Capítulo 2 Tinta roja

―¿Cuánto alcanzaste a leer?

Nicolás cerró la puerta de su oficina.

―Todo.

El café se convirtió en ácido. Permanecí junto al escritorio, abrazando mi bolso, mientras él ocupaba su silla.

Sobre la mesa descansaba una copia impresa del manual. Tenía marcas rojas.

―¿Lo imprimiste?

―Necesitaba comprobar que no estaba interpretando mal algunas frases.

―Era más sencillo preguntarme.

―Te llamé anoche.

―A medianoche, después de leer cómo quiero que un hombre me quite la ropa.

Nicolás levantó la vista.

―Despacio.

Mi garganta se cerró.

―¿Qué?

―Escribiste que quieres que te la quite despacio.

Su tono profesional volvió la frase indecente. Imaginé sus dedos en los botones de mi blusa y odié a mi cerebro por colaborar.

Me acerqué al escritorio.

―Dámelo.

Él apoyó dos dedos sobre las hojas.

―Explícame por qué estaba adjunto al plan de lanzamiento.

―Porque estaba cansada.

―Eso explica el error, no el documento.

―No tienes derecho a interrogarme.

―Tienes razón.

Apartó la mano.

Tomé las hojas, pero una anotación atrapó mi mirada. Junto al punto siete, no apagar todas las luces, había escrito: “¿Porque quieres verlo o porque temes que te vea?”

―¿También lo corregiste?

―Corregir textos es mi trabajo.

―Mi vida sexual no es un texto.

―Todavía no es sexual.

Le lancé las hojas. Chocaron contra su pecho.

―Eres un imbécil.

―Eso también aparece en el manual.

Señaló el punto once.

No elegir a un hombre que pueda despedirme al día siguiente.

Debajo había añadido: “Sensato”.

―Voy a renunciar.

―No.

―No puedes impedirlo.

―Tampoco puedo permitir que renuncies porque te avergüenza que una persona descubriera que eres virgen.

La palabra ocupó toda la oficina.

Miré la puerta.

―Baja la voz.

―Nadie puede escucharnos.

―Tú ya eres demasiada gente.

Algo parecido a culpa cruzó su rostro.

―El archivo no salió de mi correo. Lo eliminé del servidor y borré la copia descargada.

―Excepto esa.

―La imprimí antes.

Me agaché para recoger las hojas. Nicolás hizo lo mismo. Nuestros dedos tocaron la primera página.

Retiré la mano.

Él no.

―Mara.

―No me mires así.

―¿Así cómo?

―Como si supieras algo sobre mí.

―Sé que escribes mejor que quienes aparecen en nuestras portadas. Sé que finges seguridad cuando estás incómoda. Sé que llevas tres meses evitando quedarte sola conmigo en un ascensor.

―Eso es mentira.

―Ayer subiste seis pisos por las escaleras.

―Necesito ejercicio.

―Llevabas tacones.

Me incorporé demasiado rápido y choqué contra el escritorio. Nicolás sostuvo mi cintura antes de que cayera.

Su mano quedó abierta sobre mi costado, firme, caliente, demasiado cerca del punto cuatro.

Dejar de fingir que no me gusta que me den órdenes cuando la puerta está cerrada.

Sus ojos bajaron a mi boca.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo. Dejé de respirar. Él notó que no me aparté.

―Suéltame.

Lo hizo de inmediato.

Sin insistir.

Ese gesto me afectó más que la mano.

Retrocedí y acomodé mi blusa.

―Olvida lo que leíste.

―No puedo.

―Haz el esfuerzo.

―No por las razones que imaginas.

―No me interesan tus razones.

―Entonces deja de mirarme como si quisieras conocerlas.

Abrí la boca, pero no encontré una respuesta.

Nicolás guardó el manual en una carpeta.

―¿Por qué antes de tu cumpleaños?

―No es asunto tuyo.

―Es una fecha arbitraria.

―Para ti.

―Para cualquiera.

―Tú nunca has tenido que preguntarte si algo está mal contigo porque nadie te desea.

Su mandíbula se tensó.

―¿Quién te dijo que nadie te desea?

La pregunta se instaló entre nosotros.

Pensé en Renata y en mi madre defendiéndome como si mi virginidad fuera una enfermedad. También pensé en la forma en que Nicolás seguía mirándome.

―No intentes arreglarlo con un cumplido.

―No te he hecho ninguno.

―Entonces deja de hablar como si supieras lo que quiero.

Abrió la carpeta.

―Quieres a alguien que no se burle. Que entienda una negativa. Que te bese antes de llevarte a una cama. Que te permita pedir lo que deseas sin hacerte sentir ridícula.

―Ya lo leí.

―También quieres que sea dominante, paciente y capaz de detenerse incluso si tú le pides que continúe.

El aire se volvió pesado.

―Cállate.

Nicolás cerró la carpeta.

―Eso no es buscar un hombre. Es diseñar una prueba imposible para evitar elegir a uno.

La precisión me dolió.

―No necesito análisis.

―Necesitas dejar de pensar que cumplir veinticinco te convierte en un producto próximo a caducar.

―¿Terminaste?

―No.

Rodeó el escritorio y se detuvo frente a mí.

―Si decides acostarte con alguien, hazlo porque deseas a esa persona. No para demostrarle algo a tu familia.

―¿Y si deseo hacerlo por mí?

―Entonces no necesitas treinta días. Necesitas una elección.

―Ya la estoy buscando.

―¿León Mercado?

Parpadeé.

―¿Qué tiene que ver León?

―Te invitó a cenar durante la presentación pasada.

―No sabía que vigilabas mis invitaciones.

―Estaba a dos metros.

―León es atractivo, divertido y no puede despedirme. Según mi lista, tiene ventaja.

Nicolás bajó la mirada hacia mis labios.

―No sabes cómo toca a una mujer.

―Tú tampoco.

―Sé que habla demasiado de sí mismo.

―Eso no responde.

―No pretendía hacerlo.

La tensión me raspaba la piel. Quería salir y, al mismo tiempo, obligarlo a terminar cada frase.

―¿Por qué dijiste que el hombre del manual se parece a ti?

Nicolás permaneció callado.

―Fue tu mensaje, no mío.

―Estaba molesto.

―¿Porque envié el archivo?

―Porque leí el punto once.

―No acostarme con mi jefe.

―No elegir a un hombre que pueda despedirte.

―Es la misma idea.

―No exactamente.

Dio otro paso. Mi espalda tocó la puerta.

Nicolás apoyó una palma junto a mi cabeza sin encerrarme. Podía moverme. El problema era que no quería.

―Si yo quisiera tocarte, Mara, no utilizaría tu empleo para conseguirlo.

La cercanía convirtió mi nombre en una caricia. Sentí su loción y el calor de su cuerpo sin que llegara a rozarme.

―Pero sigues siendo mi jefe.

―Por eso no voy a tocarte.

―No te lo pedí.

―Tu cuerpo sí.

La vergüenza y el deseo chocaron dentro de mí.

―Eres insoportable.

―Y tú estás temblando.

―De rabia.

―Entonces abre la puerta.

El picaporte estaba a mi alcance. No lo toqué.

Nicolás inclinó el rostro. Su boca quedó tan cerca que bastaba levantar la barbilla.

―Esto no está en tu manual.

―¿Qué cosa?

―Querer besar al hombre que no puedes elegir.

Mi teléfono sonó dentro del bolso. Nicolás se apartó y regresó al escritorio como si no hubiera estado a un movimiento de mi boca.

Era Abril. Rechacé la llamada.

―¿Vas a despedirme?

―No.

―¿Vas a fingir que esto no ocurrió?

―Tampoco.

Sacó un sobre de un cajón. Dentro había dos boletos de avión y la confirmación de un encuentro editorial en Guadalajara.

―El autor principal canceló. Tú escribiste la mitad de su novela. Vas a presentar conmigo.

―¿Cuándo?

―Mañana.

―No puedo viajar de un día para otro.

―Tu contrato incluye eventos de emergencia.

Tomé los boletos.

―Cuatro noches.

―El encuentro termina el domingo.

―Puedo pedir otra habitación.

Nicolás me sostuvo la mirada.

―Puedes intentarlo.

―¿Qué significa eso?

―El hotel cometió un error y la ciudad está llena por el festival.

Comprendí antes de que terminara.

―Dime que tiene dos camas.

Su boca se curvó apenas.

―Tiene una, Mara, y después de leer tu manual, no pienso dormir en el suelo.

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