Capítulo 4 4

—No.

Sebastián ni siquiera parpadeó.

Como si hubiera esperado exactamente esa respuesta desde el momento en que me ofreció el contrato.

Guardó lentamente los documentos dentro de la carpeta, con una calma que no encajaba con el tipo de hombre que yo creía que era. No hubo tensión en sus movimientos, ni frustración, ni siquiera decepción evidente.

—Lo entiendo.

Eso fue todo.

No intentó convencerme.

No habló de dinero.

No mencionó el escándalo que amenazaba con destruir su apellido.

Simplemente recogió los papeles de la mesa como si mi negativa fuera una posibilidad perfectamente aceptable.

Y eso… me desconcertó.

Los hombres como él no estaban acostumbrados a escuchar un no.

Mucho menos a aceptarlo sin luchar.

—¿No va a insistir? —pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa.

Sebastián levantó la vista.

Sus ojos estaban cansados, pero había algo más ahí… algo que no lograba descifrar.

Sonrió apenas.

—No quiero una mujer que se quede por obligación —respondió con voz baja—. Quiero que quien esté cerca de Emma lo haga porque realmente quiere estar.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.

Porque no hablaba como un cliente.

Hablaba como un padre.

Y eso lo cambiaba todo.

Esa misma tarde decidí marcharme.

Mi trabajo había terminado.

Al menos eso seguía repitiéndome mientras guardaba mi computadora en el maletín, intentando ignorar la sensación incómoda que se instalaba en mi pecho.

No tenía nada más que hacer allí.

No debía quedarme.

No debía involucrarme.

Solo quedaba despedirme de Emma.

La encontré en el jardín.

El sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, y el aire tenía ese olor a tarde tranquila que hacía que todo pareciera más lento.

Emma estaba intentando aprender a andar en bicicleta.

Sebastián corría detrás de ella, sujetando el asiento con firmeza.

—No me sueltes —dijo la niña, con la voz temblorosa.

—No lo haré.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Emma comenzó a pedalear.

Al principio con torpeza.

Luego con más seguridad.

Cada vez más rápido.

Reía.

Gritaba.

Y Sebastián… sonreía detrás de ella como si aquel pequeño momento valiera más que cualquier contrato millonario.

Como si ese instante fuera suficiente.

Entonces…

La soltó.

Emma avanzó varios metros completamente sola.

Libre.

Cuando se dio cuenta…

Entró en pánico.

Giró demasiado el manubrio.

Y terminó cayendo sobre el césped.

Corrí por instinto.

Pero Sebastián llegó primero.

La levantó en brazos antes de que pudiera llorar.

—¿Te rompiste algo?

Ella negó con la cabeza, con los ojos brillantes.

—¿Entonces por qué esa carita?

—Porque pensé que me habías soltado.

Él apartó un mechón de cabello de su frente con una ternura que me tomó desprevenida.

—Claro que te solté —dijo con suavidad—. Si no lo hacía… nunca ibas a descubrir que podías hacerlo sola.

Emma lo miró en silencio.

Procesando.

Entendiendo.

Después de unos segundos, se bajó de sus brazos y volvió a subirse a la bicicleta.

—Otra vez.

Sebastián sonrió.

—Esa es mi niña.

Me quedé observándolos desde lejos.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

Sentí envidia.

No del dinero.

No de la mansión.

No del apellido.

De aquello.

De la forma en que se miraban.

De la manera en que él la sostenía sin asfixiarla.

De la seguridad que ella encontraba en él.

De una familia.

Al caer la noche terminé de hacer mi equipaje.

Doblé la última prenda con más cuidado del necesario, como si alargar ese gesto pudiera retrasar lo inevitable.

Solo faltaba cerrar la maleta.

Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.

—¿Puedo pasar?

Era Emma.

Llevaba un vaso de leche entre las manos, sujetándolo con cuidado para no derramarlo.

—Claro.

Entró despacio, como si no quisiera hacer ruido.

Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en la maleta abierta sobre la cama.

—¿Ya te vas?

Me agaché hasta quedar a su altura.

—Tengo que volver a trabajar.

Ella bajó la mirada.

—Las personas grandes siempre tienen que trabajar.

Sonreí, aunque no había nada gracioso en eso.

—Supongo que sí.

Emma permaneció en silencio unos segundos.

Luego levantó la vista.

Y me hizo una pregunta tan sencilla que me dejó completamente inmóvil.

—¿Tú también prometes que vas a volver?

El aire se volvió pesado.

No respondí.

Porque no podía prometer algo que no sabía si iba a cumplir.

Porque prometer implicaba quedarse.

Y yo… no sabía hacerlo.

Emma entendió el silencio mucho mejor que cualquier adulto.

Asintió lentamente.

—Está bien.

Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa triste.

—Casi nadie vuelve.

Se dio media vuelta.

Y comenzó a caminar hacia el pasillo.

No lloró.

No hizo un berrinche.

No suplicó.

Solo caminó.

Como si ya estuviera acostumbrada a despedirse de las personas.

Como si ya supiera que las promesas no siempre se cumplen.

Sentí un nudo insoportable en el pecho.

Bajé con la maleta veinte minutos después.

Cada paso se sentía más pesado que el anterior.

Sebastián esperaba junto a la puerta.

—El coche ya está listo.

Asentí.

Ninguno de los dos habló mientras caminábamos.

El silencio entre nosotros no era incómodo.

Era… denso.

Como si hubiera demasiadas cosas que decir y ninguna forma correcta de hacerlo.

Cuando el mayordomo abrió la puerta principal…

Escuchamos una voz detrás de nosotros.

—Daniela.

Me detuve.

No fue Emma.

Fue Sebastián.

Su tono era distinto.

Más firme.

Más decidido.

Me giré lentamente.

Él no se acercó de inmediato.

Se quedó a unos pasos de distancia, como si respetara un límite invisible.

—No voy a pedirte que te quedes —dijo—. Ya te dije que no quiero a nadie aquí por obligación.

Asentí, sin saber por qué eso me dolía más de lo que debería.

—Pero tampoco voy a fingir que esto es solo un trabajo.

El aire cambió.

—Mi hija… —hizo una pausa breve—. No se encariña con facilidad.

Tragué saliva.

—Y yo tampoco dejo entrar a cualquiera.

Sus palabras no eran una súplica.

Eran una verdad.

—Si decides irte, lo voy a entender —continuó—. Pero si decides quedarte… no será como empleada.

Mi corazón dio un golpe seco.

—Será porque tú también quieres estar aquí.

El silencio que siguió fue distinto.

Más peligroso.

Porque ya no se trataba de Emma.

Se trataba de mí.

De lo que yo quería.

De lo que estaba evitando.

Miré la puerta abierta.

El coche esperando.

La salida fácil.

Luego lo miré a él.

Y por primera vez desde que llegué…

No vi al cliente.

Vi al hombre.

Y eso fue lo que más miedo me dio.

Apreté con fuerza el asa de la maleta.

Respiré hondo.

Y di un paso.

No hacia la puerta.

Sino hacia él.

—Solo unos días —dije, intentando que mi voz sonara firme—. Hasta que todo se calme.

Sebastián no sonrió.

Pero algo en su mirada cambió.

Algo que no supe nombrar.

—Está bien.

El mayordomo cerró la puerta detrás de nosotros.

Y el sonido fue definitivo.

Como si acabara de tomar una decisión que ya no tenía vuelta atrás.

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