Capítulo 2 2
—¿Siempre golpea a los periodistas?
Sebastián levantó la vista con una calma que no esperaba. Tenía una pequeña herida en el nudillo derecho, apenas visible, pero suficiente para confirmar que las noticias no habían exagerado del todo.
—Solo los lunes.
No pude evitar arquear una ceja.
—Hoy es jueves.
—Entonces supongo que fue una excepción.
Por primera vez desde que llegué, sonrió.
Era una sonrisa pequeña. Cansada. Pero completamente distinta a la que aparecía en las revistas. No tenía arrogancia ni desafío. Solo… agotamiento.
Y algo más.
Algo que no encajaba con la imagen del hombre que acababa de protagonizar un escándalo nacional.
Durante el trayecto nadie habló demasiado.
Yo revisaba las noticias en la tableta, deslizando titulares que parecían repetirse con distintas palabras.
"El playboy millonario vuelve a perder el control."
"Sebastián Montiel demuestra que nunca cambiará."
"¿Quién confiaría un imperio a un hombre así?"
Suspiré y apagué la pantalla.
—Las noticias nunca hablan bien de usted.
Él no apartó la mirada de la ventana.
—Eso vende menos.
—¿Y nunca intenta desmentirlas?
Negó con la cabeza, como si la idea le resultara absurda.
—Aprendí hace mucho que la gente prefiere una mentira entretenida que una verdad aburrida.
Aquella respuesta me hizo levantar la vista.
No era la frase de un hombre impulsivo.
Era la de alguien que había aprendido a convivir con el juicio constante.
—¿Y no le molesta?
—Al principio sí —respondió—. Después te acostumbras.
Hubo una pausa.
—¿A que te juzguen?
—A que no importe lo que hagas.
No supe qué decir.
Porque, por primera vez desde que acepté este caso, sentí que no estaba frente a un cliente más.
La mansión Montiel era tan imponente como esperaba.
Pero no era eso lo que me llamó la atención.
Era el silencio.
Había flores perfectamente cuidadas, cuadros elegantes, muebles antiguos que hablaban de generaciones enteras… pero el ambiente no tenía vida.
No parecía una casa.
Parecía un lugar donde alguien había olvidado cómo ser feliz.
La señora Montiel salió a recibirnos.
Su sonrisa fue correcta. Medida.
—Señorita Orsini.
—Señora Montiel.
Intercambiamos un saludo breve.
A Sebastián apenas lo miró.
—Emma está en el jardín.
Él dejó la chaqueta sobre un sillón sin responder.
Y salió casi corriendo.
Lo seguí unos pasos detrás, intrigada por esa reacción.
Entonces lo vi.
No al empresario.
No al hombre de las revistas.
Vi a un padre.
Emma estaba sentada sobre el césped, concentrada en un rompecabezas que parecía demasiado complicado para su edad. Tenía la lengua ligeramente afuera, como si eso la ayudara a pensar mejor.
Cuando levantó la cabeza y vio a Sebastián…
Todo su rostro cambió.
—¡¡Papá!!
Corrió hacia él con todas sus fuerzas.
Él se arrodilló antes de que llegara.
La abrazó.
La levantó en brazos.
Y durante unos segundos el resto del mundo desapareció.
La niña llenó su cara de besos.
Él comenzó a hacerle cosquillas.
Los dos terminaron riéndose.
Muy fuerte.
Tan fuerte que costaba creer que ese hombre hubiera protagonizado el escándalo de la mañana.
Me quedé inmóvil observándolos.
Había trabajado para familias reales, magnates, políticos.
Todos sabían sonreír frente a las cámaras.
Pocos sabían hacerlo cuando nadie los miraba.
Sebastián sí.
Y eso me desconcertó más de lo que debería.
Emma descubrió mi presencia.
Se escondió detrás de las piernas de su padre, asomando apenas la cabeza para observarme.
Sus ojos eran curiosos.
Y desconfiados.
—¿Quién es?
Sebastián bajó a su altura.
—Se llama Daniela. Va a ayudarnos unos días.
Emma salió lentamente de su escondite.
Se acercó.
Me tomó la mano sin pedir permiso.
Los niños nunca preguntaban lo que los adultos complicábamos.
—¿Tú haces que la gente deje de pelear?
Parpadeé, sorprendida por la pregunta.
—Algo así.
Ella sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Entonces eres como un hada.
Solté una pequeña risa.
—Nunca me habían dicho eso.
—Papá dice que las hadas arreglan cosas.
Lo miré.
Él se encogió de hombros.
—Tenía cuatro años cuando me hizo esa pregunta. Improvisé.
Emma volvió a sonreír, como si aquello confirmara algo importante.
Después me arrastró prácticamente por todo el jardín.
Quería enseñarme sus flores.
Su columpio.
Su perro, que no dejaba de saltar alrededor de nosotros.
Su casa del árbol, que según ella era “solo para personas importantes”.
Y cada cinco minutos comprobaba que su padre siguiera cerca.
Como si necesitara asegurarse de que no iba a desaparecer.
Ese pequeño gesto me apretó el pecho más de lo que esperaba.
Entramos al comedor cuando ya estaba anocheciendo.
Emma dibujaba en una esquina de la mesa mientras nosotros hablábamos del caso.
Intentábamos hacerlo en voz baja.
No queríamos preocuparla.
—Necesitamos controlar la narrativa —le dije—. No basta con desaparecer unos días.
—No pienso esconderme.
—No se trata de esconderse. Se trata de mostrar otra versión.
Él me miró con escepticismo.
—¿Y cuál sería esa versión?
Lo observé unos segundos.
—La real.
No respondió.
Pero tampoco discutió.
Eso ya era un avance.
Hasta que Emma levantó la hoja con entusiasmo.
—¡Terminé!
Nos acercó el dibujo con orgullo.
Había tres personas.
Ella.
Sebastián.
Y una mujer.
No tenía rostro.
Solo un vestido amarillo.
—¿Quién es?
pregunté con suavidad.
Emma respondió sin dejar de sonreír.
—La mujer que algún día volverá a hacer feliz a mi papá.
Sentí un vuelco en el pecho.
Miré a Sebastián.
Él permanecía completamente inmóvil.
Como si aquella frase hubiera atravesado algo que llevaba mucho tiempo intentando proteger.
La niña siguió coloreando, ajena al silencio que había provocado.
—Porque desde que mi mamá se fue…
Su voz se volvió más baja.
—Papá ya casi nunca sonríe.
Nadie dijo nada.
No hacía falta.
En ese instante comprendí que el verdadero trabajo no consistía en limpiar un escándalo.
Consistía en ayudar a una pequeña familia que llevaba demasiado tiempo intentando aprender a vivir con un vacío.
Y, por primera vez en muchos años…
No estuve segura de querer mantener la distancia profesional.
