Capítulo 3 Una sola cama

―No voy a compartir una cama contigo.

Nicolás dejó su maleta junto al mostrador de la aerolínea y me miró como si yo acabara de anunciar que viajaría dentro del compartimento de equipaje.

―Todavía no hemos llegado al hotel.

―Quiero dejarlo claro desde ahora.

―También dejaste claro que no ibas a renunciar y, sin embargo, lo repetiste tres veces en mi oficina.

―Eso fue antes de que me arrinconaras contra una puerta.

―No te arrinconé. Podías abrirla.

―Sabías que no iba a hacerlo.

Su mirada descendió un segundo a mi boca.

―Eso también lo sabía.

La empleada nos pidió las identificaciones. Se las entregué sin volver a mirarlo. Había dormido dos horas, empacado a oscuras y pasado la madrugada imaginando todas las formas en que podía sobrevivir cuatro noches con mi jefe sin terminar desnuda, despedida o ambas cosas.

Abril había sido inútil.

Cuando le conté lo de la habitación, gritó durante treinta segundos y después metió la lencería negra en mi maleta.

La había sacado.

Luego volví a guardarla.

No porque pensara usarla.

Porque me molestaba que un pedazo de encaje decidiera por mí.

―Asientos juntos ―informó la empleada.

―¿No hay otro disponible? ―pregunté.

Nicolás recogió los pases.

―No.

―No te pregunté a ti.

―Yo hice el registro.

―Por supuesto.

Caminó hacia seguridad sin esperarme. Lo seguí odiando el modo en que la camisa se tensaba sobre su espalda. Era difícil sostener una enemistad digna cuando el enemigo llevaba pantalones demasiado bien cortados.

En el avión me tocó la ventana. Nicolás ocupó el asiento contiguo y abrió su computadora antes del despegue.

―¿Vas a trabajar todo el vuelo?

―Pensaba revisar tu presentación.

―Ya la revisaste anoche.

―Revisé el manual.

Me giré hacia la ventana.

―Prometiste no mencionarlo.

―No prometí nada.

―Deberías.

―¿Por qué? ¿Temes que descubra algún punto nuevo?

―Temo golpearte con la bandeja.

―Eso no estaba en la lista.

Cerré los ojos. El avión comenzó a moverse. Nunca me habían gustado los despegues, pero prefería que Nicolás no lo supiera. Clavé las uñas en el descansabrazos cuando aumentó la velocidad.

Una mano cubrió la mía.

Abrí los ojos.

Nicolás seguía mirando la pantalla.

―No necesito ayuda.

―Estás a punto de romper el plástico.

―Puedes apartarte.

―Puedes pedírmelo.

La pista desapareció debajo de nosotros. Sus dedos permanecieron sobre los míos, sin apretar. Esperó.

Recordé el punto cinco.

Pedir lo que quiero sin disculparme.

―Quédate hasta que terminemos de subir.

Nicolás entrelazó sus dedos con los míos.

―Eso sí puedo hacerlo.

No hubo burla. Tampoco una mirada triunfal. Solo sostuvo mi mano hasta que el avión se estabilizó.

Intenté retirarla.

Él me soltó antes de que tuviera que pedirlo.

El gesto me dejó más nerviosa que el vuelo.

No se parecía al hombre que imponía plazos; parecía alguien que conocía exactamente la diferencia entre sostenerme y retenerme contra mi voluntad cuando yo no quería.

―¿Siempre obedeces tan rápido?

―Cuando una mujer cambia de opinión, sí.

―¿Y cuando no la cambia?

Por fin cerró la computadora.

―Mara, no hagas preguntas cuya respuesta te obligará a pensar en mí durante toda la noche.

Ya había pensado en él durante toda la noche. Imaginé decirlo y preferí conservar un resto de dignidad.

La azafata nos ofreció bebidas. Pedí agua. Nicolás pidió café.

―¿No dormiste? ―pregunté.

―No mucho.

―¿Por el viaje?

―Por el documento que recibí a medianoche.

―Bórralo de tu cabeza.

―Estoy intentándolo.

―No parece.

―Tampoco parece que quieras que lo consiga.

Me acomodé el cinturón.

―No todo gira alrededor de lo que tú quieres.

―De acuerdo. ¿Qué quieres tú?

