Capítulo 2 El casino y el barman- parte 2
—Bien; entonces, eso es lo primero que debes hacer —interviene Sole, asintiendo con la cabeza para darle más énfasis a lo que decía.
—No —habla Lucas, sorprendiéndonos—. Lo primero que debe hacer es ir a la barra y traer más tequilas gratis. Todos nos empezamos a reír. No iba a ir de nuevo hacia allá, tampoco estoy tan desesperada por sexo... Pero por los Dioses del Olimpo, qué bueno está el barman. Justo, en ese momento, él se gira a mirarme y me guiña un ojo... La tentación, uno de mis peores pecados, el que más uso, y el que esté mirándome con ojos de depredador hambriento no ayuda.
—No voy a ir de nuevo a la barra, ve y búscate tus propios tragos gratis —le contesto, sin quitarle los ojos de encima al cantinero.
—Si claro, como si no quisieras ir de nuevo para allí —esboza, seguro y con supremacía.
—No quiero ir de nuevo hasta allí —entono, firmemente. Vamos, así se habla Lina.
—Al menos, disimula y mírame a mí cuando me hablas, y no al barman —exclama con tono irónico. Entonces miro a Lucas más roja de lo que estaba, mientras, los otros desprolijos se ríen sin miramientos. Maldito mi cuerpo traicionero, malditos mis amigos; malditos todos.
—Te estoy mirando —le digo, perdiendo la poca paciencia que tengo.
—No lo hacías Lina, lo mirabas como si le estuvieras haciendo sexo salvaje —afirma, mientras ríe.
—Es verdad —secunda Gaby.
—Y él también te miraba de la misma forma —acota Sole.
Buenísimo, ahora los tres están señalándome.
—Voy al baño —les anuncio, levantándome—. Y más vale que tenga un tequila en mi lugar para cuando vuelva.
Camino haciéndome lugar entre la multitud para llegar al baño, y una vez ahí, entro a uno de los cubículos. Cuando salgo, me miro al espejo y retoco mi maquillaje; en ese momento escucho que The Weeknd con su canción "The hills", comienza a hacer presencia en el bar. Me encanta esa canción, por lo tanto me apresuro para salir a volver con los demás. Cuando salgo del baño me colisiono contra un enorme pecho, entonces levanto la mirada. Oh, bendito sea el creador del hombre. El barman me observa con una media sonrisa.
—Disculpa —me las arreglo para decir. ¿Qué me pasa?
—¿Me pides disculpas por chocar contra mí o por estar, todavía, pegada a mi cuerpo? —curiosea, arqueando una ceja. Oh mierda, sí, todavía seguía pegada a él, y unas de mis manos en su cadera. ¡Qué calor!
—Eh... ¿Por las dos cosas? —Le sonrío y trato de alejarme, pero él me retiene en el lugar.
—¿Cómo te llamas? —indaga, sonriendo.
—Lina. Su mirada es muy fuerte, pero se la voy a sostener. No pienso bajar mis ojos como una nena de quince años. Empezó a acercarse. Mierda.
—Lindo nombre —susurra en mi oído, pegando sus labios—. Lindos ojos también —murmura, mientras sus labios rozan mi mejilla. ¿Lindos ojos? Son horribles mis ojos. Ok, bien, son grises; pero no un gris fuerte, es un gris muy claro, un color muy frio, y la verdad, nada lindo. Mis amigos me dicen "Ice-woman", burlándose de mí color, y creo que también por mi carácter; qué saben ellos.
—Gracias... Pero creo que ya debería irme —largo las palabras queriéndome zafar de su brazo, pero él no me deja, nuevamente.
—Creo que ellos no te necesitan, todavía —señala a mis amigos. Los miro, están bailando.
Cuando Lucas me ve, el muy desgraciado se sonríe y se da la vuelta, ni siquiera le dio importancia a mi mirada de S.O.S; me las va a pagar querido amigo.
—¿No deberías estar en la barra? —curioseo, volviéndole a prestar atención.
—En realidad, no es necesario que me quede toda la noche detrás de la barra; puedo salir para ir al baño y... bueno, ya sabes; todo eso —responde, gesticulando con la mano libre, ya que con la otra seguía agarrando mi cintura.
—Bueno, entonces dejo que vayas al baño —manifiesto, queriendo sol-tarme, sin llegar a ningún lado, otra vez.
—No tengo ganas de ir al baño —murmura, con esa media sonrisa.
—¿Y de qué tienes ganas? —No, Lina, no tenías que preguntar eso. Estúpida Lina, mordiste el anzuelo.
—De esto...
Sin darme tiempo a nada se acercó y me besó. Su boca irrumpió en la mía, dándose paso con su lengua e instando a la mía a una lucha entre ellas; ni lugar a retrucar me dio, él solo me besó y me arrinconó contra la pared. Bien, Lina, caíste. Cómo besa; la verdad es que no está mal estar contra la pared de esta forma, con sus manos en mis caderas empujándome hacía él. ¿Conocen dicho "entre la espada y la pared"? Bueno, esto es más o menos parecido: estoy entre el barman y la pared, totalmente acorralada. Su cuerpo está pegado al mío; o mejor dicho, tiene mi cuerpo pegado al suyo. Puedo sentir el calor que emana de este. Tengo que marcharme de aquí o quizás después; todavía no quiero salir de esta bendita pared y estos grandes brazos. Sus manos aprietan mis caderas contra la suya y puedo sentir su erección. Su beso se hace más profundo, su lengua es indulgente y extrovertida, saborea toda mi boca sin miedo alguno. Yo, como de las más estúpidas, tengo mis manos en puños agarrando su camiseta sin mangas; lentamente me dispongo a subirlas para tomarlo del cuello.
—¡Seba! —gritan a lo lejos.
El barman me suelta y se da la vuelta, le toma unos segundos recuperar la normalidad de su respiración; a mí me toma un poco más, pero gracias al inoportuno es que puedo respirar. Había un chico acercándose a nosotros, mirándolo con curiosidad. Ahora, al menos sé su nombre: Sebastián.
—Hey, man, ¿qué pasa?
—Te están buscando en la barra —le informa el recién llegado, ya a su lado, y me mira curioso.
Buenísimo, seguro que no soy la primera con la que se estampa contra la pared.
—Ok, ya voy —le avisa, y luego posa sus ojos en mí—. Debo irme, muñeca; pero puedes llamarme en otro momento —dice en voz baja, colocándome un papel en la mano; me besa y se va. Yo me quedé ahí, agitada, estupefacta contra la pared como si fuera un póster.
Regreso con los chicos, todos dándome sus miradas de "chica, estás caliente como una olla a presión"... Si supieran. Lo bueno es que está mi tequila. Luego de este pequeño incidente, la noche continuó sin ningún otro altercado; gracias a Dios y a todos los santos, y por supuesto, no volví a ir al baño. Volviendo a casa, en el auto, les hice jurar a los tres un millón de veces, que no le contaran nada a nadie; ni a sus familiares, ni amigos, a nadie. Con mi pasado, era mejor no levantar vuelo y seguir pasando desapercibida.
