DIFERENTES MIEDOS

[JULIETA]

(Al día siguiente) 

Las horas de sueño se han vuelto un lujo desde que Mateo llegó a esta ciudad. Aunque, para ser sincera, no me quejo. Anoche, él fue exactamente lo que necesitaba para que mi historia con Marco no quedara como una derrota, sino como una especie de empate… una revancha simbólica.

Los preparativos para la excursión de hoy están listos, igual que yo.

Short de jean, camiseta negra, zapatillas a juego, y un bolso con traje de baño, protector solar y una muda de ropa extra, por si acaso. No dejo nada al azar.

Salgo de mi habitación y camino por el pasillo rumbo a la suya. Hoy es lunes y se nota. El aire de Las Vegas cambia drásticamente: se van los que vinieron a descontrolarse durante el fin de semana, y llegan los de trajes y maletines, los asistentes a convenciones, los jubilados que buscan entretenimiento más tranquilo. Las fiestas continúan, sí… pero la ciudad tiene otro ritmo.

Frente a su puerta, toco con suavidad.

Pocos segundos después, Mateo la abre con una sonrisa amplia, de esas que son peligrosas por lo que te hacen sentir.

—Buenos días —saluda con voz grave y amigable.

Y yo no puedo evitar recorrerlo con la mirada.

Bermuda beige, polo azul marino con pequeños detalles, zapatillas impecables. Luce como si saliera de un catálogo de ropa náutica, más listo para navegar un yate que para remar en kayak.

—Buenos días —le devuelvo el saludo, conteniendo una sonrisa—. ¿Listo para esta aventura?

—Más que listo —responde, y al agacharse para tomar una mochila que tenía junto a la puerta, siento un extraño cosquilleo en el estómago.

—¿Vamos? —propone.

—Vamos —repito, y caminamos hacia los ascensores, ya con una complicidad que parece más vieja de lo que es.

[…]

El auto que pedí nos deja en las instalaciones desde donde saldremos en helicóptero hacía Willow Beach, muy cerca de Emerald Cove.

Mateo observa el lugar con cierta sorpresa, como si no supiera bien qué esperar.

—¿Qué pasa? —pregunto, notando su expresión mientras entramos al edificio.

—Creí que tomaríamos uno de esos helicópteros turísticos —admite finalmente, mirándome con cierta curiosidad.

Sonrío, jugando un poco al misterio.

—¿De verdad creíste que te iba a llevar a ti? ¿Mateo Montenegro, a uno de esos helicópteros compartidos? —arqueo una ceja y me cruzo de brazos—. Te traje en uno privado, como corresponde.

Él se ríe, sorprendido.

—Eres muy buena en esto… —comenta, y noto que lo dice con genuina admiración.

—Lo sé —respondo con falsa modestia—. Dame un segundo, voy a avisarle a Peter que ya llegamos.

Me alejo un poco para hablar con el piloto y organizar los últimos detalles. Todo está listo en pocos minutos, y pronto subimos a la pista del techo, donde el helicóptero ya nos espera.

Frente a la puerta, él hace un gesto cortés.

—Las damas primero.

—Gracias —respondo, y con la ayuda de Peter y de Mateo, subo y me acomodo. Me coloco los auriculares y me ajusto el cinturón.

Mateo sube justo después y se sienta a mi lado.

—¿Ya habías volado en helicóptero antes? —pregunta, acomodándose.

—Sí, cada vez que llevo a alguien al Gran Cañón lo hacemos así. Es más rápido que por tierra.

—¿Y cuánto se tarda hasta Willow Beach?

—Unos quince minutos. En auto sería más de una hora… pero supuse que no eras fan de los viajes largos por carretera.

—Definitivamente no —confirma, justo cuando el piloto nos avisa por los auriculares que está todo listo para despegar.

En pocos segundos, comenzamos a elevarnos. La vibración, el sonido, el empuje… todo es un recordatorio de que estamos flotando en el aire. Como siempre, el vértigo me atrapa apenas despegamos. Me aferro con fuerza a los apoyabrazos y a una tira de seguridad en el techo.

—No mires hacia abajo —me aconseja Mateo.

—Eso intento, pero es imposible —respondo con los ojos cerrados, la voz más temblorosa de lo que me gustaría—. ¿Cómo puede gustarte volar?

—Te acostumbras —dice, tranquilo, como si estuviéramos paseando por un parque.

La nave se estabiliza y me obligo a abrir los ojos. Lo miro, y él sigue observándome.

—No sé si yo pueda hacerlo —confieso.

Él sonríe, con esa calma que tiene para todo.

—Todo se puede, Julieta. Solo es cuestión de determinación.

No estoy segura si solo se refiere a volar… o si hay un mensaje oculto en sus palabras.

—Supongo que sí… —respondo, bajando la mirada.

El silencio se instala por unos segundos. Él se gira para observar el paisaje a través de la ventanilla. Yo, en cambio, me concentro en respirar.

Y de repente, su voz me sorprende:

—¿Marco fue el único novio que tuviste?

La pregunta me descoloca y me hace soltar una risa nerviosa.

—¿A qué viene eso?

—Curiosidad —dice con esa sonrisa suya, relajada y encantadora.

—Tuve otros novios, pero nada serio como lo qué creía tener con él —respondo, remarcando ese “creía”.

—¿Llegaste a verlo como el padre de tus hijos?

Levanto las cejas, incómoda.

—Supongo que sí…

—¿Nunca lo hablaron?

Antes de que pueda contestar, Peter interrumpe por el intercomunicador:

—Estamos por aterrizar.

Aprovecho el momento para cortar la conversación.

—Mejor te cuento después —digo, mientras esa horrible sensación de vacío vuelve a apoderarse de mi estómago.

—Respira profundo, relájate. Ya verás que vas a acostumbrarte —me anima, y sus palabras son casi un susurro cálido.

—Piensa en algo bonito —añade.

Cierro los ojos, haciendo lo que me pide.

Y, sin querer, la imagen que aparece en mi mente es la de nosotros dos… bailando esa noche. Su mano en mi cintura, su perfume, la forma en que me miraba.

Maldita sea.

—¿Qué rayos me pasa? —me pregunto mentalmente.

No puedo… y no debo pensar en él así.

A pesar del miedo, abro los ojos. Prefiero enfrentarme al vacío del aire… antes que al otro vacío que empiezo a sentir por dentro cada vez que me doy cuenta de lo mucho que me está empezando a importar Mateo Montenegro.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo