Capítulo 3 Capítulo 3: Fantasmas y Decisiones

Caminé por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, con los tacones en la mano y el vestido negro arrugándose con cada paso. No me importaba. Lo único que ocupaba mi mente era esa frase susurrada contra mi oído.

Hola, Luna. Te encontré.

Hijo de puta.

Sergio Montero sabía mi secreto. Sabía que cada viernes me transformaba en otra mujer. Que me ponía una peluca rubia, un antifaz de fénix y bailaba en un tubo como si mi vida dependiera de ello. Porque dependía. Ese club era mi escape. Mi refugio. El único lugar donde podía ser libre sin que nadie me juzgara por mis kilos de más o mi falta de gracia, como decía mi madre.

Y ahora ese hombre lo había arruinado todo.

Viejo rabo verde, pensé con rabia. Seguro me vio bailar y decidió que quería tenerme como un trofeo. Otro rico creyendo que puede comprar lo que se le antoje.

Pues que se joda. Ni loca me caso con ese tipo.

Aunque...

Me detuve frente a un banco de piedra en un parque vacío. Me dejé caer sobre él, ignorando el frío que me calaba los huesos. Aunque la cara de mi madre había sido impagable.

Solté una carcajada que sonó casi histérica en el silencio de la noche. Bianca Fernández, la reina del drama, la cazafortunas profesional, humillada frente a doscientos invitados. Su expresión cuando Sergio dijo mi nombre, eso merecía un portarretrato.

La risa se me murió en la garganta cuando los recuerdos llegaron sin permiso.

Tenía quince años y llegué temprano de la escuela porque me sentía mal. Fiebre, dolor de cabeza, lo típico. Escuché los gritos desde el jardín. Mi padre y mi madre discutían en el salón. Me escondí detrás de la puerta, con el corazón latiéndome en los oídos.

—¡Catalina no es mi hija! —La voz de mi padre temblaba de dolor—. ¿Cómo pudiste, Bianca? ¿Cómo pudiste hacerme esto?

—Roberto, cálmate...

—¡Diez años mintiéndome! ¡Diez años criando a la hija de otro hombre!

Vi a mi padre a través de la rendija. Estaba pálido, sudoroso, con una mano apretando papeles que parecían resultados médicos.

—Quiero el divorcio —dijo—. Y quiero que te vayas de esta casa. Tú y tu amante pueden irse al infierno.

Mi madre no lloró. No suplicó. Solo lo miró con esos ojos fríos que yo conocía tan bien.

—No vas a divorciarte de mí, Roberto. No te conviene.

—¿Ah, no? Mira cómo...

Y entonces mi padre se llevó la mano al pecho. Su rostro se contrajo de dolor. Cayó de rodillas, luchando por respirar.

—Bianca... llama... ambulancia...

Corrí hacia él.

—¡Papá! ¡Papá!

Intenté alcanzar el teléfono, pero mi madre me sujetó del brazo con fuerza brutal.

—No toques ese teléfono, Dolores.

—¡Mamá, se está muriendo!

—He dicho que no.

Sus ojos no mostraban pánico. No mostraban miedo. Solo un cálculo frío mientras veía a mi padre retorcerse en el suelo.

—Mamá, por favor...

—Cállate.

Me sostuvo contra ella mientras mi padre dejaba de moverse. Mientras sus ojos se quedaban fijos en el techo. Mientras el hombre que me había amado incondicionalmente moría a tres metros de mí. Y ella no hizo nada.

Cuando finalmente llamó a emergencias, ya era demasiado tarde.

—Un infarto —le dijo al operador con voz temblorosa, interpretando el papel de viuda devastada—. Mi esposo tuvo un infarto. Por favor, vengan rápido.

Pero no había prisa en sus ojos. Solo alivio.

Sequé las lágrimas que no sabía que estaban cayendo. Desde esa noche, odio a Bianca con cada fibra de mi ser. Pero guardo el secreto. Por Catalina. Porque mi hermana adora el recuerdo de nuestro padre y no merece saber que no comparte su sangre. No merece cargar con esa verdad. Yo cargo con ella por las dos.

Un pensamiento oscuro se coló en mi mente. ¿Y si acepto?

