Capítulo 4 Capítulo 2

¿Les dije que odio hacer trámites? Pues, así es. Perdí todo el maldito día, estoy cansada, con hambre y de muy mal humor; lo peor, es que tengo que pasar a buscar a Ayelen por la casa de mi madre y me va a retener lo suficiente para hacerme todas las preguntas que no voy a poder responder. Y todo eso sin contar que no pegué un ojo en toda la noche; mi euforia y mi adrenalina fueron las causantes de mi insomnio.

—Hola, mamá —la saludo entrando a la casa.

—Hola, Lina. ¿Cómo te fue?

—Bien, solo hay que esperar a que llegue el pasaporte —contesto, sentándome en una silla, bastante cansada—. ¿Cómo te portaste? —le pregunto a Aye, dándole un beso en la mejilla y sentándola en mi regazo.

—Bien, como siempre —responde, sin un ápice de inocencia. Pequeña demonia.

—¿Y para cuándo los vas a tener? —es oficial: empezaron las preguntas.

Solo quiero irme a dormir... lloriqueo por dentro.

Después de contestar preguntas «de las cuales no sabía las respuestas», salí de ahí. Ya estando en mi casa, tenía la intención de echarme en la cama como una morsa varada y así lo hice, aunque no puedo decir que dormí como era debido, pero al menos estoy un poco menos cansada que ayer. Me apresuro con el desayuno y apremio a mi hija también.

—Aye, vamos a llegar tarde, ¿puedes terminar la chocolatada de una vez?

—¡Ya terminé! —grita, saltando para agarrar su mochila.

Esta chica está loca por la escuela; diría que es una mininerd, si no fuera porque no es muy buena con las tareas y que simplemente le gusta jugar con sus amiguitas. Subimos al auto, Aye en el asiento de atrás; le abrocho el cinturón de seguridad y me dispongo a subir en el asiento del piloto. Después de dejar a Aye en la escuela, prendo el estéreo y dejo que Jason Mraz invada el silencio dentro del vehículo, con la canción "Mr. Curiosity" mientras me dirijo rumbo a la casa de Sole. Hoy, día de shopping, y como amo esos días —mentira, los odio—; no soy amante de eso y menos con ella, que se pierde en todas las tiendas y se prueba todo una y otra vez, hasta que por fin decide qué llevar.

—Tenemos que comprar ropa para invierno, un invierno muy frío —le hago saber a mi amiga mientras veo como mira una pollera de tubo.

—Ya lo sé, no soy tonta —apostilla, ladeando la cabeza investigando más su objetivo.

—Es bueno saberlo —azuzo.

—¿No podrías haber elegido un lugar más cálido? —Ahí vamos—. No sé... ¿Como Brasil?

Ella solo quiere ir allí por una sola razón, y su cromosoma es Y.

—Solo quieres ir a Brasil para babearte con los brazucas —le acuso, haciéndole muecas divertidas cuyo propósito es hacerla reír.

—¿Y eso que tiene de malo? ¿Me vas a decir que no quieres un morocho bien grandote para abanicarte? —pregunta sonriendo.

—Obvio que sí, y otro para que me haga caipirosca. Pero primero quiero ir a Alemania y después, en el verano, nos vamos a Brasil. ¿Dale? —Le dedico mi mirada más tierna.

—Bien, bien; pero más te vale que me lleves a Brasil y bailemos axé con tres "morochios" cada una —entona, medio en serio, medio en broma. Y por supuesto que lo íbamos a hacer, aunque ir en el verano no iba a ser buena idea, nos cocinaríamos en Brasil y no soy muy partidaria del calor.

—Tenemos un trato. Ahora deja de quejarte y compremos de una vez —le digo apurándola.

Después de comprar mucha ropa, muy abrigada, fuimos a buscar a Aye a la escuela para ir al cine; a ella también le compré ropa y cosas que sé le van a gustar. Es decir, ponis; varios, de hecho.

—¿Puede ser que te comportes? No puedes andar coqueteando con el chico de los pochoclos —le reprendo.

—Ahora eres una hipócrita, tu si puedes coquetear con el barman de la otra noche y yo no con ese chico —apostilla, señalando al chico sin ningún problema de que él la vea.

—Pero no estaba con mi hija adelante mientras coqueteaba —respondo, enojándome por su desfachatez.

—Cómo sea, ¿lo llamaste? —pregunta, como quien no quiere la cosa.

—¿A quién? —Ya le perdí el hilo.

—Al barman, Lina, ¿a quién va a ser? —entona, divertida por mi reacción cuando lo nombró.

—¿Y por qué lo voy a llamar? —indago, obviamente evadiéndola.

—Porque para algo te dio su número —contesta la muy descarada.

—¿Cómo sabes que me dio su número? —Entrecierro los ojos, escrutándola con la mirada.

—Ay Dios, deja de hacerte la desentendida... Me lo dijo él; cuando fui por más tragos, me dijo —se aclara la garganta e imita la voz del barman—: Dile a tu amiga que el número que le di es mío, que me llame cuando quiera —recita sonriendo.

Genial; el barman ya abrió su linda boquita, y como si fuera poco lo hizo con Sole, que es la peor para mantener la boca cerrada.

—No lo voy a llamar —declaro.

—¿Por qué no? —pregunta, con voz chillona.

—Porque ahora no tengo ganas de llamarlo. Además, pasó hace semanas y seguro ni se acuerda de mí, y sin contar que ya nos vamos a Alemania y no va a tener sentido llamarlo. Capaz cuando volvamos —explico, encogiéndome de hombros.

—Bien, como quieras —expresa—. Aunque pienso que deberías llamarlo.

—Sole —advierto.

—Alguien debe darte la despedida —se excusa.

—Quizás cuando vuelva lo llamo así me da la bienvenida.

—Esa idea me encanta —canturrea moviendo las cejas.

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