Capítulo 1 1

—Si quiere salvar su matrimonio, deje de acostarse con la secretaria.

El silencio que siguió fue tan absoluto que incluso el aire acondicionado pareció dejar de hacer ruido.

El señor Benavides dejó de respirar.

Su esposa bajó lentamente el pañuelo con el que llevaba veinte minutos secándose las lágrimas.

Y la secretaria… bueno, la secretaria tuvo la delicadeza de ponerse del color de las cortinas.

Cerré mi libreta sin ninguna prisa, como si acabara de comentar el clima.

—Perfecto. Ahora que todos sabemos cuál es el verdadero problema, podemos dejar de perder el tiempo.

El señor Benavides carraspeó, incómodo.

—Señorita Orsini, creo que—

—No. Usted cree muchas cosas. Por ejemplo, creyó que podía tener una aventura durante ocho meses sin que su esposa lo descubriera.

Deslicé la mirada hacia la mujer sentada frente a él.

—Y usted creyó que amenazar con el divorcio haría que él regresara arrepentido.

Ninguno de los dos acertó.

La señora Benavides respiró hondo, intentando recuperar algo de dignidad.

—No vine para que me humillara.

—No. Vino porque todavía ama a su esposo.

Ella levantó la vista de golpe, sorprendida.

—¿Cómo puede saber eso?

Sonreí apenas.

Porque esa era la pregunta que siempre hacían.

—Porque si realmente hubiera dejado de amarlo, ahora mismo estaría negociando cuánto dinero piensa quitarle durante el divorcio.

En lugar de eso…

Se pasó toda la reunión intentando convencerme de que él todavía puede cambiar.

La mujer abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

El señor Benavides me observaba como si acabara de hacer un truco de magia.

No era magia.

Era costumbre.

Después de diez años dedicándome a evitar divorcios millonarios, uno aprende que las personas nunca dicen la verdad cuando llegan a mi oficina.

La verdad siempre aparece unos minutos después.

Cuando dejan de actuar.

Cuando el orgullo se cansa.

Cuando el miedo empieza a hablar.

Me puse de pie.

—Voy a dejarles quince minutos.

No hablen de la amante.

No hablen del dinero.

No hablen del orgullo.

Solo respondan una pregunta.

Abrí la puerta.

—¿Todavía quieren envejecer juntos?

Salí sin esperar respuesta.

Mi secretaria ya estaba esperándome al otro lado del pasillo, apoyada contra la pared con una sonrisa que decía que había escuchado todo.

—¿Cuánto les das?

Miré el reloj.

—Doce minutos.

—Yo digo diez.

—Te falta fe.

Ella arqueó una ceja.

—A ti te sobra ego.

—No es ego. Es experiencia.

Nos quedamos en silencio, escuchando el murmullo lejano de la ciudad filtrarse por las ventanas del despacho.

Exactamente once minutos después, la puerta volvió a abrirse.

La señora Benavides tenía los ojos rojos.

El señor Benavides sostenía su mano con una fuerza que no había tenido cuando llegaron.

—Aceptó darme otra oportunidad —dijo él, con una mezcla de alivio y culpa.

Asentí.

Como si no lo hubiera esperado.

Mientras firmaba el cheque, levantó la vista hacia mí.

—¿Cómo supo que todavía me amaba?

Guardé el contrato dentro de mi portafolio con calma.

—Porque durante una hora no dejó de mirar a su esposa.

Nunca miró a su amante.

Los dos se quedaron completamente callados.

Era una buena señal.

Las personas solo guardan silencio cuando la verdad les cae encima.

Cuando ya no tienen excusas.

Cuando entienden que el problema nunca fue el otro.

Mi secretaria apareció otra vez en cuanto el ascensor se cerró detrás de la pareja.

—Acaba de llamar la familia Montiel.

Seguí caminando por el despacho, quitándome los tacones con un suspiro apenas perceptible.

—¿Qué hicieron ahora?

—El heredero golpeó a un periodista.

—¿Muy fuerte?

Ella revisó la tableta.

—Hospital. Tres puntos de sutura. Las cámaras grabaron todo.

Me detuve.

Eso cambiaba el presupuesto.

—Entonces no quieren una mediadora.

Quieren un milagro.

—¿Aceptamos?

Pensé dos segundos.

Los suficientes para recordar el apellido.

Montiel.

Empresarios.

Fundaciones.

Portadas de revistas.

Dinero antiguo.

Problemas nuevos.

Escándalos que siempre terminaban enterrados antes de llegar demasiado lejos.

—Diles que mi tarifa acaba de duplicarse.

Mi secretaria sonrió.

—Sabía que dirías eso.

—Si quieren que arregle algo así, van a pagar por adelantado.

—Ya lo están haciendo.

Eso me hizo sonreír.

Veinte minutos después, mi automóvil se detuvo frente al Hotel Imperial.

Había periodistas por todas partes.

Micrófonos.

Cámaras.

Luces.

Guardias de seguridad intentando contener el caos.

Y, en medio de todo, un hombre intentando abrirse paso sin mirar a nadie.

No era la imagen del playboy arrogante que había visto en internet.

No había sonrisa encantadora.

No había seguridad.

Parecía…

Cansado.

Muy cansado.

Como alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo algo que ya no podía cargar.

Un reportero consiguió acercarse.

—¡Sebastián! ¿Golpeó al fotógrafo porque preguntó por otra mujer?

Él siguió caminando.

—¡¿O fue porque mencionó a su esposa?!

Entonces ocurrió.

Su mandíbula se tensó.

Sus manos se cerraron en puños.

Y por un instante tuve la certeza de que iba a volver a golpear a alguien.

Avancé antes de que pudiera hacerlo.

Me coloqué exactamente entre él y las cámaras.

Saqué una tarjeta de mi bolso.

Y se la entregué.

—Si piensa romperle la nariz a otro periodista…

Espere diez minutos.

Primero necesito cobrar el anticipo.

Por primera vez desde que llegué…

Sebastián Montiel levantó la vista hacia mí.

Sus ojos eran más oscuros de lo que esperaba.

Más cansados.

Más peligrosos.

Me observó unos segundos, como si intentara decidir si yo era parte del problema o la única solución disponible.

Después hizo algo que no esperaba.

Sonrió.

Muy poco.

Pero lo suficiente para hacerme pensar que, quizá…

Aquel caso iba a ser mucho más complicado que todos los anteriores.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

Sentí que no iba a ser solo un trabajo.

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