Capítulo 4 Capítulo 4: Negociaciones
Pasé la noche entera sin dormir, dando vueltas en la cama. Patético. Tengo cuarenta años, un imperio financiero y la reputación del hombre más implacable del mundo empresarial, y una mujer de veinticinco años me tenía hecho un idiota.
Te precipitaste, me repetía una voz en la cabeza. Debiste acercarte despacio, conocerla primero, no pedirle matrimonio frente a doscientas personas como un lunático.
Pero es que no pude evitarlo. Cuando la vi entrar a esa fiesta con su vestido negro, con esas curvas que conocía tan bien aunque nunca las había tocado, con esos ojos color miel que me habían perseguido durante meses sin que yo lo supiera, perdí la razón.
Soy impulsivo. Siempre lo he sido. Así construí mi fortuna, tomando riesgos que otros consideraban suicidas; así conquisté a mi primera esposa, fugándome con ella a los diecisiete años; y así, probablemente, acababa de arruinar mi única oportunidad con Dolores.
Estaba maldiciendo mi estupidez por centésima vez cuando sonó el intercomunicador.
—Señor Montero, Dolores Fernández está aquí. Quiere verlo.
Me quedé paralizado. ¿Dolores? ¿Aquí?
—¿Dolores?
—Sí, señor. ¿La hago pasar?
El corazón me latía tan fuerte que probablemente lo escuchaban en el piso de abajo.
—Inmediatamente.
Me puse de pie, alisándome la camisa como un idiota. Las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba ella. No llevaba el vestido elegante de anoche: traía unos jeans ajustados, tenis blancos y un blazer beige que le daba un aire desenfadado, el cabello oscuro suelto sobre los hombros, ni una gota de maquillaje. Estaba más hermosa que nunca, y no pude apartar los ojos de ella: cada curva, cada gesto, cada respiración me tenían hipnotizado.
—Dolores. No esperaba verte tan pronto.
Ella alzó la barbilla con ese orgullo que me volvía loco.
—Vengo a hablar con usted. Claramente.
Usted. Todavía me trataba de usted. Eso iba a cambiar.
—Por supuesto. Siéntate, por favor.
Señalé el sofá de cuero frente a mi escritorio. Ella dudó un momento antes de sentarse, tensa, lista para salir corriendo.
—¿Quieres café? ¿Agua?
—Nada. Estoy bien así. Quiero que esto sea lo más breve posible.
Directo al grano, igual que en nuestras conversaciones en el club. Me senté frente a ella, manteniendo una distancia prudente.
—Pregunta lo que quieras.
—¿Por qué quiere casarse conmigo?
Ahí estaba. La pregunta del millón.
—Voy a ser sincero contigo, Dolores. Te vi bailar hace seis meses y quedé idiotizado. No podía sacarte de la cabeza.
Sus ojos se entrecerraron.
—Lo sabía. Eres un pervertido.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? Me espiaste. Pagaste por saber quién era. Eso es acoso.
—Nos conocimos. Hablamos durante semanas. ¿Acaso no reconoces mi voz?
Ella se quedó inmóvil. Vi el momento exacto en que las piezas encajaron en su mente: se le abrieron los labios, se le agrandaron los ojos.
—Eres tú. El hombre del biombo.
—Soy yo.
—Diez minutos cada viernes…
—Cada minuto valió la pena.
Dolores se llevó una mano a la frente, procesando la información, incrédula.
—Esto es… no puedo creerlo. Todo este tiempo estuve hablando contigo y no lo sabía.
—Conozco tus sueños, Dolores. Sé que quieres abrir una escuela de baile. Sé que trabajas cada viernes para pagarte la universidad. Sé que te sientes invisible en tu propia familia.
Sus ojos brillaron con algo que no supe identificar. ¿Rabia? ¿Miedo? ¿Esperanza?
—Puedo darte todo lo que quieras y mucho más. Solo quiero que sigas compartiendo tu tiempo conmigo. Pero ahora sin máscaras, sin cuartos oscuros, sin paredes separándonos.
El silencio se extendió entre los dos. Ella parecía nerviosa y se mordía el labio inferior de una forma que me estaba volviendo loco.
—Es una locura. Eres veinte años mayor que yo.
—No me importa.
—A mí sí.
—Entonces iremos a tu ritmo. Haré lo que tú quieras. No pasará nada que no desees. A menos que quieras que pase.
Un rubor le subió por las mejillas. Sonrió, nerviosa. Adorable. Pero entonces su expresión cambió: se puso seria, calculadora.
—Tengo condiciones.
Ahí está mi Luna, pensé. La mujer que pone las reglas.
—Te escucho.
—Primera condición. Quiero mi propia escuela de baile. No un local alquilado. Quiero un edificio en propiedad, completamente equipado, en una zona accesible para mujeres de todos los estratos.
—Hecho.
—Segunda condición. Quiero terminar mi carrera universitaria. No voy a dejar mis estudios por casarme.
—Por supuesto. Puedes estudiar lo que quieras, el tiempo que quieras.
—Tercera condición. No voy a dejar de bailar en el club. Es mi trabajo y me gusta.
Eso me tomó por sorpresa. La idea de que otros hombres la vieran bailar me revolvía el estómago, pero no iba a ser un hipócrita controlador.
—Si es lo que quieres, no me opondré.
Ella me miró con suspicacia, como si esperara que pusiera algún pero.
—¿En serio?
—En serio. Aunque no voy a mentirte: la idea de que otros hombres te vean me vuelve loco. Pero es tu decisión, no la mía.
Algo en su expresión se suavizó, como si mi respuesta hubiera pasado algún tipo de prueba.
