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LUNA LA OBSESION DEL CEO

LUNA LA OBSESION DEL CEO

Cintia Vanesa Barros Freile · En curso · 151.7k Palabras

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Introducción

Dolores Fernández lleva veinticinco años siendo invisible en su propia familia.
Su madre, Bianca, se ha encargado de recordárselo en cada cena, en cada mirada, en cada insulto disfrazado de verdad: demasiado curvilínea, demasiado ordinaria, demasiado poco para merecer amor. Pero lo que Bianca no sabe es que cada viernes por la noche, Dolores desaparece.
Bajo una peluca rubia platino y un antifaz de fénix, se convierte en Luna: la bailarina más deseada del club exclusivo Velo Rojo. Allí nadie la juzga. Allí es libre. Hasta que un hombre al otro lado de un biombo empieza a escucharla de verdad.
Sergio Montero tiene cuarenta y cinco años, un imperio financiero y un vacío que ningún negocio ha podido llenar desde que enviudó. Sin nombres, sin rostros, separados solo por madera tallada y penumbra, él y Luna se cuentan lo que nunca le han dicho a nadie. Y sin verla, Sergio se enamora.
Cuando descubre que Luna y Dolores son la misma mujer, su reacción sacude a todos: en medio del compromiso de su hijo, frente a doscientos invitados, le pide matrimonio. A ella. A la hija que su propia madre llama un desperdicio.
Dolores acepta. Pero no por amor. Acepta por venganza.
Porque hay una deuda pendiente desde la noche en que vio a su padre morir en el suelo mientras Bianca lo observaba sin mover un dedo. Porque hay diez años de humillaciones que reclaman justicia. Y porque por primera vez en su vida tiene el poder de quitarle a su madre lo único que ella deseaba.

Capítulo 1

Mi nombre es Dolores Fernández, pero todos me llaman Lola. Tengo veinticinco años, ochenta kilos repartidos en curvas que mi madre considera "una vergüenza para la familia", y una habilidad innata para volverme invisible en las reuniones familiares.

Esta noche no iba a ser diferente. O eso creía.

Me ajusté el vestido negro frente al espejo cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

—¿Ese trapo es lo que piensas ponerte?

La voz de mi madre cortó el aire como un látigo. Me giré. Bianca Fernández estaba en el umbral, perfecta en su vestido rojo sangre que dejaba poco a la imaginación, evaluándome con esa mirada que conocía demasiado bien.

—Es lo que tengo, mamá.

—Por supuesto que es lo que tienes. —Caminó hacia mí con pasos calculados—. Porque gastas todo tu dinero en comida chatarra en lugar de invertir en ropa decente.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo como si fuera un objeto defectuoso en una tienda de segunda mano.

—Ochenta kilos de pura vergüenza. ¿Sabes lo que la gente va a pensar cuando te vean junto a tu hermana? Van a preguntarse cómo es posible que salieran del mismo vientre.

Apreté los puños a los costados de mi cuerpo.

—Mamá, yo...

—Cállate. —Se acercó más, tanto que pude oler su perfume caro—. Esta noche es el compromiso de Catalina. La noche más importante de su vida. Y tú vas a arruinarla con tu simple presencia.

—No voy a arruinar nada.

—Ya lo estás haciendo. —Su mano agarró mi barbilla con fuerza, sus uñas perfectamente arregladas clavándose en mi piel—. Escúchame bien, Dolores. Vas a mantenerte en las sombras. Vas a sonreír cuando te lo pidan. Y sobre todo, NO vas a comer del buffet. ¿Entendiste?

Las lágrimas amenazaban con salir, pero me las tragué. No iba a darle esa satisfacción.

—Entendí.

—Bien. —Me soltó con desprecio, limpiándose los dedos en su vestido como si me hubiera tocado algo sucio—. Aunque no sé para qué me molesto. Nadie va a mirarte de todas formas. Ningún hombre en su sano juicio querría casarse contigo. Eres un desperdicio de espacio y oxígeno.

Hizo una pausa en la puerta, girándose para darme un último golpe.

—A veces me pregunto qué hice para merecer una hija como tú. Tu hermana salió perfecta. Rubia, delgada, hermosa. Y luego llegaste tú. La vida es injusta.

Salió de mi habitación dejando un rastro de veneno.

Me quedé frente al espejo, mirando a la mujer del reflejo. Curvas pronunciadas que mi madre odiaba. Ojos color miel hinchados de lágrimas contenidas. Piel trigueña que Bianca consideraba "demasiado oscura para ser elegante". Cabello negro y ondulado que nunca sería rubio como el de Catalina.

Nadie va a quererte, susurró su voz en mi cabeza. Y una parte de mí, la parte que había escuchado esas palabras durante años, le creyó.

Me sequé las lágrimas con rabia y terminé de arreglarme. El escote del vestido dejaba ver lo justo. La tela se abrazaba a mis caderas sin pedir permiso. No era el vestido de una princesa de cuento de hadas. Era el vestido de una mujer que había aprendido a sobrevivir.

El salón de la mansión estaba repleto de invitados. Toda la alta sociedad reunida para celebrar el compromiso de mi hermana menor. Catalina tiene diecinueve años, cabello rubio natural, ojos claros y una sonrisa que ilumina cualquier habitación. Es todo lo que mi madre siempre quiso en una hija. Y aun así, la adoro. Ella no tiene la culpa de ser la favorita. Nunca me ha tratado como menos. Pero esta noche, su papel era brillar. Y el mío, desaparecer.

Me ubiqué en mi esquina estratégica, la misma de siempre. Desde aquí podía ver todo sin ser vista. O eso creía.

—¡Dolores! —La voz de mi madre resonó por todo el salón como una campana de alarma—. Ven aquí, cariño.

Mierda. Todos los ojos se giraron hacia mí. Sentí cómo me evaluaban, cómo me juzgaban. La hija gorda. La hija fea. La que no encajaba.

Caminé hacia donde estaba mi madre, rodeada de sus amigas de la alta sociedad. Todas con vestidos de diseñador y sonrisas de falsas.

—Miren, les presento a mi hija mayor. —Bianca me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza suficiente para dejar marcas—. Dolores tiene veinticinco años y todavía vive conmigo. ¿No es adorable?

Las mujeres intercambiaron miradas. Esas miradas que decían todo sin decir nada.

—Qué encantador —dijo una de ellas, una mujer de unos cincuenta años con más cirugías que años de matrimonio—. ¿Y a qué te dedicas, querida?

—Estudio danza contemporánea en la universidad.

—Danza. —Mi madre soltó una risita—. Sí, bueno. No todas podemos ser como Catalina. Mi hija menor es un ángel. Rubia, delgada, comprometida con un hombre maravilloso de una familia importante. Dolores, en cambio, digamos que tiene otros talentos.

—¿Qué talentos? —preguntó otra mujer con falsa curiosidad, disfrutando claramente del espectáculo.

—Comer. Mi hija puede acabarse un buffet completo ella sola. Es impresionante, realmente. A veces pienso que debería inscribirla en uno de esos concursos de comida. Seguro ganaría.

Las mujeres rieron. Risas incómodas y crueles. Yo quería que la tierra me tragara.

—Y bailar, claro. Aunque no sé quién querría ver a alguien de su tamaño moverse en un escenario. Pero bueno, cada quien con sus sueños imposibles.

—Mamá...

—Oh, no te avergüences, cariño. —Me pellizcó la mejilla con fuerza, sus uñas clavándose en mi piel—. Es lo que eres. Y está bien. No todas nacemos para ser hermosas. Algunas nacemos para llenar espacio.

Más risas. Una de las mujeres, tal vez sintiendo una pizca de compasión, intentó cambiar de tema, pero mi madre no había terminado.

—Pobre niña. A veces me pregunto si algún día encontrará a alguien que la aguante. Aunque lo dudo. Los hombres no quieren mujeres así. Quieren belleza, elegancia. No esto.

—Disculpen —murmuré, alejándome antes de que las lágrimas me traicionaran.

Me escondí en el baño del segundo piso y lloré en silencio, con la mano tapando mi boca para que nadie me escuchara. Diez minutos. Me di diez minutos para desmoronarme. Luego me lavé la cara, me retoqué el maquillaje corrido y volví al salón. Porque eso era lo que siempre hacía. Sobrevivir.

Cuando regresé, la fiesta estaba en su punto máximo. La música sonaba, la gente reía, el champagne fluía. Y en el centro de todo, como un rey en su trono, estaba Sergio Montero.

Lo había visto antes, claro. En las cenas familiares que mi madre organizaba con cualquier excusa para tenerlo cerca. Sabía que era el padre de Andrés, el prometido de mi hermana. Sabía que era viudo, CEO de un imperio financiero, y el objetivo número uno de Bianca.

