Capítulo 5 Capítulo 3
Al fin, el gran día llegó. Me duele mucho el estómago, tengo los nervios de punta; nunca volé, y creo que tengo pavor a volar. —No, Lina, no empieces con la paranoia; déjale ese papel a Sole, que a ella le sienta bien—. Ok, respira, solo respira... No está funcionando. Miro a la salida y luego hacia donde se embarca, y vuelvo a mirar hacia la salida; en cualquier momento salgo corriendo. Tengo pánico de subir al avión, justo ahora me tengo que dar cuenta que me da miedo volar, qué idiota; tengo que ser más valiente, no puedo comportarme como una cobarde en este momento.
—Están llamando a su embarque, chicas —anuncia Lucas.
—Sí, es mejor que se vayan ya —habla Gaby, y se mueve a abrazar a Sole.
—Dios, chica, estas temblando y casi no respiras —nota Lucas, estirando sus brazos hacia mí.
Mierda, es verdad; estoy a punto de morir por asfixia involuntaria. Esto me está superando.
—Estoy bien —murmuro, tratando de ser convincente y fracasando hábilmente. No estaba nada bien.
—Hey, cálmate; inhala y exhala. ¿Cómo era ese dicho? —me pregunta frotando mis brazos con la intención de relajarme, pero sin fruto alguno.
—Inhala paz, exhala amor —contesto en voz baja tratando de parecer fuerte, sin lograrlo.
—Esa es mi chica —admira, abrazándome.
—Bien, será mejor que se apuren —demanda Gaby, haciendo a un lado a Lucas para abrazarme—. Te voy a decir dos cosas: La primera, estoy muy enojado contigo por preferir llevar de viaje a esta desprolija antes que a mí —bromea señalando a Sole, ganándose que ella le sacase la lengua como una niña malcriada—. La segunda, es que te voy a perdonar si me traes un gran recuerdo de allá —habla dedicándome una gran sonrisa.
—Sí, definitivamente te voy a traer un gran recuerdo. Mi virginidad envuelta en papel celofán rojo y un moño enorme —le contesto mostrando mi más hermosa sonrisa, fingida claro está, ya que estoy muriendo de los nervios. Y fue una carcajada colectiva.
—No hay regresión, Lina —suelta con desdén.
—Bien —suspiro y simulo resignación—, te traeré una alemana sado... ¿Qué te parece? —le sonrío.
—Eso sería una buena idea, suena mucho mejor —concuerda, ladeando su cabeza como si se lo imaginara—. Auch —chilla cuando le propino un roscazo en el brazo, por atrevido.
—Dejas volar mucho esa imaginación tuya —lo acuso, mientras se frota el brazo.
—Lu, soy un hombre golpeado —lloriquea, apoyándole la cabeza en su hombro—. Ella me maltrata —sigue hablando y haciendo una escena sobre el hombro de Lucas.
—Ya, ya— dice el rubio palmeándole la cabeza—. No llores, ya se van y seremos libres —le sigue el juego, ganando que Sole se ponga más colorada de lo que es.
—Están haciéndome pasar vergüenza, la gente nos mira —masculla, mirando para todos lados, acalorada por la situación.
— ¿Por qué no me quieren, Lu? —lloriquea más fuerte, causando que más gente se dé vuelta a mirarnos.
Yo no puedo parar de reír, siempre tiene que hacer algunas de las suyas.
—Vámonos ya —me apura Sole, tirando de mi brazo para salir de la escena que están dando los chicos.
—Fuera —le ordeno a Gaby, corriéndolo para luego abrazar de nuevo a Lucas.
—Te voy a extrañar, mi amor —murmura en mi oído.
—Yo también, me gustaría que pudieran venir con nosotras —declaro, abrazándolo con más fuerza.
—No podemos...
—Sí, sí, ya sé —intervengo—. Ese maldito caso que tienen —trato de ser más comprensiva, aunque odio que no podamos viajar los cuatro juntos.
—Te quiero —me susurra.
—Yo también —le correspondo, separándome un poco para verlo a los ojos.
Me besa la frente y me insta a que me vaya de una vez.
Ya en el avión con mi malestar bien presente. Mierda, quiero vomitar. Inhala paz, exhala amor... Inhala paz exhala amor... No funciona; ahora quiero fumar. Necesito un cigarrillo con urgencia. Ojalá las pastillas que me dio Lucas hagan efecto en cuanto las tome, no sé cómo voy a reaccionar cuando se empiece a mover este bendito bicho.
—Lina, estas pálida —me hace saber Sole, observándome. Como si no lo supiera, me mofo mentalmente.
—Ya lo sé, creo que voy a tomar un calmante para dormir todo el viaje —entono, muy descompuesta.
—Bien, trata de descansar —me insta palmeando mi rodilla.
El despegue fue un suplicio, esta cosa empezó a moverse «a sacudirse mejor dicho», y las pastillas todavía no hacían efecto, si es que llegan a hacerlo en algún momento.
Luego de más de catorce horas de vuelo, salimos del avión y mi estómago dio un vuelco nuevamente, pero esta vez por los nervios; Sole me agarra fuerte del brazo, está igual de nerviosa que yo, pero se contiene para no chillar por la cantidad de gente «ella lo sabe y yo lo sé»; no íbamos a dar un espectáculo en medio del tumulto de personas desconocidas, que seguramente nos tildarán de locas histéricas si lo hacemos, así que, a contenerse, al menos hasta que estemos en la protección de la habitación.
