Capítulo 5 5
—No quiero su dinero.
Sebastián no respondió de inmediato.
Simplemente dejó el contrato sobre la mesa del desayuno y apartó la taza de café que llevaba varios minutos enfriándose. Sus dedos se quedaron apoyados sobre el papel, como si dudara entre retirarlo o insistir.
—Nunca pensé que fuera el motivo.
Emma seguía dibujando al otro extremo de la cocina, completamente concentrada en colorear un castillo lleno de ventanas rosas. Tarareaba una canción que no reconocí, ajena a la tensión que flotaba entre nosotros.
Esperé a que levantara la vista.
No lo hizo.
—Entonces ¿por qué insiste?
Sebastián respiró hondo, como si estuviera eligiendo cuidadosamente cada palabra.
—Porque en esta casa todos aprendimos a fingir que estamos bien.
Hizo una pausa.
—Mi hija también.
Seguí su mirada hasta Emma.
La niña sonreía mientras pintaba, moviendo los pies en el aire con despreocupación. Pero cada pocos segundos levantaba la cabeza para comprobar que su padre seguía ahí.
Como si temiera que desapareciera en cualquier momento.
Ese pequeño gesto me golpeó más fuerte que cualquier argumento.
—No necesito una novia falsa para convencer al mundo de nada —continuó—. Necesito que ella vuelva a creer que todavía existen personas que cumplen cuando prometen quedarse.
Sentí un nudo incómodo en el pecho.
Aquella petición ya no sonaba a un contrato.
Sonaba a una súplica.
Y eso lo hacía mucho más peligroso.
Pasé el resto de la mañana observándolos.
Sebastián preparó el desayuno con una torpeza que no esperaba en alguien acostumbrado a dirigir empresas. Se equivocó con los hot cakes. Quemó dos. Luego tres.
Emma se rio de él durante cinco minutos seguidos.
—Papá, eso parece carbón —dijo entre carcajadas.
—Es una nueva receta —respondió él con total seriedad—. Alta cocina.
Ella negó con la cabeza, divertida.
Él terminó haciendo caras ridículas solo para escucharla reír otra vez. Inflaba las mejillas, cruzaba los ojos, fingía tropezar con la silla.
Aquello no parecía una familia perfecta.
Parecía una familia intentando sobrevivir.
Y, extrañamente...
Eso me gustaba mucho más.
Porque no había máscaras.
Solo intentos.
Después del almuerzo decidí revisar el jardín.
Necesitaba aire.
Necesitaba recordar que aquello seguía siendo un trabajo.
Que yo no pertenecía allí.
Estaba revisando unos correos cuando escuché pasos detrás de mí.
Sebastián.
—Mi madre dice que nunca había visto a Emma tomarle cariño tan rápido a alguien.
Guardé el teléfono, evitando mirarlo de inmediato.
—Los niños son fáciles.
Los adultos son el problema.
Él sonrió, apoyándose ligeramente contra una de las columnas del jardín.
—¿Y yo en cuál categoría entro?
Lo miré de arriba abajo.
Camisa blanca remangada.
Cabello todavía húmedo.
La barba de un par de días.
Demasiado atractivo para hacer preguntas como esa.
—Todavía no lo decido.
Él soltó una risa baja.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Nos quedamos caminando entre los rosales sin decir nada. El viento movía suavemente las hojas, y por primera vez desde que llegué, el silencio no resultó incómodo.
Resultó... tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Como si ese lugar quisiera convencerme de quedarme.
—¿Por qué nunca se casó?
La pregunta salió de sus labios cuando ya casi habíamos terminado de recorrer el jardín.
Lo miré, sorprendida.
—¿Eso viene en todos los interrogatorios de bienvenida?
—No.
Se detuvo frente a mí.
—Solo en los importantes.
Suspiré, cruzando los brazos.
—Porque el hombre con el que iba a casarme descubrió que era más rentable casarse con otra mujer.
Sebastián dejó de caminar.
No dijo "lo siento".
No hizo una mueca de compasión.
Solo preguntó:
—¿Lo amaba?
Me sorprendió que fuera exactamente esa pregunta.
No otra.
—Muchísimo.
Él bajó la mirada por un segundo, como si procesara la respuesta.
—Fue un idiota.
No pude evitar sonreír.
—No lo conoce.
—No hace falta.
Levantó la vista y la sostuvo en la mía.
—Si dejó escapar a una mujer como usted...
Fue un idiota.
Sentí un calor absurdo subir hasta mis mejillas.
Hacía años que nadie me decía algo así.
Y me molestó descubrir cuánto necesitaba escucharlo.
Aquella noche preparé la maleta otra vez.
Esta vez estaba decidida.
Debía marcharme.
Antes de olvidar por qué había construido tantos muros alrededor de mi vida.
Antes de empezar a creer en cosas que ya no existían para mí.
Cuando bajé las escaleras encontré a Emma dormida sobre el sofá.
Tenía un cuento abierto sobre el pecho.
Una de sus manos sostenía la esquina de la página, como si se hubiera quedado dormida en medio de la historia.
Sebastián estaba arrodillado frente a ella.
Con una delicadeza infinita le apartó un mechón de cabello de la frente.
Después la cargó entre sus brazos.
Como si todavía fuera un bebé.
La llevó hasta su habitación.
Sin despertarla.
Yo observé toda la escena desde el pasillo.
Y entendí por qué dolía tanto verlo.
Porque aquel hombre no fingía cuando era padre.
Porque nadie podía actuar con esa ternura cuando creía que nadie lo estaba mirando.
Porque eso era real.
Y lo real siempre es lo más peligroso.
Cuando regresó al pasillo me encontró todavía allí.
—Pensé que ya te habías ido.
Era la primera vez que me tuteaba.
Y, extrañamente...
No me molestó.
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
Nos quedamos uno frente al otro.
Muy cerca.
Más cerca de lo que habíamos estado nunca.
Podía distinguir el ligero aroma de su perfume.
Él también parecía haber notado la distancia.
Ninguno retrocedió.
El aire entre nosotros se volvió más denso.
—Daniela...
dijo en voz muy baja.
Mi nombre en sus labios sonó distinto.
Más íntimo.
—Quédate un mes.
Tragué saliva.
—No para salvar mi reputación —continuó—. No para salvarme a mí.
Dio un paso más cerca.
—Quédate para que Emma vuelva a sentir que las personas buenas también regresan.
Sentí que todas mis razones para decir que no comenzaban a desmoronarse.
Porque llevaba diez años ayudando a desconocidos a reconstruir sus vidas.
Y, por primera vez...
Había una pequeña familia que empezaba a reconstruir la mía.
Levanté lentamente la mirada.
—Solo un mes.