Alto. Cabello oscuro con algunas canas en las sienes que solo lo hacían ver más interesante. Mandíbula marcada. Traje perfectamente cortado que gritaba dinero sin ser vulgar. Nunca había estado lo suficientemente cerca para ver el color de sus ojos. Ni me importaba.

Los hombres como Sergio Montero no miraban a mujeres como yo. Y yo había hecho las paces con eso hace mucho tiempo. Mentira, susurró una vocecita en mi cabeza. Pero es una mentira cómoda.

Mi madre no perdió tiempo en posicionarse junto a él. La vi tocarle el brazo, reírse de algo que él dijo, inclinarse para darle una vista privilegiada de su escote. Patético. Pero efectivo, aparentemente, porque él sonreía con cortesía.

Todos los hombres son iguales, pensé, tomando una copa de champagne de una bandeja que pasaba. Ponles un par de tetas en la cara y pierden las últimas tres neuronas que les quedaban.

—Atención, por favor. —La voz de Andrés resonó por el micrófono—. Gracias a todos por estar aquí esta noche.

Todos nos reunimos en el centro del salón. Catalina y Andrés, tomados de la mano, radiantes. Mi madre, pegada a Sergio como una lapa. Yo, en la última fila, donde siempre había estado.

—Catalina, desde el día que te conocí en la universidad, supe que mi vida nunca volvería a ser la misma. Eres mi mejor amiga, mi compañera, mi todo. Y esta noche, frente a nuestras familias, quiero pedirte oficialmente que seas mi esposa.

Se arrodilló. Sacó una caja de terciopelo. Catalina lloró. Todos aplaudieron. Era perfecto. Era hermoso. Y yo estaba genuinamente feliz por ellos.

Entonces Sergio tomó el micrófono.

—Hijo, Catalina, no podría estar más orgulloso de ustedes. Bienvenida a la familia, Catalina.

Mi madre prácticamente ronroneaba de satisfacción. Ya se veía planeando su propia boda, eligiendo el vestido, imaginando la luna de miel.

—Y hablando de familia... —Sergio hizo una pausa. El salón entero contuvo la respiración—. Señora Bianca, quiero hacerle otra petición esta noche.

Vi a mi madre enderezarse. Vi sus ojos brillar con anticipación. Vi su sonrisa de gata que atrapó al canario. Aquí viene, pensé. Pobre Sergio. No sabe en lo que se está metiendo.

—Llevo muchos años solo. Desde que perdí a mi esposa, no había encontrado a nadie que me hiciera querer volver a intentarlo. Hasta ahora.

Bianca ya estaba dando un paso adelante, lista para recibir su propuesta como quien recibe un Oscar.

—Por eso, señora Bianca, quiero pedirle la mano de su hija.

Mi madre extendió su mano, sonriendo triunfante.

—De su hija Dolores.

El silencio que cayó sobre el salón fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo. Vi la sonrisa de mi madre congelarse. Vi sus ojos abrirse con horror. Vi el momento exacto en que su mundo perfecto se derrumbó. Y algo dentro de mí se rompió. No de tristeza. De satisfacción.

Los murmullos comenzaron como un zumbido de abejas. ¿Dolores? ¿La hija gorda? ¿Está bromeando? Debe ser una broma de mal gusto. Pobre Bianca.

Pero Sergio Montero no se inmutó. Caminó hacia mí. Cada paso resonaba en el salón silencioso. Ignoró a mi madre como si fuera un mueble. Ignoró los murmullos escandalizados. Ignoró todo excepto yo.

Se detuvo frente a mí. Y por primera vez, vi el color de sus ojos. Grises. Como una tormenta a punto de desatarse.

—Dolores. Lola. —Su voz era solo para mí—. Sé que esto es repentino. Sé que no me conoces bien. Pero llevo meses esperando este momento.

—¿Qué está pasando? —Mi voz salió como un graznido.

Él se inclinó hacia mi oído. Su aliento cálido contra mi piel. Y susurró cinco palabras que derrumbaron mi mundo.

—Hola, Luna. Te encontré.

El aire se me escapó de los pulmones. Luna. Mi nombre del club. Mi identidad secreta. Hijo de puta.

—¿Estás loco? —logré decir—. ¡Esto es una locura!

Salí corriendo del salón como si el diablo me persiguiera. Porque tal vez lo hacía.

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