Capítulo 5 Capítulo 5: Besos y Amenazas

Capítulo 5: Besos y Amenazas

Pasé toda la tarde frente al armario sin decidirme.

—Este —dijo Catalina, sacando un vestido verde esmeralda que ni recordaba tener—. Definitivamente este.

—Es demasiado.

—Es perfecto. —Me lo lanzó a las manos—. Vas a cenar con tu prometido frente a mamá. Necesitas armadura de guerra.

Prometido. Qué palabra tan extraña.

—Cata, esto es una locura.

—Lo sé. —Sonrió—. Pero es una locura divertida. Además, ¿viste la cara de mamá anoche? Casi le da un derrame.

Me reí a pesar de todo. La cara de Bianca había sido un regalo.

—Anda, vístete —me apuró Cata—. Tu futuro esposo llega en una hora.

Cuando vi la expresión de Sergio, supe que había elegido bien. Sus ojos recorrieron el vestido, mis curvas, mi rostro, despacio, como si estuviera memorizando cada detalle.

—Cierra la boca —le dije—. Se te van a meter moscas.

—Estás… increíble.

—Lo sé.

Le tomé el brazo y entramos juntos al comedor.

Mi madre ya estaba sentada en la cabecera, con una copa de vino y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Catalina y Andrés ocupaban un lado de la mesa.

—Buenas noches, mamá —dije con dulzura calculada—. Sergio y yo tenemos algo que anunciarte.

Bianca bebió de su copa sin inmutarse.

—He aceptado casarme con él. Una semana después de la boda de Catalina.

El silencio duró exactamente tres segundos.

—Qué… encantador —dijo mi madre al fin, arrastrando las palabras—. Aunque debo decir, Sergio, que esperaba mejores decisiones de un hombre de tu… calibre.

Apreté los dientes.

—Pero bueno, es tu vida. —Se encogió de hombros con elegancia fingida—. Uno no puede controlar los gustos de los demás, por más cuestionables que sean.

Sergio abrió la boca para responder, pero lo detuve con una mano en su brazo. Déjamela a mí, decía mi gesto.

La cena comenzó. Fue la hora más incómoda de mi vida. Cada bocado venía acompañado de un comentario venenoso de mi madre; cada sorbo de vino, de una mirada despectiva.

—Dolores siempre fue de buen comer —comentó Bianca cuando me serví ensalada—. Al menos eso no cambiará con el matrimonio.

—Madre —advirtió Catalina.

—¿Qué? Solo digo la verdad. —Sonrió con falsa inocencia—. Sergio, cariño, espero que sepas en lo que te estás metiendo. Mi hija tiene muchas… necesidades.

Sergio apretó la mandíbula.

—Bianca, creo que…

—Aunque claro —lo interrumpió ella, inclinándose hacia él con el escote estratégicamente expuesto—, si alguna vez necesitas compañía más… refinada, ya sabes dónde encontrarme.

Su mano rozó el brazo de Sergio.

El calor me subió por el cuello y antes de pensarlo me puse de pie, tomé el rostro de Sergio entre mis manos y lo besé. No fue un beso tímido. Fue un beso de guerra, de este hombre es mío y no tuyo. Sergio se quedó quieto un segundo. Luego sus manos encontraron mi cintura y respondió con una intensidad que me dejó sin aire.

Cuando lo solté, los dos respirábamos agitados.

—Soy una mujer completa y segura —dije, mirando directamente a mi madre—. Y créeme, mamá, que voy a hacer muy feliz a mi futuro esposo. —Me giré hacia Sergio—. ¿O no, cariño?

Él me miraba como si acabara de descubrir el sentido de la vida.

—Sin duda —murmuró, completamente embobado.

El silencio en el comedor era sepulcral. Bianca se puso de pie tan bruscamente que casi tira su copa.

—Discúlpenme. Tengo jaqueca.

Salió del comedor con pasos furiosos. En cuanto desapareció, Catalina soltó una carcajada.

—¡Hermana, te pasaste! —Se limpió las lágrimas de risa—. Mamá va a tener pesadillas con ese beso.

Andrés también reía.

—Me parece que ustedes dos se casan solo para molestar a mi suegra.

Sergio se puso serio de golpe.

—No digas tonterías. —Hizo una pausa, mirándome con algo nuevo en los ojos—. Pero me gustó. Veo que mi esposa tiene carácter. Además, ya era hora de que alguien pusiera en su sitio a tu suegra. Tú la tienes que aguantar; nosotros no.

Andrés palideció.

—Ni loco. Catalina y yo nos vamos de esta casa apenas nos casemos.

Cata apretó la mano de su prometido con gratitud. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez esto no era tan mala idea.

Acompañé a Sergio hasta su coche. La noche estaba fresca, el jardín iluminado por faroles antiguos.

—Gracias por venir —dije, sin saber muy bien qué más decir.

—Gracias por el beso. —Sonrió de lado—. Fue… inesperado.

—Alguien tenía que callar a mi madre.

—¿Solo por eso?

Se me subió el color a la cara.

—No te emociones.

Sergio rió, una risa grave y cálida que me hizo cosquillas en el estómago.

—¿Mañana estás libre? —preguntó—. Me gustaría llevarte a cenar. Una cita real, sin tu madre envenenando el ambiente.

—¿Una cita?

—Eso hacen los prometidos, ¿no? Conocerse.

Lo pensé un momento.

—Está bien. Mañana a las ocho.

—Perfecto.

Se inclinó hacia mí. Y me besó. No como lo había besado yo adentro, con rabia y territorio. Este beso fue suave, lento, con todo el tiempo del mundo para recorrer mis labios.

Cuando se separó, le di una cachetada. No fuerte, apenas lo suficiente para que sonara.

—¡Oye! —protestó, llevándose la mano a la mejilla—. ¿Y eso por qué?

—No te di permiso.

—Tú me besaste a mí hace media hora y no me pediste permiso. —Se frotó la mejilla—. La ley del embudo, entonces.

Alcé una ceja y me crucé de brazos. Sergio sonrió, y esa sonrisa le transformó la cara de CEO intimidante en algo peligrosamente atractivo.

—Me encantas —dijo, así de simple.

Subió a su coche y se fue.

Me quedé ahí parada, con los labios hormigueando y el corazón golpeándome demasiado rápido. Una parte de mí quería a ese hombre posesivo y mandón. La otra quería matarlo.

Entré a mi habitación flotando. Y encontré a mi madre sentada en mi cama.

—¿Qué haces aquí?

Bianca me miró con esa sonrisa que conocía demasiado bien.

—¿Crees que porque te vas a casar con ese hombre te vas a librar de mí?

—Mamá, no tengo ganas de…

—Todo el dinero que te dé tu esposo —me interrumpió—, me lo vas a entregar.

Se me cortó la respiración.

—¿Por qué haría eso? —Solté una risa incrédula—. ¿Acaso no puedes conseguirte otro hombre que te mantenga? Ah, se me olvidaba: el último te dejó en la ruina.

A mi madre se le encendieron los ojos.

—No pienso mantenerte —seguí—. Búscate la vida como todos.

Bianca se levantó y me agarró del brazo con fuerza brutal.

—Lo harás.

—Suéltame.

—Lo harás, Dolores. —Me clavó las uñas hasta que la piel cedió—. Todo el dinero que te dé tu esposo. Hasta el último billete. O tu hermana se entera de todo.

Se me cerró la garganta.

—¿De qué hablas?

Bianca me acercó la boca a la oreja. Sentí el aliento tibio, el perfume caro de siempre, y después cada palabra cayendo despacio.

—De quién es el padre de Catalina. El de verdad. Y de lo que le pasó al hombre que ella llora cada aniversario.

Las rodillas se me aflojaron y me sostuve del poste de la cama.

—No te atreverías.

—Ponme a prueba. —Me soltó el brazo. Me quedaron cuatro medialunas rojas marcadas en la piel, una con una gota de sangre asomando—. Una llamada, hija. Eso es todo lo que me cuesta borrarle a Catalina la vida que conoce.

Caminó hasta la puerta, la abrió y recién ahí se dio vuelta.

—Ah. Arréglate esa cara para mañana. —Sonrió—. Los hombres como Sergio Montero necesitan una mujer de su nivel o se aburren y aunque ahora te allá elegido, puedo lograr que te deje.

Y cerró la puerta.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo