Capítulo 5 La mujer correcta
—Entonces demuéstrame que no significaría nada.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Nicolás seguía frente a mí, tan cerca que su respiración rozaba mi boca. La habitación parecía más pequeña desde que había dicho que podía ofrecerme todo lo escrito en el manual. Todo, excepto una despedida limpia.
—No juegues conmigo, Mara.
—No estoy jugando.
—Acabas de bailar con otro hombre para comprobar si podía ponerme celoso.
—Y funcionó.
Su mano subió hasta mi mandíbula, pero no llegó a tocarme.
—No tienes idea de lo que estás provocando.
—Explícamelo.
—No.
—Qué conveniente.
Me aparté, aunque cada músculo protestó.
—Hablas, amenazas y luego recuerdas que eres mi jefe.
Nicolás cerró los ojos un instante.
—Lo recuerdo antes de cada palabra.
—Pues no parece.
—Porque llevo meses deseando olvidarlo.
La confesión me dejó quieta.
—¿Meses?
—Desde que corregiste una escena en la que el protagonista pedía permiso cinco veces antes de besar a una mujer.
—Era un cobarde.
—Escribiste que un hombre seguro pregunta una vez y después presta atención.
Recordaba aquella corrección. También recordaba a Nicolás llamándome a su oficina para discutirla, inclinado sobre mi silla, con una mano apoyada junto al teclado. Había pasado una semana escribiendo escenas sobre escritorios.
—¿Y prestaste atención? —pregunté.
—Demasiada.
Su pulgar rozó por fin mi mandíbula. El contacto apenas existió, pero mi piel respondió como si hubiera estado esperándolo desde entonces.
—Pregúntame una vez.
Nicolás me miró sin moverse.
—Mara.
—Hazlo.
—¿Quieres que te bese?
No pensé en mi cumpleaños, en la lista ni en Renata. Tampoco en León.
—Sí.
Su boca cubrió la mía.
No fue cuidadoso.
Tampoco brusco.
Me besó como si hubiera pasado demasiado tiempo conteniendo una respuesta. Una mano sostuvo mi nuca; la otra se cerró alrededor de mi cintura y me acercó hasta borrar el espacio entre nuestros cuerpos.
Abrí los labios.
Nicolás soltó un sonido bajo que me recorrió entera. Su lengua tocó la mía y mis dedos se aferraron a su camisa. No sabía si lo estaba haciendo bien. Dejé de preguntármelo cuando me empujó suavemente contra la puerta.
El beso cambió.
Más lento.
Más profundo.
Su rodilla quedó entre mis piernas y el vestido subió unos centímetros. Sentí la presión de su cuerpo, el calor de sus manos y una necesidad que no se parecía a ninguna escena que hubiera escrito.
—Nicolás.
Él se detuvo.
La pérdida de contacto me hizo abrir los ojos.
—¿Por qué paras?
—Dijiste mi nombre.
—No dije que te detuvieras.
—Necesito saberlo.
Su frente descansó contra la mía. Respiraba con dificultad, pero no avanzó.
—¿Quieres que siga?
El punto diez del manual.
Estar segura de que puede detenerse incluso si yo pierdo la cabeza.
Nicolás lo había hecho sin que se lo pidiera.
—Sí.
Volvió a besarme.
Esta vez fui yo quien tiró de su camisa. Saqué el borde del pantalón y apoyé las manos sobre su abdomen. Estaba caliente, firme y demasiado real. Nicolás apretó la mandíbula cuando mis dedos bajaron.
—No hagas eso.
—¿No te gusta?
—Me gusta lo suficiente para que sea un problema.
—Tal vez quiero problemas.
Me tomó de las muñecas y las colocó sobre mi cabeza. No apretó. Esperó mientras me miraba.
El punto cuatro dejó de ser una frase privada.
—¿Así? —preguntó.
Mi voz salió más baja.
—Sí.
—Dilo sin esconderte.
—Me gusta.
Su boca descendió por mi cuello. Cerré los ojos cuando sus labios encontraron el sitio debajo de mi oreja. Una de sus manos seguía sujetando mis muñecas; la otra recorrió mi costado hasta detenerse sobre mi muslo.
