Capítulo 3 3

—No me mire con esa cara.

Levanté la vista.

Sebastián seguía de pie junto a la ventana del salón, con la luz de la tarde dibujando sombras en su rostro.

—¿Con cuál?

—Con la de "pobre viudo".

No pude evitar sonreír.

—No estaba pensando eso.

—Entonces soy peor de lo que imaginaba.

Negué con la cabeza, apoyando la espalda en el sofá.

—Estaba pensando que las revistas son muy malas describiendo personas.

Él soltó una risa baja.

La primera auténtica desde que lo conocía.

Y fue tan inesperada que me tomó desprevenida.

Porque durante todo el día había visto a un hombre contenido, medido, casi frío.

Pero esa risa…

Esa risa no pertenecía al hombre del escándalo.

Emma insistió en enseñarme la casa.

No preguntó si tenía tiempo.

Simplemente tomó mi mano.

—Ven.

Su pequeña mano era cálida, firme, como si no existiera la posibilidad de que yo dijera que no.

—Mi papá siempre trabaja —añadió—. Pero hoy dijo que podía enseñártela.

Sebastián levantó ambas manos desde el otro lado del salón.

—Fui obligado.

—Mentiroso.

La niña rio tan fuerte que incluso él terminó riéndose.

Y entonces entendí algo.

Con Emma…

Sebastián dejaba de ser el hombre del escándalo.

Solo era un papá.

Uno que se dejaba arrastrar por una niña de seis años que parecía haber decidido que yo formaba parte de su mundo.

La habitación de Emma parecía sacada de un cuento.

Peluches alineados en la cama.

Libros apilados en una esquina.

Lápices de colores desordenados sobre un escritorio pequeño.

Y cientos de dibujos pegados en las paredes.

Era un caos hermoso.

Un caos lleno de vida.

Emma comenzó a enseñármelos uno por uno, saltando de un lado a otro.

—Este es papá.

Este soy yo.

Este es abuelo.

Este es nuestro perro.

Asentía mientras ella hablaba sin detenerse, señalando cada figura con orgullo.

Hasta que llegamos al último.

Me quedé inmóvil.

Había una mujer dibujada de espaldas.

Sin rostro.

Solo un vestido amarillo.

—¿Quién es?

Emma respondió con total naturalidad.

—Mi mamá.

Sentí que algo me apretaba el pecho.

—Es muy bonita.

—No me acuerdo de su cara.

Pero papá dice que era la más bonita del mundo.

No supe qué responder.

Porque aquella frase era demasiado grande para una niña de seis años.

Demasiado pesada.

Demasiado triste.

Cuando bajamos al jardín encontré a Sebastián preparando chocolate caliente.

El aroma dulce llenaba el aire.

Levantó una taza hacia mí.

—¿Acepta un tratado de paz?

—Depende.

—No lleva alcohol.

—Entonces acepto.

Nos sentamos en el porche mientras Emma perseguía mariposas entre las flores, riendo como si el mundo fuera un lugar perfecto.

Durante unos minutos ninguno habló.

No hacía falta.

El silencio no era incómodo.

Era… extraño.

Como si estuviéramos compartiendo algo que ninguno sabía nombrar.

—¿Siempre fue tan alegre? —pregunté señalando a la niña.

Él sonrió.

—Era todavía más.

—¿Qué cambió?

La sonrisa desapareció lentamente.

—Aprendió que las personas también se mueren.

Miré la taza.

No encontré ninguna respuesta.

Él tampoco parecía esperarla.

Esa noche estaba guardando mis documentos cuando escuché voces en el pasillo.

No quise escuchar.

Pero la puerta del despacho estaba entreabierta.

—Papá…

Era Emma.

—¿Mamá también se fue porque dejaste de quererla?

Sentí que el aire desaparecía.

Hubo un silencio largo.

Muy largo.

Después escuché la voz de Sebastián.

Tan baja que casi no parecía la suya.

—No, princesa.

Yo nunca dejé de querer a tu mamá.

—Entonces…

¿Por qué Dios se la llevó?

Nadie respondió durante varios segundos.

Y cuando Sebastián volvió a hablar…

Su voz estaba rota.

—Todavía intento entenderlo.

No escuché más.

Cerré la carpeta lentamente.

Y por primera vez desde que llegué…

Deseé marcharme.

Porque aquello ya no era un trabajo.

Era una familia intentando sobrevivir a una ausencia.

Y yo no sabía si tenía derecho a formar parte de eso.

A la mañana siguiente bajé temprano para despedirme.

Había decidido rechazar el caso.

Era demasiado personal.

Demasiado doloroso.

Encontré a Sebastián en la cocina preparando el desayuno.

Solo.

El sonido de la cafetera llenaba el silencio.

—Emma sigue dormida —dijo antes de que preguntara.

Asentí.

—Vine a decirle que…

No pude terminar la frase.

Él ya había entendido.

Sonrió.

Pero era una sonrisa triste.

Como la de alguien acostumbrado a que las personas se marcharan.

—Lo imaginé.

Nadie acepta quedarse mucho tiempo.

Me entregó una taza de café.

—Gracias por intentarlo.

Eso fue todo.

Ni insistió.

Ni negoció.

Ni habló de dinero.

Simplemente aceptó que otra persona saliera de su vida.

Y, extrañamente…

Eso me dolió.

Más de lo que debería.

Porque no era indiferencia.

Era resignación.

Y eso era peor.

Cuando ya estaba llegando a la puerta escuché unos pequeños pasos detrás de mí.

Emma.

Todavía llevaba el pijama puesto.

Corría sujetando un dibujo.

Se detuvo frente a mí, ligeramente agitada.

—Se te olvidó esto.

Me entregó la hoja.

Era el dibujo de la tarde anterior.

Solo que ahora tenía algo diferente.

La mujer ya tenía rostro.

La miré sin entender.

—¿Quién es?

Emma sonrió.

Como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

—Tú.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Levanté lentamente la vista hacia Sebastián.

Él estaba completamente inmóvil.

Como si tampoco supiera qué hacer con aquello.

La niña tomó mi mano.

La apretó con fuerza.

Y preguntó muy bajito…

—¿Te puedes quedar un poquito más con nosotros?

Sentí que todas las razones que había preparado para decir que no…

Acababan de dejar de tener sentido.

Porque no era un contrato.

No era un caso.

Era una niña pidiéndome que no me fuera.

Y un hombre que ya no sabía cómo pedirle a nadie que se quedara.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

No supe cómo protegerme de eso.

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