nosotros. 

La enfermera salió y Emma se puso de pie. Le dije que la esperaría en el mismo lugar y, después de asentir se metió en la enfermería. Me quedé con la enfermera y me preguntó si estaba mejor después de hoy en la mañana. Los profesores no eran muy conversadores, no parecía importarles lo que pasaba en la vida de sus alumnos, a veces, hasta giraban la cabeza e ignoraban cuando veían un problema difícil de solucionar y hacían como si nada. Pero la enfermera era distinta, sí le importaban los alumnos, y cuando llegué en la mañana a pedirle que me desinfectara las heridas que el idiota del ex de Madison y sus amigos me provocaron, su semblante se convirtió en uno de disgusto. Me dijo que le diría al director lo que había ocurrido, pero le pedí que no, le dije que no era necesario hacer eso. Llamarían a mi madre y ella luego después me echaría la bronca en la casa, o directamente no aparecería y yo tendría que inventar la excusa de que está en el trabajo que no tiene. 

Jenna me comentó una idea que tenía, algo de que me viera con Maddie en otra parte y que no me juntara tanto con ella en la escuela para no provocar a su ex, pero me negué rotundamente: no tenía por qué hacer eso. Ese tipo tenía que superarlo. 

(...)

Cuando llegué a la casa me encontré a mis hermanos sentados en el sofá. 

—¿Y mamá? —pregunté. 

—Se fue con un señor —respondió Nick, el más pequeño. 

—¿Con un señor? —alcé las cejas y miré a Cassie, la segunda hija.

—Se fue hace unas horas.

Esa mujer era de no creer. Después de tantas veces que habíamos hablado y me había prometido que se comportaría como tenía que hacerlo, seguía con la misma mierda de siempre. Me jodía tanto que, a veces, de la impotencia y el odio que ella misma fue creando con tantos golpes e insultos desagradables que me dirigía, me ponía a llorar cuando me cercioraba de que mis hermanos estaban descansando abrigados. 

—¿Quién era el tipo?

—No lo vimos, pero lo escuchamos —respondió Cassie. 

—¿Reconocieron su voz? —me quité la mochila y la dejé en el sofá que tantas manchas de alcohol tenía por culpa de la ebriedad de mamá. 

Suspiré profundamente: me sentía demasiado cansado, el trabajo había sido agotador por la cantidad de personas que había tenido que atender y el dolor de cabeza no me ayudaba mucho. Estaba estresado.

—Creo que era el de la otra vez, pero no estoy segura. 

—¿Peter? —hice una mueca de asco. 

—Sí. 

Negué con la cabeza y fruncí el entrecejo. 

—¿Qué te pasó en la cara? ¿Quién te hizo eso? —inquirió Cassie, con un atisbo de preocupación. 

—Nada, me caí —mentí, aprovechándome de su inocencia—.¿Al menos les preparó la cena?

—Te estábamos esperando a ti, mamá dijo que tú nos cocinaras. —Maldije mentalmente. No me gusta decir malas palabras delante de los chicos, ya demasiadas veces tenían que taparse los oídos cuando mamá insultaba todo a su paso. Era algo desagradable.

No tenía problema en concinarle a los chicos, pero me reventaba la cabeza que cada día estuviésemos peor en lo que a la familia se refería. Esa mujer prefería irse con el que al parecer era su novio, y se olvidaba que tenía que cumplir con el rol de madre. Yo podía cuidarme solo, siempre lo había hecho porque no tenía a un hermano mayor que me protegiera, pero sus otros dos hijos la necesitaban, y mucho. 

Yo estudiaba, trabajaba y llegaba tarde a casa, era el único que llevaba dinero a la casa porque mi mamá no se molestaba en buscar, y claramente a mis hermanos no les iba a pedir que buscaran uno; además eran unos niños. Mi sueño desde que nacieron era poder sacarlos adelante sin importar las trabas, pero me tocaba los huevos que pasaran cosas como estas... ¿por qué será que nunca nos puso primero como tenía que ser? Sus novios siempre estuvieron en el puesto uno, y eso era lamentable. 

Cassi me abrazó.

—Te extrañé, Aiden. 

Le devolví el abrazo. 

—Yo también. 

De mi vida de mierda, mis hermosos hermanos eran la razón por la que seguía y no me rendía. Me consideraba un chico desamparado en el mundo, uno sin una meta y sin un sueño que cumplir... pero con ellos... con ellos en la tierra me daban ganas de trabajar duro por el futuro de esos enanos. 

—Aiden... 

—¿Qué, Cassie? —pregunté con amabilidad en el momento en el que Nick también me abrazó. 

—¿Me trajiste eso...? —la miré y su rostro reflejaba pura vergüenza. 

—Sí, están en mi mochila —respondí. Podía entender que, por más tuviésemos la confianza suficiente, a Cassie le daba pena tener que pedirme que le comprara toallas higiénicas y también pedírmelas cuando volvía a la casa. 

—Gracias —me sonrió.

—¿Nos darías de comer?

—Ahora voy, Nick —me dirigí a la cocina y abrí la nevera para empezar a cocinar. 

—Aiden —Nick  tironeó de mi remera y agaché la mirada para ver al enano de mi hermano. 

—¿Qué te pasa, enano?

—¿Puedes hacer spaghetti?

—Eso pensaba hacerles —lo alcé cuando estiró sus manos hacia arriba. 

—¿Te puedo ayudar? Quiero aprender a cocinar, así cuando mami no esté yo sabré hacer las cosas sola. Últimamente estás muy cansado, Aiden, se te puede notar en la cara. Y hasta pareces triste.

Las palabras de Cassie retumbaron en mi mente una y otra vez, dejándome un poco descolocado y decepcionado a la vez, porque yo me había prometido que ellos me verían bien para no tener que contagiarse de mi malestar, en especial por Cassie, porque cuando me veía mal ella siempre sentía empatía y se ponía mal... y a mí no me gustaba. A veces, mis hermanos eran muy buenos en descifrar mi estado de ánimo por más empeño que pusiera en ocultarlo.

Por otro lado, también me sorprendía mucho la actitud madura de mi hermana: estaba intentando ayudarme, y a decir verdad, confiaba más en ella que en mi propia madre. Cassie parecía ser mucho más madura que la mujer que nos dio la vida. 

—¿Lo dices de verdad?

Asintió y se apoyó en la mesada.

—Claro, quiero ayudarte. Llegas muy tarde a la casa y sé que te mueres por ir a descansar. Tengo casi doce años, pero me doy cuenta de las cosas. 

—Lo sé, enana —afirmé. 

Con mis hermanos preparamos la cena. Nick, el pequeño de seis años nos pasaba lo que necesitábamos porque él también quería aportar. El estrés fue eliminándose de mi cuerpo con cada risa que les sacaba. Me olvidé de mi madre y su poca falta de atención y los niños cenaron y se fueron a la cama. 

Me frote las sienes y apoyé mis brazos en la mesa para recostar mi cabeza en ellos. Los platos ya estaban en su lugar, al igual que lo demás que habíamos usado. 

Cerré los ojos por un momento y me quedé dormido sin querer hasta que oí un ruido que me alarmó. Me froté la cara y caminé hacia la sala. 

Miré la hora.

—¿Te parece que es hora de llegar? —pregunté—. Mamá, son las dos de la mañana. Y encima traes a este tipo —cuestioné con expresión de asco. 

Los ojos de mamá viajaron a los míos y dejó la botella de cerveza y el paquete de cigarrillos sobre el mueble. No parecía importarle lo que le decía, porque claro, estaba alcoholizada, como siempre que volvía a la casa a horas como esa. 

Negué con la cabeza.

—Cuida tus palabras, muchacho —me apuntó Peter. Asco de hombre. Lo ignoré; a él y a la bronca que empezaba a invadirme.

—Aiden, no empieces, ¿quieres? —sugirió, arrastrando las palabras. 

—¡Dijiste que estas cosas se iban a terminar, mamá!

—¡No empieces con tus cosas, me duele la cabeza y lo que menos quiero es que me jodan!

—¿Qué fue lo que dijiste anoche? ¿No te acuerdas? Dijiste que al menos con los chicos te pondrías las pilas. 

—Tu madre te ha dicho que no empieces —se metió Peter. 

—Tú no te metas, no eres nadie y no eres bienvenido en esta casa —solté con veneno, viendo cómo se tensaba y su ceño se fruncía intentando intimidarme. 

—Se va a quedar a dormir. 

—¡Ni de broma! —alcé la voz. Mi mirada pasó de Peter a mamá, y luego regresó a él—. Te vas. 

—¿Perdona? —se acercó a mí con pasos firmes y decididos. Se detuvo a unos centímetros de mí y pude oler el desagradable olor a marihuana y alcohol. Me daba asco—. Repite lo que dijiste —achinó los ojos y de reojo vi su ropa manchada con algo rojo; parecía ser vino. 

—Te vas —repetí y lo alejé de mí de un empujón.

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