—¿Puedo?
Asentí.
Nicolás no se movió.
—Con palabras.
La vergüenza intentó regresar. Esta vez no la obedecí.
—Sí. Tócame.
Sus dedos subieron por debajo del vestido.
Contuve el aire cuando llegaron al borde de mi ropa interior. Nicolás me besó otra vez, más despacio, mientras su pulgar rozaba la piel encima del encaje. No había prisa en él. Eso era peor. Podía sentir cada movimiento, cada pausa y la atención con la que observaba mis reacciones.
Me arqueé sin querer.
—No te burles.
—No podría aunque quisiera.
—¿Por qué?
—Porque estoy intentando no llevarte a esa cama.
Miré por encima de su hombro. La lencería negra seguía sobre la almohada.
—No te pedí que lo hicieras.
—Todavía.
Su pulgar presionó un poco más. Se me escapó un gemido.
Los ojos de Nicolás se oscurecieron.
—Eso sí voy a recordarlo.
—Eres insoportable.
—Y sigues agarrada a mí.
Tenía razón. Mis manos habían vuelto a sus hombros.
Él retiró la suya de debajo de mi vestido.
—No.
La protesta salió demasiado rápido.
Nicolás me soltó y dio un paso atrás. Su camisa estaba abierta, su boca enrojecida y su control parecía sostenido por un hilo.
—Si seguimos, no voy a detenerme en un beso.
—Tal vez no quiero que lo hagas.
—Mañana podrías pensar distinto.
—No decidas por mí.
—No lo hago. Estoy decidiendo por mí.
La respuesta me enfureció.
—¿Y qué decides?
—Que no voy a ser el hombre con quien te acuestes para completar una lista.
—¿Eso crees que estaba haciendo?
—No sé qué estabas haciendo.
—Te estaba besando porque te deseo.
Nicolás se pasó una mano por el cabello.
—Y yo llevo demasiado tiempo deseándote para aceptar una noche que después quieras borrar.
—No puedes prometer que habrá algo después.
—Precisamente.
La distancia entre nosotros resultó más indecente que el beso. Tenía las piernas débiles, la espalda pegajosa y la certeza de que él podía leerlo todo en mi postura. Nicolás tomó su saco de la butaca y lo sostuvo frente a su cintura, gesto que habría sido divertido en cualquier otra situación. Quise reírme. En cambio, miré la cama y comprendí que pasaríamos la noche a menos de un metro después de haber descubierto cómo sabíamos tocarnos.
El teléfono de la habitación sonó.
Ninguno se movió.
Volvió a sonar.
Nicolás contestó con una voz que no se parecía a la que había usado contra mi cuello.
—¿Sí?
Escuchó unos segundos. Su expresión cambió.
—Que suba.
Colgó.
—¿Quién es?
Comenzó a cerrar su camisa.
—Alguien que no debería estar aquí.
—Eso no responde.
Llamaron a la puerta.
Nicolás se colocó frente a mí.
—Quédate en la habitación.
—No soy una niña.
—Mara, por favor.
Fue la primera vez que lo escuché pedir algo de ese modo.
Abrí la puerta antes de que pudiera impedirlo.
Una mujer alta, vestida de blanco, esperaba en el pasillo. Su cabello oscuro caía impecable sobre un hombro. Miró mi vestido arrugado, la boca de Nicolás y la cama visible detrás de nosotros.
No pareció sorprendida.
Sonrió.
—Veo que llegué durante una reunión privada.
Nicolás quedó rígido.
—Paula.
La mujer entró sin invitación. Dejó una maleta junto a la puerta y extendió la mano hacia mí.
—Tú debes ser Mara.
No la acepté.
—¿Nos conocemos?
—Todavía no.
Paula miró a Nicolás con una familiaridad que me apretó el estómago.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
Ella levantó la mano izquierda.
Llevaba un anillo.
—Vine a recordarles algo que Nicolás suele olvidar cuando encuentra una escritora nueva.
Mi pecho se contrajo.
—¿Qué cosa?
Paula apoyó la palma sobre el pecho de Nicolás.
—Que el hombre equivocado con quien piensas acostarte todavía es mi prometido.
