Capítulo 4 Sin tocarme

—No pienso suplicarte nada.

Nicolás se quitó el saco y lo dejó sobre la butaca que acababa de declarar su cama.

—Entonces será una noche tranquila.

—Tú fuiste quien dijo que podías enseñarme.

—Dije que podías descubrirlo. No es lo mismo.

Guardé la lencería negra en la maleta y cerré la cremallera con violencia.

—Deja de hablar como si todo tuviera doble sentido.

—No fui yo quien escribió un manual sobre cómo quiere que la desvistan.

—Tampoco fui yo quien lo leyó completo.

Nicolás aflojó el nudo de la corbata.

—No me arrepiento.

La respuesta me obligó a mirarlo.

—Deberías.

—¿Por conocer algo que llevas meses escondiendo?

—Por invadir mi intimidad.

—El archivo llegó a mi correo.

—Podías cerrarlo después de la primera página.

—Podía.

—Pero seguiste leyendo.

—Sí.

No intentó justificarse. Eso me irritó porque prefería una excusa mediocre que pudiera destruir.

—¿Por qué?

Nicolás sostuvo mi mirada mientras terminaba de quitarse la corbata.

—Porque cada punto decía una cosa distinta y todos terminaban hablando de la misma persona.

Sentí el calor ascender por mi cuello.

—No hablaban de ti.

—Claro.

—No seas arrogante.

—Entonces dime a quién imaginabas cuando escribiste que querías recibir órdenes con la puerta cerrada.

Abrí la boca.

Ningún nombre apareció.

Él dejó la corbata sobre la maleta.

—Eso pensé.

—Tengo que prepararme para la cena.

Tomé mi neceser y entré al baño antes de darle otra oportunidad de desmontarme con dos frases.

Me quedé bajo el agua hasta que el espejo se cubrió de vapor. Necesitaba ordenar mis ideas, pero cada intento terminaba en la imagen de Nicolás sosteniendo mi lencería. No había tocado mi piel. Aun así, mi cuerpo seguía reaccionando como si lo hubiera hecho.

Salí envuelta en una toalla y descubrí que había dejado el vestido sobre la cama.

—Mierda.

—¿Problemas? —preguntó desde el otro lado.

—No.

—Tu voz dice lo contrario.

—Necesito que me pases el vestido azul.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Cuál de todos?

—El único vestido azul que traje.

—También hay uno negro.

—Ese no es azul.

—Solo confirmaba.

Abrí la puerta lo suficiente para sacar el brazo. Nicolás colocó el vestido sobre mi mano, pero no lo soltó.

—¿Qué haces?

—Esperando a que digas por favor.

—No voy a pedirte por favor mi propia ropa.

—Entonces puedes salir por ella.

Apreté la toalla contra mi pecho.

—Eres infantil.

—Y tú sigues detrás de una puerta cerrada discutiendo con un hombre al que acabas de decir que no suplicarías.

—Nicolás.

—Eso no es por favor.

Tiré del vestido. Él mantuvo la tela un segundo más y después la soltó.

—No estaba suplicando.

—Todavía no.

Cerré la puerta con el rostro ardiendo.

El vestido tenía un cierre en la espalda. Intenté subirlo cinco veces sin éxito. Podía usar el negro, pero eso significaba admitir que necesitaba ayuda. Elegí una tercera opción: salí del baño sujetando la tela contra el pecho.

Nicolás ya llevaba otra camisa, sin corbata. Se quedó quieto al verme.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara está haciendo un esfuerzo considerable por comportarse.

Le di la espalda.

—Sube el cierre.

Sus pasos sonaron detrás de mí.

—¿Estás segura?

—Es un cierre, no una propuesta.

—Para ti.

—Hazlo.

Sus dedos rozaron mi espalda al tomar la cremallera. El contacto fue breve, pero mis hombros se tensaron.

Nicolás se detuvo.

—Relájate.

—No me des órdenes.

—Acabas de pedirme que cierre tu vestido.

—Eso no te autoriza a disfrutarlo.

—Nunca dije que no lo estuviera disfrutando.

El cierre subió lentamente. Demasiado lentamente.

Sentí cada centímetro de tela cerrarse y cada roce accidental de sus nudillos. Cuando llegó a la nuca, apartó mi cabello con una delicadeza que me dejó sin defensa.