Sacudí la cabeza. No seas ridícula, Lola.

Pero el pensamiento persistía, como un diablito susurrándome al oído. ¿Y si acepto solo para hacerle la vida imposible a Bianca? Imagina su cara viéndome casada con el hombre que ella quería. Imagina tener poder sobre ella por primera vez en tu vida.

Era una locura. Una completa y absoluta locura.

Pero podría funcionar, insistió el diablito. Podrías hacerla pagar por lo que le hizo a papá. Por años de humillaciones. Por cada insulto, cada mirada de desprecio, cada vez que te hizo sentir que no merecías existir.

Me levanté del banco, temblando. No por el frío.

Llegué a la mansión pasada la medianoche. La fiesta había terminado. Los invitados se habían ido, probablemente murmurando sobre el escándalo del año. Mi madre seguramente estaba ahogando su humillación en vodka. Subí las escaleras en silencio, pero antes de llegar a mi habitación, escuché pasos detrás de mí.

Me giré. Mi madre estaba ahí, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que no auguraba nada bueno

—Dolores. Qué noche, ¿verdad?

—Mamá.

—Entra a tu habitación. Tenemos que hablar.

No era una petición. Era una orden.

Entré. Ella me siguió, cerrando la puerta detrás de nosotras con un golpe seco que me hizo estremecer.

—¿Crees que porque ese hombre te pidió matrimonio frente a todos te has librado de mí? —Su voz era peligrosamente calmada—. ¿Crees que esto cambia algo?

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. —Se acercó a mí, y pude ver la furia apenas contenida en sus ojos—. Sergio Montero es mío. Llevo meses trabajando en él, meses preparando el terreno. Y tú, con tu simple existencia, arruinaste todo.

—Yo no hice nada. Él fue quien...

—Cállate.

Su mano se estrelló contra mi mejilla. La bofetada resonó en la habitación silenciosa. Me llevé la mano a la mejilla ardiente, pero no lloré. No iba a darle esa satisfacción.

—Escúchame bien, Dolores. —Sus ojos brillaban con una furia que conocía demasiado bien—. Puedes casarte con ese hombre. Puedes jugar a la esposa feliz. Pero nunca, NUNCA serás suficiente para él.

Sus palabras se clavaron donde sabía que dolían.

—Eres gorda. Eres fea. Eres aburrida. —Cada palabra era un golpe—. Y cuando ese hombre se canse de ti, cuando se dé cuenta del error que cometió, vas a volver arrastrándote a mí. Y yo voy a reírme en tu cara.

Se acercó más, tanto que pude ver las arrugas que el bótox no había borrado, las líneas de amargura alrededor de su boca.

—Porque nadie te va a querer nunca, Dolores. Ni siquiera él. —Sonrió con crueldad—. Solo te quiere porque eres un capricho. Una novedad. Algo diferente para entretenerse. Pero las novedades se aburren. Y cuando eso pase, estarás sola. Como siempre. Como mereces estar.

Me empujó hacia atrás con fuerza suficiente para hacerme tambalear.

—Y cuando vengas llorando, rogándome que te deje volver, voy a recordarte esta noche. Voy a recordarte que tuviste la oportunidad de quedarte en tu lugar y la desperdiciaste. Dulces sueños, hija.

Salió de mi habitación, dejándome sola con sus palabras envenenadas. Me dejé caer en la cama, temblando. Las lágrimas llegaron sin permiso, calientes y furiosas. La odiaba. Dios, cómo la odiaba. Pero esta vez, sus palabras no me destruyeron. Esta vez, encendieron algo diferente dentro de mí. Rabia. Determinación. Venganza.

Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y tomé una decisión. Iba a casarme con Sergio Montero. No por amor. No por dinero. Por venganza. Iba a hacerle pagar a Bianca cada humillación, cada insulto, cada golpe. Iba a quitarle lo que más quería. Y cuando estuviera en la cima, cuando tuviera todo lo que ella deseaba, iba a mirarla desde arriba y sonreír.

—Me las pagarás —susurré en la oscuridad—. Todas y cada una de las que me has hecho. No me importa que seas mi madre.

Apreté las sábanas hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

—Espero verte arder en el infierno.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo