Capítulo 6 Capítulo 6: PURGANTE.
Me desperté con mariposas en el estómago.
Patético. Tengo veinticinco años, no quince. Pero ahí estaba, mirando el techo de mi habitación como una adolescente antes de su primer baile.
Hoy tenía una cita con Sergio Montero.
Una cita real.
Bajé a la cocina por un vaso de jugo. Tenía el estómago cerrado de los nervios y necesitaba algo que me calmara.
Mi madre estaba ahí.
Por supuesto que estaba ahí.
—Te ves bien —dijo, mirándome de arriba abajo.
Llevaba un vestido azul marino que Catalina había elegido para mí. Sencillo pero elegante. El tipo de ropa que nunca me ponía.
Bianca tomó una jarra de jugo de naranja y me sirvió un vaso.
—Toma. Necesitas energía para tu... cita.
La miré con desconfianza.
—No me sirvas. No finjas que te importo.
—Solo intento ser amable, Dolores. —Su sonrisa era dulce como el veneno—. Pronto dejarás de verme. Disfruta mientras puedas.
Tomé el vaso. Tenía sed y no iba a darle el gusto de verme rechazar su falsa amabilidad.
Me lo bebí de un trago.
—Gracias por nada —dije, dejando el vaso en el fregadero.
El timbre sonó.
Mi corazón dio un salto.
—Ahí está tu príncipe azul —se burló Bianca—. Corre, no lo hagas esperar.
Salí de la cocina sin mirar atrás.
Sergio estaba en la puerta con un ramo de rosas rojas.
Llevaba un traje gris oscuro, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos. El cabello perfectamente peinado. Esos ojos grises que me atravesaban cada vez que me miraban.
—Buenas noches, Luna —dijo, usando mi nombre del club como si fuera un secreto entre nosotros.
Me sonrojé.
—Buenas noches.
Tomó mi mano y la besó. Un gesto anticuado, ridículamente romántico.
Me encantó.
—¿Lista?
—Lista.
Me abrió la puerta del auto como si fuera una princesa.
El restaurante estaba en el último piso de un rascacielos.
Pero no era un restaurante común. Era un jardín privado. Árboles pequeños, flores de todos los colores, una fuente en el centro. El cielo estrellado sobre nuestras cabezas.
—No sabía que este lugar existía —susurré, maravillada.
—Poca gente lo sabe. —Sergio me guió hasta una mesa apartada, rodeada de rosas—. Lo reservé para nosotros.
—¿Todo el jardín?
—Todo el jardín.
Música suave flotaba en el aire. Violines, piano. Como una película de época.
Nos sentamos. Un mesero apareció de la nada con champagne.
—¿Nerviosa? —preguntó Sergio.
—Un poco.
—Yo también.
Lo miré sorprendida.
—¿Tú? ¿El gran Sergio Montero nervioso?
—Llevo seis meses esperando este momento. —Sus ojos no se apartaban de los míos—. Creo que tengo derecho a estar nervioso.
Algo cálido se expandió en mi pecho.
Comenzamos a hablar.
De todo y de nada. Como en el club, pero mejor. Sin paredes de por medio. Sin límites de tiempo. Me contó de su esposa, de cómo la perdió, del vacío que dejó. Yo le conté de mi padre, de cuánto lo extrañaba, de cómo el baile era lo único que me hacía sentir viva.
Reímos. Mucho.
Descubrí que tenía un sentido del humor seco que me encantaba. Que le gustaba el jazz y odiaba el reggaetón. Que leía novelas de misterio antes de dormir. Que su comida favorita era la lasaña de su abuela, que murió cuando él tenía diez años.
Era... humano.
No el CEO frío que todos temían. No el viudo amargado que yo había imaginado.
Solo un hombre tratando de volver a sentir algo.
Como yo.
—¿Sabes? —dije, después de mi segunda copa de champagne—. Esto no está tan mal.
—¿Tan mal?
—La cita. Tú. —Me encogí de hombros—. Pensé que sería incómodo.
—¿Y no lo es?
—No. —Sonreí—. Es... agradable.
Sergio extendió su mano sobre la mesa. La tomé sin pensarlo.
—Podría acostumbrarme a esto —murmuró.
Yo también, pensé. Pero no lo dije en voz alta. Y entonces todo se fue al infierno.
El dolor llegó sin aviso.
Un retortijón brutal en el estómago que me hizo doblarme sobre la mesa.
—¿Dolores? —La voz de Sergio sonaba lejana—. ¿Estás bien?
Intenté responder, pero una oleada de náuseas me lo impidió.
Me levanté de golpe.
—Baño —logré decir—. Necesito el baño.
Corrí.
No sé cómo llegué. Solo recuerdo el frío del mármol bajo mis rodillas mientras vomitaba todo lo que había cenado. Luego más dolor. Más náuseas. Mi cuerpo expulsando algo que no debería estar ahí.
—¿Dolores? —La voz de Sergio al otro lado de la puerta—. ¿Estás bien? ¿Te ayudo?
—No entres —gemí—. Por favor, no entres.
Pero el dolor era demasiado.
El mundo se volvió borroso.
Y luego, negro.
Desperté en una habitación blanca.
Hospital. El olor a desinfectante era inconfundible.
—¡Lola! —Catalina estaba a mi lado, con los ojos rojos de llorar—. Gracias a Dios, despertaste.
Andrés estaba detrás de ella, pálido.
Y Sergio. Sergio estaba sentado en una silla junto a mi cama, con el rostro descompuesto. Sudaba frío. Parecía haber envejecido diez años.
—¿Qué pasó? —Mi voz sonaba rasposa.
—Te desmayaste —dijo Sergio—. Te traje de emergencia.
Un doctor entró en ese momento.
—Señorita Fernández, qué bueno que despertó. —Revisó mi expediente—. Sufrió una intoxicación severa. ¿Puede decirme qué comió hoy?
Intoxicación.
Pero si apenas había comido...
—Se le pasa por andar comiendo porquerías.
Esa voz.
Mi madre estaba en la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción.
—Te lo he dicho mil veces, Dolores. Estás gorda porque no paras de tragar. Era cuestión de tiempo para que tu estómago colapsara.
—Fuera —dijo Sergio.
Su voz era hielo puro.
—¿Perdón?
—He dicho que te vayas. —Se puso de pie, interponiéndose entre mi madre y yo—. Ahora.
Bianca abrió la boca para protestar, pero algo en los ojos de Sergio la hizo cambiar de opinión.
—Como quieras. —Se encogió de hombros—. Mejórate, hija.
Se fue.
Pero su sonrisa se quedó grabada en mi mente.
Esa sonrisa de triunfo.
Y entonces lo entendí.
—Doctor —dije, incorporándome en la cama—. Necesito que me haga exámenes más específicos.
—¿Específicos?
—Quiero saber si hay algún medicamento en mi sistema. Algo que no debería estar ahí.
Sergio me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué estás pensando?
No respondí.
Porque estaba recordando.
Esa mañana había estado tan apurada que no desayuné. En la universidad no comí nada por los nervios. Lo único que había ingerido antes de la cena era...
El jugo.
El maldito jugo que mi madre me sirvió.
Una hora después, el doctor regresó con los resultados.
—Señorita Fernández, encontramos bisacodilo en su sistema. Es un laxante muy potente, generalmente usado en veterinaria. La dosis fue pequeña, pero suficiente para causar los síntomas que experimentó.
Silencio.
Catalina se llevó las manos a la boca.
—No puede ser...
—¿Quién te dio algo de beber hoy? —preguntó Sergio. Su voz era calmada, pero sus ojos ardían.
—Mi madre. —Las palabras salieron como cuchillos—. Me sirvió un jugo antes de salir.
Sergio apretó la mandíbula.
—Déjame encargarme de tu madre —dijo—. ¿Entendiste?
Asentí.
No tenía fuerzas para discutir.
Sergio salió de la habitación como una tormenta a punto de desatarse.
En cuanto la puerta se cerró, Catalina se derrumbó sobre mi cama, llorando.
—Lola, lo siento mucho. —Sollozaba contra mi hombro—. Nunca pensé que mamá fuera capaz de hacerte esto. Sabía que era cruel, pero esto... esto es...
—Lo sé.
—¿Por qué? ¿Por qué te odia tanto?
No podía decirle la verdad. No podía contarle que nuestra madre había dejado morir a papá. Que ella no era su hija. Que todo lo que creía sobre nuestra familia era mentira.
Así que solo la abracé.
—No lo sé, Cata. No lo sé.
Pero sí lo sabía.
Bianca me odiaba porque yo era testigo de su peor pecado. Porque cada vez que me miraba, veía la noche en que dejó morir a mi padre.
Y ahora quería destruirme.
Pero no iba a dejarla.
Me las vas a pagar, pensé, mientras las lágrimas de mi hermana me empapaban el hombro. Todas y cada una.