—Listo.

No se alejó.

—Gracias.

—De nada.

Su respiración tocó mi cuello.

—¿Vas a seguir ahí?

—Estoy decidiendo si debo decirte que el vestido negro habría sido peor idea.

Me giré.

—¿Por qué?

—Porque no tiene espalda.

Nuestros rostros quedaron cerca. Nicolás bajó la vista, recorriendo el escote sin fingir cortesía.

—Mírame a los ojos.

Obedecí antes de recordar que odiaba obedecer.

—¿Ves? —murmuró—. No te molesta que te den órdenes. Te molesta disfrutarlo.

Alguien llamó a la puerta.

Me aparté.

Nicolás abrió y recibió una caja con las acreditaciones del evento. Mientras firmaba, vi mi reflejo en el espejo: mejillas encendidas, respiración rápida y una expresión que no reconocía.

No parecía avergonzada.

Parecía hambrienta.

La cena se celebró en la terraza del hotel. Había luces cálidas, copas brillantes y demasiadas personas dispuestas a preguntar por libros que no habían leído.

Nicolás me presentó como autora del proyecto, no como asistente. El detalle me sorprendió.

—Así que tú eres Mara Cifuentes.

La voz llegó detrás de mí.

León Mercado sonreía con una copa en la mano. Era más alto de lo que recordaba, llevaba el cabello desordenado y tenía la facilidad de quien jamás dudaba de su atractivo.

—Y tú sigues hablando como narrador incluso cuando nadie te paga.

—Depende. Algunas mujeres consideran mi voz una prestación.

Nicolás tomó un sorbo de whisky.

—La modestia nunca fue tu especialidad.

León lo ignoró.

—¿Bailas?

—No muy bien.

—Perfecto. Yo tampoco enseño con paciencia.

Extendió la mano.

Miré a Nicolás. No tenía derecho a detenerme y ambos lo sabíamos.

—Ve —dijo.

Acepté la mano de León.

Bailamos una canción. Después otra. Era divertido, cercano y fácil. No me hacía pensar antes de cada movimiento. Sin embargo, cuando colocó la mano en mi cintura, busqué a Nicolás entre la gente.

Seguía mirándome.

No parecía molesto.

Parecía contener algo.

León acercó la boca a mi oído.

—Tu jefe lleva diez minutos imaginando cómo quitarme la mano de encima.

—No es mi dueño.

—No dije que lo fuera.

—Entonces deja de provocarlo.

—¿Y perderme la mejor parte?

La música terminó. León me acompañó de regreso.

—Mañana cenamos —propuso—. Sin jefes.

—Mañana trabaja conmigo —intervino Nicolás.

—Después del trabajo.

—Ella decidirá.

Los dos me miraron.

—Lo pensaré.

León tomó mi mano y rozó mis nudillos con los labios. El gesto era exagerado, casi teatral, pero Nicolás dejó la copa sobre una mesa antes de romperla.

—Hasta mañana, Mara.

—Buenas noches.

León se alejó entre los invitados.

Nicolás no habló durante el trayecto al elevador. Yo tampoco. La tensión ocupó el espacio que quedaba entre nuestros hombros. Cuando las puertas se cerraron, él presionó el botón del piso doce y mantuvo la vista al frente.

—Puedes decirlo.

—¿Qué cosa?

—Que no debería aceptar la cita.

—No voy a decidir por ti.

—Pero quieres hacerlo.

—Querer no siempre significa tener derecho.

Aquella respuesta consiguió irritarme todavía más.

De vuelta en la suite, Nicolás cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

—Puedes ir con él.

—Ya lo sé.

—No necesitas mi permiso.

—También lo sé.

—Entonces deja de mirarme como si esperases que te lo prohíba.

Me acerqué.

—Tal vez quiero saber si te molestaría.

Su mandíbula se marcó.

—Me molestaría.

—¿Por qué?

—Porque él puede ofrecerte algo que yo no debo.

—¿Y qué puedes ofrecerme tú?

Nicolás se inclinó hasta dejar su boca a un suspiro de la mía.

—Todo lo que escribiste, Mara, excepto la posibilidad de fingir que después no significó nada.

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