La pregunta parecía sencilla. En su boca no lo era.

―Llegar al hotel, conseguir otra habitación y preparar la presentación.

―Eso es lo que planeas hacer.

―Es lo mismo.

―Tu manual demuestra que no.

Lo miré.

―¿Vas a utilizar cada frase que escribí contra mí?

―No. Voy a impedir que la utilices contra ti.

La respuesta me dejó callada hasta el aterrizaje.

El hotel estaba lleno de editores, escritores y lectores que habían llegado por el festival. En recepción, una mujer con flores bordadas en el uniforme revisó la reservación y sonrió con culpa.

―Tenemos la suite confirmada para ambos.

―Necesito una habitación adicional ―dije.

―No hay disponibilidad.

―Puede ser sencilla.

―No tenemos ninguna.

―¿Otro hotel?

―Todo el centro está ocupado.

Nicolás permanecía detrás de mí, demasiado silencioso.

―Podemos llamar a varios ―insistí.

La recepcionista tecleó.

―Hay una habitación libre en un motel a cuarenta minutos, pero solo por una noche.

―La tomo.

―No ―dijo Nicolás.

Me volví.

―No decides dónde duermo.

―No voy a permitir que te quedes sola en un motel que no conocemos antes de una presentación nacional.

―Puedo cuidarme.

―Lo sé. También sé que estás cansada y que mañana debes hablar frente a cuatrocientas personas.

La recepcionista observaba como si la discusión fuera parte del entretenimiento del festival.

―La suite tiene un sofá ―ofreció.

Nicolás tomó las tarjetas.

―Problema resuelto.

―Dijiste que no dormirías en el suelo.

―Un sofá no es el suelo.

―Seguro es pequeño.

―Sobreviviré.

Lo seguí hasta el elevador.

―Anoche dijiste que no pensabas dormir en el suelo después de leer mi manual.

―Y no lo haré.

―Parecía una amenaza.

―Era una advertencia para mí.

Las puertas se cerraron. Quedamos solos frente al espejo.

―¿Por qué necesitas advertirte?

Nicolás apoyó la tarjeta contra el panel.

―Porque cuatro noches contigo son demasiadas.

―Podrías pedir que otro editor viniera.

―No quiero.

―Eso no responde.

―Responde más de lo que debería.

La suite estaba en el piso doce. Entré primero y encontré una sala pequeña, un balcón, un baño de mármol y una cama enorme en el centro del dormitorio.

No había sofá.

Solo una butaca estrecha junto a la ventana.

―Voy a matar a la recepcionista.

Nicolás dejó las maletas.

―Ella no diseñó la habitación.

―Tú sabías que era una suite.

―La descripción mencionaba una sala.

―Esto no es una sala. Es un pasillo con aspiraciones.

Abrí el armario, buscando una manta. Mi maleta cayó de lado. La cremallera mal cerrada cedió y la ropa se extendió sobre la alfombra.

La lencería negra quedó encima.

Nicolás la vio.

Yo también.

Me agaché, pero él llegó primero. Sostuvo la prenda por una tira, sin apartar los ojos de mí.

―Devuélvemela.

―Punto ocho.

―No digas nada.

―Ocho meses escondida detrás de las toallas.

Se la arrebaté.

―Abril la empacó.

―Claro.

―Es verdad.

―No necesitas explicarme por qué trajiste lencería a una habitación que vas a compartir conmigo.

El calor me alcanzó hasta las orejas.

―No pienso usarla.

Nicolás avanzó un paso. Yo retrocedí hasta tocar el borde de la cama.

―Eso sería lo más sensato.

―¿Por qué suena como si te molestara?

―Porque llevo desde anoche intentando recordar que soy el hombre equivocado.

Sus dedos rozaron la tira que todavía colgaba de mi mano.

―Y tú acabas de traer el punto ocho a nuestra única cama.

―Puedo dormir vestida.

―Puedes.

―Y tú en la butaca.

Miró el mueble, luego la cama y finalmente mi boca.

―Podría, pero esta noche vas a descubrir algo que olvidaste escribir en tu manual.

―¿Qué cosa?

Nicolás retiró la lencería de mi mano y la dejó sobre la almohada.

―Que el hombre equivocado también puede enseñarte a suplicar sin tocarte.

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