Capítulo 1 El archivo equivocado
―¿Sigues siendo virgen?
La pregunta de Renata atravesó la mesa justo cuando mi madre servía el pastel de compromiso de Claudia. Doce personas dejaron de masticar. Mi cuñado bajó la copa. Mi padre fingió concentrarse en cortar la carne. Yo sostuve el tenedor sobre el plato y contemplé la posibilidad de clavármelo en la frente.
―¿Te importa? ―respondí.
Renata sonrió con esa satisfacción de quien había encontrado una grieta en la pared recién pintada.
―Me sorprende. Escribes novelas llenas de sexo.
―Corrijo novelas. No es lo mismo.
Tampoco era toda la verdad. Yo escribía las escenas que aparecían bajo el nombre de autores con más seguidores, mejores fotografías y suficiente experiencia pública para vender deseo. Ninguno de ellos sabía que la mujer que describía orgasmos contra ventanas seguía durmiendo con una almohada entre las piernas.
Claudia me miró desde la cabecera. Llevaba un anillo enorme y la serenidad insoportable de quien acababa de ser elegida.
―Renata, déjala.
―No la estoy atacando. Solo digo que quizá debería vivir un poco antes de escribir sobre ciertas cosas.
Mi madre dejó la pala del pastel.
―Mara siempre ha sido reservada.
―Mamá, tengo veinticuatro, no doce.
―Veinticinco el próximo mes ―corrigió Claudia.
Otra pausa. Magnífico. Mi edad acababa de entrar al juicio como agravante.
Renata apoyó los codos en la mesa.
―Entonces tienes treinta días.
―¿Para qué?
―Para encontrar a alguien. No querrás llegar a los veinticinco sin saber cómo se siente un hombre encima.
El calor me subió por el cuello. No por la imagen. Había imaginado hombres encima, debajo y de rodillas con una precisión que pagaba mi renta. Me ardía que todos esperaran mi respuesta, como si mi cuerpo fuera una cuenta atrasada.
―También podría llegar a los veinticinco sin casarme con alguien que revisa mi teléfono ―dije.
El prometido de Renata tosió. Claudia cerró los ojos. Mi madre pronunció mi nombre con advertencia.
Renata endureció la boca.
―Al menos alguien quiere revisar mi teléfono.
La frase cayó limpia. No gritó. No necesitó hacerlo.
Me levanté antes de que las lágrimas arruinaran el maquillaje que había comprado a meses sin intereses.
―Gracias por el pastel.
―Mara ―dijo mi madre―, no conviertas todo en una escena.
Recogí el bolso.
―Tranquila. Para que fuera una escena tendría que pasar algo interesante.
Salí sin despedirme.
En el pasillo escuché a Claudia seguirme.
―No tenías que contestarle así.
Me volví.
―¿A ella o a mamá?
―A ninguna. Hoy era importante para mí.
―Y por eso debía dejar que me desarmaran durante el postre.
Claudia bajó la voz.
―Solo están preocupadas.
―No. Están entretenidas.
Su expresión cambió, pero no discutió.
―Tal vez Renata tiene razón en algo. Pasas la vida escribiendo cosas que nunca haces.
―¿También vas a darme una fecha límite?
―Quiero que dejes de esconderte.
Miré su anillo. Ella confundía ser elegida con haber dejado de esconderse.
―Disfruta tu compromiso, Claudia.
―Mara, espera.
Presioné el botón del ascensor.
―Esta noche ya opinaron suficientes personas sobre mi cama.
No necesitaba llevarlas conmigo hasta la puerta de mi departamento.
En el ascensor, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Nicolás Arce.
Necesito el plan de lanzamiento antes de medianoche. Sin excusas.
Leí dos veces el punto final. Nicolás convertía hasta la puntuación en una amenaza. Director editorial, treinta y tres años, camisas oscuras, voz baja y la irritante costumbre de mirarme como si pudiera leer la frase que todavía no escribía.
Respondí que lo tendría listo.
Después abrí el chat con Abril.
Acaban de preguntarme en la cena si sigo siendo virgen.
Tres puntos aparecieron de inmediato.
¿Y les dijiste que tu jefe cuenta como actividad sexual aunque nunca te toque?
Solté una risa en medio del estacionamiento.
Nicolás no cuenta.
Claro. Solo escribes mejores escenas después de que te corrige inclinándose sobre tu silla.
Guardé el teléfono. Abril conocía demasiados detalles y los utilizaba sin respeto por mi presión arterial.
Llegué al departamento a las diez. Me quité los zapatos, abrí la computadora y serví vino barato en una taza que decía AUTORA BESTSELLER. La ironía venía incluida.
El plan de lanzamiento estaba casi terminado, pero cada vez que intentaba revisar las cifras escuchaba la voz de Renata.
Treinta días.
No querrás llegar a los veinticinco sin saber cómo se siente un hombre encima.
Abrí un documento nuevo.
Escribí como título:
MANUAL PARA ACOSTARME CON EL HOMBRE CORRECTO.
Me quedé observándolo.
Sonaba ridículo. También sonaba mejor que llorar.
Punto uno: elegir a alguien que no se burle.
Punto dos: asegurarme de que entienda la palabra no.
Punto tres: besarlo antes de llegar a una cama.
Punto cuatro: dejar de fingir que no me gusta que me den órdenes cuando la puerta está cerrada.
Me detuve.
Bebí vino.
Borré la última línea.
La escribí otra vez.
Mi cara ardía aunque estaba sola.
Punto cinco: pedir lo que quiero sin disculparme.
Punto seis: dejar que me toque sin preocuparme por cómo se ve mi cuerpo.
Punto siete: no apagar todas las luces.
Punto ocho: usar la lencería negra que lleva ocho meses escondida detrás de las toallas.
Punto nueve: permitir que me quite la ropa despacio.
Punto diez: estar segura de que puede detenerse incluso si yo pierdo la cabeza.
Apoyé las manos sobre el teclado. La lista dejó de parecer divertida.
No quería un desconocido elegido por prisa. Quería un hombre que supiera cuándo acercarse y cuándo apartarse. Alguien capaz de sostenerme la mirada mientras me desvestía, sin convertir mi nerviosismo en un espectáculo.
El teléfono vibró.
Nicolás: Faltan cuarenta minutos.
Imaginé su boca pronunciando la frase. Grave. Impaciente. Demasiado cerca de mi oído.
Añadí otro punto.
Punto once: no elegir a un hombre que pueda despedirme al día siguiente.
Lo releí y cerré el archivo.
Abril me llamó por videollamada. Contesté sin peinarme.
―Tienes cara de haber cometido un delito.
―Hice una lista.
―¿De sospechosos?
―De requisitos.
―¿Para matar a Renata?
―Para acostarme con alguien antes de mi cumpleaños.
Abril dejó caer una cuchara fuera de cámara.
―Repítelo.
―No.
―Mándamela.
―Ni loca.
―Entonces no existe.
Miré el documento cerrado. Una parte de mí quería compartirlo. Otra quería arrojar la computadora por la ventana.
―Voy a terminar el informe de Nicolás.
―Envíame la lista primero.
―Después.
Colgué antes de que insistiera.
Abrí el correo, adjunté el plan de lanzamiento y escribí un mensaje breve. Nicolás odiaba los saludos largos y a las personas que explicaban por qué cumplían tarde.
Revisé el destinatario.
Nicolás Arce.
Revisé el asunto.
Plan definitivo.
Presioné enviar.
La confirmación apareció en la esquina. Solté el aire y tomé la taza. Entonces vi el documento abierto detrás del correo.
MANUAL PARA ACOSTARME CON EL HOMBRE CORRECTO.
El plan de lanzamiento seguía en la carpeta de descargas.
Dejé la taza sobre el escritorio con tanta fuerza que el vino saltó al teclado.
Abrí enviados.
Archivo adjunto: Manual definitivo.docx.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Nicolás Arce.
Me quedé inmóvil hasta que la llamada se cortó.
Un segundo después llegó un mensaje de voz.
Lo reproduje con el pulgar temblando.
La voz de Nicolás llenó la habitación.
―Mara, acabo de abrir tu manual. Mañana, a primera hora, vas a explicarme por qué el hombre correcto se parece tanto a mí.
