Capítulo 3 Capítulo 1
Luego de un par de meses de aquella noche del casino; me encuentro mirando televisión con mi hija cuando se me ocurre algo que quería hacer hace mucho tiempo, y que mejor hacerlo ahora que puedo y que tengo la oportunidad. Busco mi teléfono y marco.
—Hola, hija. —Atiende al tercer repique mi madre.
—Hola, ma. —Lo mío no es hablar por teléfono, que quede claro.
— ¿Cómo estás? ¿Cómo está Ayelen? —quiere saber. Mis ojos se dirigen hacia mi hija, que se encontraba muy concentrada mirando los dibujitos animados.
—Bien, estamos acá, viendo tele. —Sí, definitivamente esto no es lo mío, me quedo con el WhatsApp.
—¿Estás cómoda en tu nueva casa? ¿Cuándo voy a ir a conocerla? —Me había olvidado de ese pequeño detalle: mi familia todavía no conoce la casa.
El hecho es que quería tener las habitaciones decoradas y terminadas a mi gusto primero; es una casa muy linda, casi a mi gusto y el lugar es genial y muy tranquilo, sin vecinos molestos y entrometidos, ya que todas las casas están un poco aisladas por enormes patios y jardines.
—Eh... Sí, este fin de semana, por eso te llamaba —Mentirosa—. Por eso y porque tengo que pedirte un favor muy grande —suspiro, cruzando los dedos; ojalá que me diga que sí.
—A ver, ¿qué es lo que me quieres pedir? —azuza, con ese tono de "a ver con qué me sales ahora".
—Bueno, necesito que me cuides a Aye un par de semanas. —Espero el grito.
—¿Qué? —Y ahí está mi grito, ja—. Ni loca —chilla como si le hubiera pedido que asesinara al Presidente.
—¿Por qué no? Ni siquiera me preguntas porqué te estoy pidiendo que la cuides tanto tiempo, ni nada me preguntaste; por favor —le suplico, odio hacerlo.
—¿Por qué quieres que la cuide tanto tiempo? —cuestiona con tono aburrido, como diciendo que no importa el porqué, la repuesta sigue siendo "no".
—Porque me quiero ir a Alemania —le lanzo, sin más.
—¡¿Qué?! —vuelve a gritar, haciendo que corra el tubo de mi oído. Por Dios, qué exagerada.
—Lo que escuchaste. Quiero ir a Alemania y no la puedo llevar a Aye hasta que no termine con los documentos de ella y toda esa berenjena. ¿Puedes hacerme ese favor?
—¿Y por qué quieres ir a Alemania?
—Porque quiero conocer ese país y ahora puedo —le respondo.
—¿Te vas a ir sola? —me interroga. Con eso quiere decir que la lleve conmigo, pero si la llevo conmigo no me puede cuidar a Aye. Buena jugada, mamá.
—Voy a ir con Sole.
—¿Por cuánto tiempo? —pregunta, analizando el campo.
—No sé, dos o tres semanas. ¿Me la vas a cuidar o no? Dime que sí, no puedes hacerme perder esta oportunidad —soné muy victima sufrida. Un Oscar para mí.
—Pero Lina, yo tengo que trabajar y ella tiene escuela... —la detengo.
—No hay problema con eso —tengo que pensar rápido—. Escucha... —Sin detener mi parloteo, le explico todo lo que se me había ocurrido y, con respecto a su trabajo, bueno, ella es enfermera, lleva veinte años trabajando en el mismo lugar; aunque sé que es algo que le apasiona, también sé que merece unos días fuera del hospital, así que debe reclamar sus vacaciones—. No debes preocuparte por nada, en absoluto —tomo aire para llenar mis pulmones después de esa perorata.
—¿Cuándo te irías? —pregunta, al fin.
—La semana que viene, o a mediados de la otra, en cuanto tenga los papeles en regla.
—Bueno, está bien —me regala un sonoro suspiro—. La cuido. —Yo grito de la alegría —. ¿El fin de semana vamos a conocer tu casa? —indaga.
—Sí, sí... El domingo al mediodía los voy a buscar... No se preocupen por nada, yo me encargo de todo. —Estoy tan contenta, que hasta les lavaría la ropa... Ok, no, tampoco hay que ser extremistas.
—Bueno, el domingo te esperamos y hablamos bien... Besitos —dice.
—¡Besos! —grito emocionada, para luego cortar la llamada.
Tengo que llamar a Sole y convencerla para que viaje conmigo; no quiero hacerlo sola. No creo poder hacerlo sin compañía, no me sentiría cómoda.
—Hola, chica, ¿qué pasa? —saluda, del otro lado de la línea.
—Hola, Sole, eh... tengo una propuesta para hacerte —suelto.
—¿Qué propuesta?
—Bueno... ¿Quieres ir a Alemania conmigo? —suelto sin más, cerrando los ojos.
—¡¡¿Qué?!! —grita.
—Lo que escuchaste, Sole. ¿Me acompañas a Alemania? Quiero ir la semana que viene —hablo con velocidad.
—No puedo ir a Alemania; tengo que trabajar, no tengo dinero, no tengo ropa... No puedo —intervengo, antes que siga con más patéticas excusas.
—¡Basta! —digo, a casi un grito —. La puedes cortar con los no... No esto, no lo otro; eres "doña negativa". El lunes tengo que ir a hacer los papeles, y tú me vas a acompañar para hacer los tuyos. Por el trabajo no te preocupes; cualquier cosa, trabajas conmigo —aseguro con complicidad.
—Si no estás trabajando, Lina —me recuerda con desdén, como si le estuviera haciendo una broma.
Es verdad, desde que cobré el dinero del casino dejé de trabajar para ocuparme de la casa, y porque la verdad quiero hacer otra cosa y dejar de trabajar en los eventos.
—No, no lo estoy; pero cuando volvamos voy a buscar un sitio para abrir ese restó o café que tanto quiero. Eso ya voy a ver en cuanto encuentre el lugar, y vas a trabajar conmigo en el arte culinario, eso que tanto te gusta; vas a poder usar la cocina como laboratorio. Ahora ya no tienes excusas— le aseguro con arrogancia.
—Bien, suena como una buena idea —dice dudosa.
—¿Qué? Suena como una estupenda idea, unas de las mejores que he tenido te podría decir.
—Bien, es una de las más grandes ideas que has tenido —se toma unos segundos —. ¿Entonces, nos vamos la semana que viene? —termina su pregunta soltando un grito.
—¡¡Sí!! —chillo, igualándola y saltando arriba del sofá.