—Cuarta condición. Quiero una cuenta bancaria a mi nombre con acceso ilimitado. No voy a pedirte permiso cada vez que necesite dinero.
—Te daré una tarjeta platino sin límite de crédito y una cuenta con un millón de dólares para empezar.
Se le agrandaron los ojos.
—¿Un millón?
—Es calderilla para mí, Dolores. Puedo darte diez si lo prefieres.
—No, no. Un millón está bien. Más que bien. Es… Dios, es más dinero del que he visto en mi vida.
—Acostúmbrate. A partir de ahora, todo lo mío es tuyo.
Ella tragó saliva, abrumada. Pero entonces volvió a ponerse seria.
—Quinta condición. Y esta es innegociable.
—Dime.
—Quiero que mi madre sufra. Quiero que vea todo lo que perdió. Quiero que se arrepienta de cada palabra cruel que me ha dicho. Quiero que se retuerza de envidia cada vez que me vea.
Ahí estaba. La verdadera razón por la que había venido. No era amor, no era atracción: era venganza. Y, honestamente, eso me excitaba más de lo que debería.
—Puedo hacer que eso pase —dije—. De hecho, ya empecé.
—¿Qué quieres decir?
—Anoche hice un trato con tu madre. Le ofrecí dinero para mantener su estilo de vida a cambio de que no se opusiera a nuestro matrimonio.
Dolores soltó una carcajada amarga.
—Por supuesto que aceptó. Bianca haría cualquier cosa por dinero.
—Lo sé. Y planeo usarlo a tu favor. Cada vez que te humille, le cortaré los fondos. Cada vez que te trate mal, le quitaré un privilegio. La voy a entrenar como al perro que es.
Sus ojos brillaron con algo oscuro y satisfecho.
—Me gusta cómo piensas, Sergio Montero.
Era la primera vez que decía mi nombre. Y me gustó. Me gustó demasiado.
—¿Entonces aceptas?
Ella se puso de pie. Caminó hacia mí con pasos lentos, deliberados, y se detuvo a centímetros de distancia, tan cerca que pude oler su perfume, algo floral y dulce que me estaba volviendo loco.
—Acepto. Pero con una última condición.
—¿Cuál?
—Quiero un matrimonio de verdad. No quiero ser tu trofeo ni tu capricho. Si vamos a hacer esto, lo hacemos bien. Con todo lo que implica.
Me puse de pie, quedando frente a frente con ella. Se le aceleró la respiración. La mía también.
—¿Estás segura de lo que estás pidiendo, Dolores?
—Completamente segura.
—Porque una vez que cruzamos esa línea, no hay vuelta atrás. Voy a quererte de todas las formas posibles. Y no voy a compartirte con nadie.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
La tensión entre los dos era tan densa que costaba respirar. Alcé la mano y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos. Ella cerró los ojos y suspiró.
—Entonces tenemos un trato, futura señora Montero.
Abrió los ojos y me miró con una mezcla de desafío y deseo que me dejó sin aliento.
—Tenemos un trato.
Y entonces hice algo que había querido hacer desde la primera vez que la vi bailar. La besé. Fue un beso suave al principio, casi tímido. Pero cuando ella respondió, cuando sus labios se abrieron bajo los míos, perdí el control. La atraje hacia mí, profundizando el beso, bebiéndomela después de meses de imaginármelo.
Ella gimió contra mi boca y ese sonido casi me mata. Sus manos se enredaron en mi cabello y tiraron con fuerza. Le mordí el labio inferior y ella jadeó. Estábamos jugando con fuego, y los dos lo sabíamos.
Me separé antes de hacer algo de lo que nos arrepintiéramos. O de lo que no, según cómo se mirara.
—Deberíamos parar —dije con la voz ronca.
—Probablemente —respondió ella, igual de afectada.
—Antes de que hagamos algo precipitado.
—Sí.
Pero ninguno de los dos se movió. Nos quedamos ahí, respirando pesado, mirándonos como dos idiotas enamorados. Aunque, técnicamente, solo uno de nosotros lo estaba: ella solo quería venganza. Pero eso estaba bien. Por ahora.
—La boda será en dos meses —dije al fin—. Después de la de Andrés y Catalina.
—Dos meses —repitió ella—. Es poco tiempo.
—Es una eternidad.
Ella sonrió. Una sonrisa genuina que le iluminó la cara y me hizo querer besarla otra vez.
—Supongo que tengo una boda que planear.
—Supongo que sí.
Se dirigió al ascensor, pero antes de entrar se giró.
—Sergio.
—¿Sí?
—Gracias. Por verme. Por quererme. Aunque sea una locura.
—No es una locura, Dolores. Es lo más cuerdo que he hecho en años.
Las puertas del ascensor se cerraron y ella desapareció.
Me quedé de pie en medio de la oficina, con su perfume todavía en el aire, el sabor de su boca en la mía y el corazón golpeándome como si tuviera veinte años en vez de cuarenta.
Sabía perfectamente en lo que me acababa de meter. Me estaba casando con una mujer que no me quería, que cuando me miraba veía dos cosas: una billetera y una forma de destrozar a su madre. Una mujer que iba a usarme para su venganza y que, cuando la consiguiera, tenía todo el derecho de dejarme tirado.
Y no me importó. Ni un poco.
Porque yo no la quería por dos meses. La quería para siempre, aunque ella todavía no lo supiera.
Tenía sesenta días para cambiarle la respuesta. Sesenta días para que Dolores Fernández dejara de mirarme como el camino hacia Bianca y empezara a mirarme a mí.
No había perdido una negociación en veinte años.
No pensaba empezar por la única que me importaba.
