Capítulo 2 Capítulo 2: El Hombre Detrás del Biombo

Mi nombre es Sergio Montero. Tengo cuarenta y cinco años, una fortuna que la mayoría no podría gastar en tres vidas, y un vacío en el pecho que ninguna cantidad de ceros en mi cuenta bancaria ha logrado llenar.

Hasta hace seis meses.

Soy viudo desde hace cinco años. El cáncer se llevó a mi esposa en ocho meses, y con ella se fue la única versión de mí que sabía cómo amar. Me quedé con un hijo adolescente, un imperio que construir y la certeza de que jamás volvería a sentir nada por nadie.

Qué equivocado estaba.

Todo comenzó por culpa de unos inversionistas japoneses que insistieron en conocer la vida nocturna de la ciudad. Yo no frecuentaba ese tipo de lugares. No me interesaban. Pero cerrar un negocio de quinientos millones requiere ciertos sacrificios.

Así terminé en Velo Rojo.

Un club para caballeros de élite, discreto, exclusivo. El tipo de lugar donde los hombres poderosos van a olvidar que lo son por unas horas. Estaba a punto de inventar una excusa para irme cuando las luces se apagaron.

Y ella apareció.

Una mujer de curvas pronunciadas enfundada en un corsé negro. Peluca rubia platino cayendo sobre sus hombros. Un antifaz de plumas de fénix cubriendo su rostro por completo. Se movía como si la música existiera solo para ella. Como si el tubo de metal fuera una extensión de su cuerpo. Como si cada hombre en ese lugar le debiera una disculpa por atreverse a mirarla.

Luna, la llamaban.

Y yo quedé completamente hipnotizado.

Volví el viernes siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente. Ella solo bailaba los viernes y el lugar se llenaba hasta reventar solo para verla. Pero Luna tenía reglas. No aceptaba privados. No hablaba con clientes. No permitía que nadie se le acercara. Bailaba, recogía sus propinas y desaparecía como un fantasma.

Durante meses, fui solo otro rostro entre la multitud. Otro hombre obsesionado con una mujer que ni siquiera sabía que existía. Hasta que decidí que eso no era suficiente.

Ofrecí una suma obscena por una conversación privada. El dueño se rio en mi cara.

—Luna no acepta privados, señor Montero. Ni por todo el oro del mundo.

Dupliqué la oferta. Él dejó de reírse.

Una semana después, me encontraba en un reservado oscuro, separado de ella por un biombo de madera tallada. No podía verla. Ella no podía verme. Solo éramos dos voces en la penumbra.

—Tienes diez minutos —dijo ella. Su voz era más suave de lo que esperaba. Más joven—. Y no voy a quitarme la máscara.

—No te lo pediré.

Silencio.

—¿Entonces qué quieres?

Conocerte, pensé. Saber quién eres. Por qué bailas como si el mundo te hubiera roto y tú hubieras decidido reconstruirte en algo más hermoso.

—Conversar. Solo eso.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Pagaste todo ese dinero solo para hablar?

—El dinero no significa nada para mí. Tu tiempo, en cambio, parece invaluable.

Otro silencio. Más largo esta vez.

—Eres raro —murmuró finalmente.

—Me lo han dicho antes.

Y entonces, contra todo pronóstico, ella habló. Me contó que bailaba para pagarse la universidad. Que estudiaba danza contemporánea. Que su sueño era abrir su propia escuela de baile algún día, un lugar donde otras mujeres pudieran sentirse libres en sus cuerpos sin importar su talla o su forma.

—¿Por qué aquí? —pregunté—. Podrías bailar en cualquier parte.

—Porque aquí nadie me conoce. Aquí puedo ser quien realmente soy, no quien todos esperan que sea.

Algo en esas palabras me atravesó el pecho.

—¿Y quién esperan que seas?

Silencio.

—Invisible. Esperan que sea invisible.

Esa noche, cuando terminaron mis diez minutos, le ofrecí el triple por otra conversación. Ella rechazó el dinero.

—Las propinas me bastan. Pero si quieres volver a hablar, puedes hacerlo. Sin pagar.

Volví cada viernes durante un mes. Hablamos de todo y de nada. De sueños rotos y esperanzas tercas. De padres que decepcionan y de heridas que no cicatrizan. Nunca le pregunté su nombre. Ella nunca preguntó el mío. Pero me enamoré de ella de todas formas.

Hace un mes, decidí que necesitaba saber quién era. Chantajeé al dueño del club. Le ofrecí una cantidad que nadie en su sano juicio rechazaría. Y finalmente, obtuve un nombre.

Dolores Fernández.

La hermana de la novia de mi hijo.

La mujer que había visto en cada cena familiar, siempre callada, siempre con la cabeza gacha, siempre tratada como si no existiera por esa madre venenosa que tenía. La que se escondía en las esquinas. La que su propia madre llamaba un desperdicio.

Era ella. Mi Luna era ella.

Y en ese momento, todo tuvo sentido. Por eso hice lo que hice anoche. Porque la mujer que quiero no es la que todos ven. Es la que baila los viernes como si el mundo le debiera una disculpa. La que sueña con enseñar a otras mujeres a sentirse hermosas. La que rechazó mi dinero, pero me regaló su tiempo.

Y ahora está corriendo hacia la salida como si hubiera visto un fantasma.

Vi a mi hijo con la boca abierta. A Catalina conteniendo una sonrisa. A Bianca al borde de un colapso nervioso. Tomé el micrófono con la calma que me había convertido en el empresario más temido del país.

—Señores, disculpen el espectáculo. Parece que tomé desprevenida a mi prometida. Después de la boda de mi hijo, vendrá la mía. Pueden estar seguros de eso.

Los murmullos continuaron, pero nadie se atrevió a contradecirme. Nadie excepto Bianca, que me interceptó antes de que pudiera ir tras Dolores.

—Sergio. Necesitamos hablar. Ahora.

La seguí a un rincón apartado.

—¿Mi hija? —siseó—. ¿Dolores? ¿La que tiene veinte años menos que tú? Estás loco, ella no tiene gracia ni figura, ni nada que ofrecer.

La miré fijamente.

—Bianca, voy a ser directo contigo porque no tengo paciencia para juegos. Sé que estás en la quiebra. Sé que tu último marido te dejó sin un centavo. Sé que esta mansión la alquilaste con dinero prestado.

Su rostro palideció.

—¿Cómo...?

—Puedo ofrecerte todo el dinero que necesites para mantener tu estilo de vida. Si no te opones a mi matrimonio con Dolores.

Vi la avaricia en sus ojos. La codicia luchando contra el orgullo herido. La codicia ganó.

—Tendrás que convencerla tú mismo. Ya sabes cómo es esa niña. Simple. Sin ambiciones. Solo piensa en comer y en esas ridículas clases de baile. No sé qué le ves, francamente.

Hablaba de su propia hija como si fuera basura. Apreté la mandíbula.

—Eso no es tu problema. ¿Tenemos un trato?

Bianca extendió su mano.

—Tenemos un trato.

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